miércoles, 4 de agosto de 2010

Del pochoclo y el reloj.

Filosofetas. Reflexiones insubstanciales.

Del pochoclo y los relojes.


Me dicen que es moda que los espectadores de cine coman pochoclo durante una función. Me dicen, además, que ésa es una costumbre que ya lleva entre nosotros, los argentinos, quince años o más. Y me dicen, por último, que en esos sitios modernos, al pochoclo le dicen pop-corn.

Estas módicas noticias me provocan las siguientes acciones: Uno: me he visto obligado a tomar conciencia de que hace como veinte años que no voy a un cine. Dos: puedo decir que tengo un excusa para no lamentarme de esa falta y que la misma me sirve, también, como excusa para no querer enmendar esa falta. Tres: sospechar -fundadamente- que la penetración cultural del Norte hacia el Sur no se detiene, con lo cual mi humor empeora. Cuatro: me siento tentado en componer algunas reflexiones insubstanciales alrededor de estos temas.

Como ya habrá barruntado mi lector, no me resistiré a dar rienda suelta a esta última tentación.

Las enumeradas acciones de mi voluntad, surgidas desde la constatación de una moda tonta como es comer pochoclo en el cine, me permiten levantar sobre mí mismo la sospecha que me he convertido en un conservador recalcitrante. Sin embargo, ni bien me acuerdo (y reafirmo) que me siguen gustando tanto los tangos de la guardia vieja y las películas de Gardel como con los tangos de Bajo Fondo Tango Club o las peliculas de Tim Burton, contrarresto aquella sospecha. Ergo: no es que me hubiera convertido en conservador en el sentido lato del término; simplemente me he convertido en un viejo.

El hecho de que me sigan gustando las mujeres, a pesar de que ya no me mueven un pelo, (o nada más que un pelo) lo reafirma.

Los viejos abominamos de ciertas modificaciones de las rutinas, sobre todo si tales modificaciones son de las más pequeñas e inútiles. Que aquellos que concurren a un cine en estos días elijan llamar pop-corn al pochoclo me resulta fastidioso, aunque mi fastidio quedaría justificado por aquello de la añoranza a nuestra propia cultura, tan castigada en estos tiempos de globalización. Y la reprobación de mi parte para eso de los espectadores coman durante la función, podría sostenerlo con argumentos tales como que se trata de un asquete. ¿Por qué no cortarse las uñas de las patas en las escenas aburridas, por ejemplo?

Se me objetará afirmando que no es lo mismo de repugnante ver (u oír, u oler) comer pochoclo a un prójimo demasiado próximo que ver al mismo prójimo demasiado próximo cortándose las uñas. Refutaré esa hipotética objeción con esta réplica: usted nunca vio a mi tío Ernesto comiendo pochoclo: adoraría usted hasta la profesión de podólogo.

Como fuere, insisto: hay incómodas modificaciones menores del cosmos cuyas probables explicaciones para esas incomodidades carezcan de argumentos racionales, o no transciendan el carácter irascible del viejo, sino que se agotan en eso, es decir, en la condición de irascible del carácter del viejo. Comer o ver comer (u oír, u oler) a un prójimo próximo a uno en un cine durante la proyección de un película es una de esas incómodas modificaciones del cosmos. Hay otras.

Por ejemplo, que la dirección de un canal de televisión decida cambiar los horarios de los programas que suelo ver regularmente, me puede llevar directamente a la abominación, no sólo del programa hasta entonces favorito sino del canal todo. En casos así, llamo a uno de mis nietos que conocen los arcanos del control remoto, para que eliminen ese canal del alma de esa prolongación tan boba como útil de la mano.

Otro ejemplo: que los evangelistas domingueros de estos tiempos sean más agresivos, más pelmazos, que los evangelistas domingueros de hace tres décadas, puede provocarme ataques de ira. Antes, los despedía con alguna mínima muestra de cortesía; ahora no: ahora los despido con las más agrias demostraciones de falta de urbanidad: ¿Por qué no se van a predicar al desierto, así no joden a nadie? En los desiertos no hay domingos, ni lunes, ni nada. Sé que es inútil, porque los evangelistas carecen del sentido del humor y están incapacitados para decodificar ironías. Sólo responden a los exabruptos más guarangos, aunque tampoco saben responder a éstos con la furia humana, sino que se ponen a blandir maldiciones satánicas y otras manifestaciones de idiotez por el estilo. Sé que es inútil, decía, pero igual se me da mostrarme para con ellos más agresivo de lo que ellos se muestran para conmigo.

Hay más, por supuesto: Ahora es cosa corriente que en un café o restaurante haya carteles por todos lados que rezan: los baños son para uso exclusivo de los clientes. Como comprenderá usted, amigo lector, si me veo obligado a consumir un café nada más que para poder usar el baño del bar, es esperable y aun saludable que una vez que logre pelar en ese lugar sagrado donde acude tanta gente, desarticule mi puntería con certeros mandobles de pene con el fin de orinar abundantemente el piso y las paredes del baño.

Antes -para seguir en este tono de queja menor- había seres humanos detrás de las ventanillas de los bancos, dispuestos a hacer tareas sencillas tales como contar billetes o sellar papeles. ¡Ah! ¡Qué placer provocaba verlos desarrollar con habilidad de prestidigitador esas tareas! Ameritaba, no digo el aplauso, pero sí un muchas gracias que uno le regalaba, adosado a una sonrisa, al tipo o tipa antes de retirarse de la ventanilla, ya con los billetes, ya con un papel sellado. Ahora no: ahora en los bancos hay robots a los que, increíblemente, llaman cajeros.

El señor le va a enseñar cómo se hace, me dijo la primera vez una empleada de banco que me mandó derechito al cajero robot y me señaló a un empleado con uniforme del Ejército de Salvación. En efecto, un señor de la vigilancia me aleccionó en el funcionamiento de esa máquina. Se aprende rápido, es verdad, pero yo recurro al empleado humano cada vez que voy al banco. Porque de lo que se trata es de rebelarme -vana, pero placenteramente- contra la automatización. Señor: ¿me puede explicar cómo funciona esto? ¿No se lo expliqué la semana pasada...? Puede ser, pero se me olvidó. ¿Me hace el favor, quiere?

Una vez, una joven que estaba en la fila detrás de mí, que se percató de que no encaraba la máquina, y de que miraba para todos lados en busca del hombre de la seguridad, me preguntó: No, g¿Quiere que lo ayude, abuelo? No, gracias, abuelo las pelotas, dije y pensé. Quiero que venga el señor de seguridad porque él sabe mi clave, ya que yo no la recuerdo. ¡No, abuelo, usted no le tiene que dar la clave a cualquiera! No, no es a cualquiera: el señor de seguridad no es cualquiera, yo lo conozco, se llama Miguel. Allá está. ¡Ea!, Miguel, me da una mano, por favor... ¿Otra vez usted, abuelo?

Abuelo las pelotas. Hace rato que soy abuelo; lo que soy desde hace poco es viejo, que es otra cosa. Ser abuelo es aprender a aceptar los cambios: los nietos cambian mucho más rápido de lo que cambiaron los hijos en su momento. Un abuelo se alboroza ante el mínimo cambio que se manifiesta en el nieto, y eso ocurre todos los días. Ser viejo es otra cosa.

En la vejez nos aferramos a las rutinas y nos incomodan las alteraciones mínimas del cosmos. Nos rebelan los cambios que modifican nuestra vida cotidiana, nuestros hábitos cotidianos. Por ejemplo: celebré con verdadero fervor la media sanción, por parte de la cámara de diputados, del proyecto de ley que elimina ese artículo del código civil que menciona como actores necesarios a un hombre y una mujer para referirse al matrimonio, y pongo todas mis energías mentales para que el Senado convierta en ley el proyecto. Pero, vea usted la diferencia, quise conspirar contra el Gobierno cuando se le ocurrió modificar la hora oficial, en aras de un supuesto ahorro de energía. Cenar con la luz del sol es insoportable y, de haber hallado conspiradores en buen número, habría atentado contra la autoridad del Estado por ese desatino. Semejante norma ameritaba una revolución, aun si fuese efectiva la medida: es preferible cenar a la luz de las velas cuando hay corte de luz eléctrica a tener que servir la sopa sobre una mesa inundada por los rosados colores de la tarde y alborotada por el chirriar de los gorriones.

Seré franco: tengo para mí que eso de comer pochoclo en el cine es una suerte de retroceso para la humanidad. Por lo menos para esta parte de la humanidad que llamamos argentinos. Allá ellos, los yanquis, si comieron pop-corn en los cines desde siempre. Aquí es como una involución cultural. Es como una suerte de compensación cósmica a otras modificaciones evolutivas, como por ejemplo el descubrimiento de una vacuna o una droga que salve millones de vidas. Es como si Dios dictaminara: ¿En Suecia se acaba de inventar un medicamento milagroso? Pues entonces que otros, por ejemplo los argentinos, coman pochoclo en los cines, para compensar el desequilibrio que se ha producido en favor de la humanidad y en mi contra. Algo así.

Me dicen, también, que algunos chicos de clase media de vida holgada celebran Halloween. O que los jóvenes de clase media no tan acomodada celebran San Patricio empedándose en masa. Pero esto no me preocupa demasiado, lo confieso. Son grupúsculos. La inmensa mayoría del pueblo aborrece de esas celebraciones que se nos tratan de imponer a la fuerza. Esas modas pasarán, de puro vacuas que son.

Lo que no pasa, lo que no deja de pasar nunca es el tiempo que, precisamente, consiste en pasar. O aparenta pasar. Aunque es lícito dudar incluso de tal apariencia, la apariencia de ese paso está y es fuerte. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, rezan los versos del poeta cubano. Y pasa más rápido cuando, el que lo mide, suma en su propia humanidad una pila de años, es decir, una montaña de tiempo. Aquella constatación empírica de que los cambios se dan más apretaditos en los nietos que en los hijos confirma esa relatividad del tiempo según la edad del sujeto que lo mide, padece, sufre, tolera o goza.

Hay una sentencia de Borges que me ha parecido siempre débil. Escribió nuestro poeta mayor y hasta hoy único proto filósofo que dio la patria: "Negar el tiempo es dos negaciones: negar la sucesión de los términos de una serie, negar el sincronismo de los términos de dos series." (Borges, Otras inquisiciones. B)

No necesariamente debe haber sincronismo entre diversas series. Al menos, no hay pruebas de esa necesidad. Esa necesidad de sincronismo entre series temporales es lo que aparenta al observador que no forma parte de ninguna de las dos series, pero no lo es para cada una de las subjetividades involucradas en cada una de las series. Parafraseando a Schopenahuer, me anticipo a defenderme de una hipotética objección: Creer que el sincronismo de las series temporales es sólo aparente a la subjetividad que las contempla desde fuera puede ser considerado un pensamiento absurdo; creo que lo absurdo está, precisamente, en imaginar lo contrario.

Si los cambios en el cosmos, la naturaleza, la sociedad y los hombres se producen en forma cada vez más apretada a medida que el sujeto de la serie que observa ese cosmos avanza en edad, ¿por qué no sospechar -fundadamente- que ese estrechamiento en los intervalos entre los cambios alcanza valores infinitésimos, cercanos a la misma anulación del tiempo cuando el sujeto alcanza una edad matusalena?

Nadie ha alcanzado tal edad como para que pueda dar testimonio de su percepción del tiempo a los novecientos y tantos años de pura vejez, pero sí hay signos que nos permiten sostener -caprichosa pero fundadamente- alguna tesis audaz. Ya he relatado alguna vez el caso de un tío que murió a una edad muy avanzada. Había sido traído por sus padres de Italia cuando él tenía dos o tres años de edad. ¿Cuatro, prefiere? Póngale cuatro. Al ingresar en la última agonía, cuando ya había perdido toda su comunicación con este mundo, sus palabras se reducían a incoherencias dichas en dialecto fruilán. Dialecto que jamás había utilizado en toda su vida en Argentina, que fue como de ochenta años. Sus expresiones incoherentes en un dialecto olvidado, sus vagas pero inequívocas sonrisas -amplias, gozosas- durante la agonía, bien podrían ser un signo de una realidad que nos es desconocida y, al ingresar el mortal en las regiones cercanas a la Gran Puerta, el tiempo deja de suceder, como en los sueños.

Los refutadores de leyendas de Villa del Parque podrían burlarse de mí, recordándome que las drogas que calman el dolor del muriente alteran la conciencia. Es verdad, pero no conozco ninguna droga que provoque a un moribundo de casi noventa años hablar un dialecto olvidado durante ochenta y cinco. Además, aquél tío murió de viejo, y no fue el dolor de una grave enfermedad lo que lo llevó a un hospital. Tampoco lo dormían los enfermeros para que no molestara: aquel viejo tío no molestó nunca a nadie, ni siquiera a la hora de morir. Cuando joven, contaba malos chistes cuando se chispeaba en las celebraciones familiares; ése fue su mayor pecado en esta vida.

Más fuerte es la objeción que podría oponerme un Hombre Sensible de Flores: tal vez en la muerte -podría oponerme un trovador y poeta de pizzería-, de alguna manera la subjetividad se aniquila en la aniquilación del tiempo de la misma forma como sucede en los sueños. Sé que una réplica a esa objeción que advirtiese que en los sueños, a pesar de todo, el sujeto no pierde la conciencia de su subjetividad y que esta conciencia de un sujeto es incómoda para la atemporalidad, tampoco serviría. En efecto, nadie podría asegurar que la descripción en vigilia de un sueño no sea más que la primera versión temporal, taquigráfica y mal trascrita, de una experiencia que durante el sueño, no sólo no tuvo serie temporal alguna reconocible, sino sujeto que la pudiera reconocer.

Tal vez en la vigilia, en el inmediato despertar de cada día, el relato del sueño no sea otra cosa que una forzada puesta en funcionamiento de todas las series temporales del universo, comenzando por el alfabeto. Una sincronización de las series temporales ajenas al sujeto que despierta. Algo así como dar cuerda al mundo cada mañana, para que funcione de modo que lo podamos reconocer. O peor aún: tal vez cada mañana, tras el despertar, no hacemos otra cosa que echarnos encima el tiempo, con idéntica mansedumbre con que nos ponemos las ropas y el calzado. Y así como en la vejez preferimos las pantuflas a los zapatos de cuero, las ropas de entrecasa al elegante sport, así del mismo modo los viejos nos calamos cada mañana una versión más aligerada del tiempo. Una versión del tiempo en la que las grandes modificaciones suceden tan apretadas que nos mueven a la indiferencia; a la vez que las pequeñas modificaciones de las rutinas que nos pertenecen nos alteran el ánimo, nos conducen al mal humor y a la módica rebelión.

Mi última reflexión sobre este tema permanecerá oculta detrás de una pregunta: Si en medio de una función de cine algún espectador se atragantase con pop corn, ¿debería interrumpirse la proyección para asistirlo? ¿O el show must go on a como dé lugar?


Alfredo Arri.

o0o

domingo, 1 de agosto de 2010

Siempre lo supimos.

Poesías.


Siempre lo supimos.

Vos y yo siempre supimos
que no éramos del mismo palo.

Vos eras del amor declamado,
de las flores en fecha,
de la palidez de un suspiro
y de las mañanas cargadas
de deberes ciertos
(o vagamente inciertos).

Yo en cambio siempre fui de amar en silencio,
sin reparar en fechas o signos convencionales;
siempre fui de gritar los gritos y de putear las puteadas
en tiempo y forma;
de noches jugadas al azar de todos los caos,
sin importarme una mierda
el destino...
o como se llame esa ilusión de sucesiones dictadas
por un dios aburrido
y notoriamente torpe.

Dos almas diferentes unidas por el amor
y el espanto.

El espanto a la nada;
de no tener al lado
una puta y miserable sonrisa
desganadamente humana.

Los repetidos besos que rompen silencios
y estruendosas caricias que repiten besos.

Todo ha sido una infinita rutina en un amor
de dos palabras
de cien besos
de diez mil caricias
y de cien mil silencios.


Alfredo Arri. 2009

jueves, 27 de mayo de 2010

Muertes. Relato breve.

Relatos breves.

Muertes.


Mariano era el hijo del medio de los tres que trajo a esta modesta parte del mundo el viejo José (almacenero de los de antes) , y que hasta los primeros años de los noventa estuvo al frente de su almacén de la calle Llavallol. Mariano vivía en Estados Unidos, y ahora estaba de visita en Buenos Aires.

Los otros dos hijos del gallego nunca salieron, no sólo del país sino del barrio. Inés, agraciada y de buen carácter, se casó con un visitador médico que hoy es gerente de un laboratorio y tuvo tres hijos. Por su parte Juan José, el mayor, fue primero policía de la Federal y luego, a partir de los años setenta, guardaespaldas de un sindicalista de nombre notorio. Juanjo, así le decíamos todos en el barrio, era un hombre de modales suaves para la media varonil del barrio en aquellos años. Las lenguas incontinentes decían que era homosexual, pero a mí me consta que era un mujeriego empedernido. Es verdad que el amaneramiento para un guardaespaldas sindical era cosa rara, pero hay que decir también que supo ser rudo cuando las circunstancias lo exigían, y hubo un tiempo en que las circunstancias lo exigían a menudo. Nunca se casó; tampoco tuvo nunca una mujer con la que conviviera. Sé y me consta, como dije, que fue un putañero de alma. Con sus amigos sindicalistas o con sus colegas de la pesada, frecuentó cuanto sauna, cabaret y peringundín hubo en Buenos Aires en los oscuros años de la dictadura, y aún después. Juanjo era el tanguero en esa familia educada por inmigrantes españoles y, como tal, el más mamero de los tres hermanos.

Mariano, en cambio, fue el único de los tres que quiso estudiar en la universidad y el viejo José lo bancó sin chistar. Con un título de físico en una especialidad que nunca registré el nombre, y con el diploma universitario todavía sin enmarcar se marchó a los Estados Unidos a probar suerte.

Allá encontró la famosa suerte, y ésta fue generosa con él. Enganchó rápidamente en una universidad de renombre y a los pocos años de trabajar en investigación casó con una yanqui de prosapia blanca, católica y de buena posición social. Formó una familia de siete, raro para un yanqui.

De esta forma, al cabo de los años, José, el viejo José, alcanzó la jubilación, cerró el negocio para siempre y se sintió feliz de haber cumplido con su deber en su paso por el valle de lágrimas. En los últimos años de su vida se lo encontraba todos los días sentado a la puerta de su casa, a la espera de los eternos vecinos y antiguos clientes para conversar del tiempo, de bueyes perdidos y de sus ocho nietos. Los cinco de allá, repetía, apenas los conozco por fotos, pero un día de estos voy a ir a visitarlos. José unca fue a los Estados Unidos, pero Mariano les trajo a los nietos para una Navidad. La mujer alta, delgada, rubia y de ojos celestes, y los cinco hijos que le había hecho Mariano en el Norte, se aburrieron como locos. Tuvieron que padecer, de mala gana, una Buenos Aires calurosa y húmeda, tres primos que no hablaban inglés, un tío de mirada que metía miedo y que portaba un arma en la cintura bajo el saco, un abuelo que vestía una ridícula boina y una abuela que se empeñaba en enseñarles a cantar en español. Pero Mariano ese año fue feliz por haberlos convencido a todos para que lo acompañaran al Sur.

Fue la única vez. Nunca más volvieron a concederle esa gracia. Pero Mariano sí regresó varias veces, de visita. En las dos últimas oportunidades en que viajó fue para enterrar a sus padres. En el 99 a Conce, quien murió con la paz de los fármacos en un hospital público, y un par de años después a José, quien murió de un infarto al miocardio mirando la televisión.

A la madre, Mariano alcanzó a darle un beso antes de verla partir. Al padre, en cambio, apenas si llegó para despedirlo ya en la ceremonia de inhumación.

Viste, Marianito: murió papá, lo recibió en la puerta de la Capilla municipal su hermana Inés, mostrando, una vez más, su vocación para decir las cosas más importantes de la manera más tonta que nadie pudiera imaginar jamás. Ahá, le respondió el físico en no sé qué, investigador de la Universidad de la Gran Puta del Tío Sam, padre de cinco hijos yanquis y ex argentino por su propia voluntad. Se abrazaron y lloraron, por supuesto.

-¿Cómo está tu familia, hermano? -preguntó Juan José, ya todos en el auto del marido gerente de Inés.

-Bien, Juanjo, bien. Aprovecharon para visitar Nueva York. Phillip quería ir al World Trade Center y Lucille decidió llevarlos a todos..

Inés, como siempre, dio la nota:

-¡Ah! Ahí donde filmaron Melodía otoñal...

-No -dijo Mariano, componiendo una vez más una risa especial que desde su adolescencia tenía reservada para su hermana. -Ése que decís vos es el Madison Square Garden. No... las torres gemelas.
.
-¡Ah! Mirá vos. Podrían haber elegido Disneylandia, ¿no?

-Ay, hermanita: sabés las veces que fueron a Disneylandia.. No, Phillipe quiere ir a tomar fotos allí. Además, por ahí andan los padres de Lucille y se quedan unos días con ellos.

-¿No eran de Boston los viejos, che? -preguntó Juanjo, el único de los hermanos que había ido trajeado al cementerio.

-Sí, pero se mudaron a Nueva York porque al viejo se le dio por las artes y abrió una galería de arte en Manhattan.

-¿Y vos cuándo volvés?

-Y... me quiero quedar unos días. Me puedo quedar en la casa, ¿no? ¿A vos no te jodo, Juanjo?
.
-No, hermano, cómo me vas a joder. Un gustazo. Esta noche pizza y cerveza, ¿dale?

-Meta.

La luz de un sol que huía hacia el oeste pintaba de rosa el muro del cementerio. Los árboles gigantes de la avenida Garmendia abovedaba en una sola sombra la ancha vía. La barrera baja del San Martín los detuvo. El silencio de la calle produjo en Mariano una extraña y a la vez placentera sensación de sosiego. No había demasiado tráfico en la calle para un lunes y para esa hora. Dos o tres automóviles apenas esperaban el paso del tren. Más allá de las vías, sobre la luz de la calle Warnes esplendía el sol. Todo provocaba la ilusión de buenos tiempos para la flagrante primavera. Al fin pasó el tren. Los desvencijados vagones; los hombres apiñados que ocupaban hasta los estribos de los vagones le recordaron a Mariano, una vez más, la miseria en que estaba sumida la patria.

A la noche, Juan José y Mariano fueron hasta el Centro. Juanjo quiso llevarlo hasta la pizzería que sabía que era la preferida de su hermano. A las dos, tal vez un poco más tarde, regresaron a la casa. Juan José le indicó cómo arreglárselas con el sofá donde dormiría ésa y las siguientes noches. Luego se retiró a dormir.

Al promediar la mañana del martes, Juanjo lo sacudió para que despertara.

-¿Qué pasa, Juanjo?

-La tele, hermano... mirá la tele.

Dos horas más tarde, Juan José movía cielo y tierra para tratar de conseguir un pasaje a Nueva York. Pero fue imposible. Ni los jerarcas sindicales, ni los ministros, pudieron hacer nada. En la pantalla de la tele seguía el drama. Los teléfonos, absolutamente inservibles. Cuando cayeron las torres, Mariano se echó a llorar como un chico.

Juan José no sabía qué hacer. Apoyó una mano sobre el hombro de Mariano; murmuró algunas palabras dirigidas a su hermano que probablemente fueran de consuelo, o algo así. Finalmente, Juan José tomó la pistola y la clazó en el cinturón del pantalón.


Alfredo Arri.

viernes, 14 de mayo de 2010

Enmiendas. Poesía.

Poesías.

Enmiendas.


Tal vez un día entre los días que me quedan
(en esta cuenta de instantes que es la vida)
recorra nuevamente las veredas
por las que anduve alguna vez
tomado de la mano de un amor
y en pos de una quimera.

No se me oculta que no han de ser las mismas:
El tiempo descascara las aceras
con idéntica impiedad
con que aniquila todo
lo que roza
con su aliento de miserias.


Pero el dato no invalida la nostalgia...
La nostalgia es pródiga en enmiendas.


Alfredo Arri 2009

miércoles, 12 de mayo de 2010

La batalla.

Relatos. Poesía en prosa.

La batalla.

El sol estaba por perderse detrás del gran pico nevado y el techo de la selva perdía, de a poco, la violencia de su luminoso verdor. Los cavernícolas decidieron que era el momento propicio para iniciar un nuevo ataque. Tomaron las armas, abandonaron sus cuevas y bajaron hacia la selva. Con el sigilo que habían aprendido de los animales de la espesura, se acercaron hasta la aldea y, ni bien la floresta se abrió de golpe en la luz de la mínima aldea, se lanzaron a la carrera hacia las chozas. Una voz, la de un aldeano viejo, gritó con fuerza, para anunciar a los suyos, desprevenidos, el ataque. Fue un grito en vano, o tardío, o sin juicio: la primera lanza que los cavernícolas encendieron de muerte atravesó el pecho del viejo que había dado el alerta y éste cayó pesadamente a tierra. Un leve y efímero remolino de polvo envolvió su cuerpo. De las chozas salieron los defensores más decididos, arma en mano, dispuestos a defender sus vidas y las vidas de los suyos a sangre y sangre. El más aguerrido de todos, el hijo del jefe, el que estaba llamado a regir los destinos de los suyos cuando su padre partiera hacia la muerte, fue quien cayó primero, después del viejo. Uno de los invasores, armado con una maza, le había asestado un duro golpe en la cabeza y el guerrero quedó como paralizado en el tiempo, inmóvil, de pie, con los ojos perdidos en una mirada horrorosa. De su mano cayó el arma, una tosca lanza de metal, y al instante, varios, muchos invasores se abalanzaron sobre él y lo descuartizaron, a golpes de mazas y a filo de hachas y de fierros. Quien acaso era el jefe de los invasores, se alzó con la cabeza del joven troceado y, enarbolándola con la mano que sostenía el arma, dejó salir de su interior estentóreos y fieros gritos de victoria, o de muerte, o de enajenación gozosa. De todas las chozas salieron todos los hombres. Unos, armados con palos y hachas; otros, con metales y puntas. Un nuevo combate dio comienzo. El clamor en la aldea devino rápidamente en furor de voces y de ayes. Todos los pájaros de la selva más cercana volaron al unísono, en un acorde de alas espantadas y agudos chillidos. Sobre la tierra, los cuerpos se trenzaron rápidamente en lucha, en el estrecho espacio del sitio. En el amasijo de cuerpos y cosas, los guerreros en lucha alzaron una nube de polvo que oscureció todo. Los perros volvieron a enloquecer, una vez más, e hincaban los dientes en las carnes de los invasores. La batalla duró lo que agota una fiera del bosque en rugir un par de veces. Al cabo del combate, los invasores se retiraron raudos hacia la floresta, abandonando las armas, los muertos y los heridos. Los aldeanos, una vez más victoriosos, remataron uno a uno a todos los heridos de la horda invasora, y despenaron uno a uno a los irreparables de entre sus propios hombres. Un guerrero joven, quien había jugado su pellejo en la vana persecución de los que hubieron huido hacia la selva, apareció por entre la floresta hacia el claro. Portaba en una mano, de regreso, la cabeza del hijo del viejo jefe. En silencio, entre el silencio de todos, el joven caminó hacia el viejo y ni bien hubo llegado al lado del notable, alzó la mano que sostenía la cabeza. El venerable compuso una mueca incomprensible y, tras girar su cuerpo, se marchó hacia el interior de su choza. Esa noche, los aldeanos encendieron fogatas en el claro, sobre las llamas de las cuales asaron la carne de los cavernícolas caídos en la refriega. Luego de comer aldeanos y perros, se embriagaron los hombres con el brebaje frutal que esa tribu resistente reservaba con celo nada más que para las jornadas sangrientas, a la hora de reparar en el estrago. Más tarde, cayeron en el sueño del veneno y del cansancio. Al alba, todos, hombres y mujeres, portaron sobre yacijas vegetales los cuerpos de los suyos hasta el río, a cuyas aguas los arrojaron, en medio de gritos y otros sonidos elementales que nadie podrá saber jamás si se trataba de exclamaciones de dolor, de llamados a los dioses o de vagos juramentos de venganza. De regreso en la aldea, amontonaron los restos mutilados de sus eternos enemigos, los hombres de las cuevas de la montaña nevada, y allí los dejaron, para que el sol y las alimañas del día dieran cuenta de esa carne en el día, y la luna y las sabandijas de la noche dieran cuenta de esa carne en la noche. El jefe, con gestos más que con palabras, dio una orden. Obedientes y dispuestas, varias ancianas tomaron cestos repletos de la fruta consagrada y se dieron a la tarea de machacar los frutos con palos, en los cóncavos fondos de los rústicos y gastados morteros de piedra. Cuando en el interior de los morteros los frutos devinieron maceración cabal, los hombres jóvenes, al paso de uno en uno ante los morteros y frente a las viejas, abandonando sus cuerpos al ritmo de un par de tambores, lanzaron sendas escupiduras sobre las porciones del mejunje. En unas pocas lunas, las entonces secas vasijas de cuero volverían a llenarse con la imprescindible pócima.

Lentamente, sol a sol, luna a luna, la fragancia de las frutas maceradas fue apagando el hedor, ese pesado olor de la muerte.


Alfredo Arri. Nov 2009

Sólo una vez

Poesías.

Sólo una vez.

Ya verás cuando te llegue el día
en el cual confieses un te quiero
y encuentres en el rostro de la otra
(o del otro)
la mirada irrepetible
del asombro, la sorpresa, la alegría.
Ya verás cuando te llegue el día
en que oigas el te quiero que te asombre
y encuentres en el rostro de la otra
(o del otro)
la mirada indescifrable
de quien ama (o cree que ama)
y dice lo que siente (o cree que siente)
y promete lo que acaso nunca cumpla
y selle con un beso
la promesa (o la mentira) y la mirada.



Alfredo Arri noviembre 2009

o0o

miércoles, 5 de mayo de 2010

Óxido de hierro.

Poesía.

Óxido de hierro.

Hace unos días, ayer o esta mañana
terminó por coparme la parada,
en el hacer,
esa incómoda pasividad que es la desgana.

Hace unos días, ayer o esta mañana
debí notificarme, en cuerpo y alma,
la inapelable sentencia del tiempo,
la inalpelable sentencia de una sola
y premiosa instancia.

He perdido las ganas de pulir los cielos de la mañana
de aserrar las lluvias, de pintar las nubes
de aprisionar el sol para limar sus rayos.

Ya no tengo ganas de atornillar las hojas de los árboles,
ni de quitar tornillos a los pájaros para dejarlos saltar
.......................de rama en rama

No tengo ganas de dar más torque al agua límpida de los bronces,
ni de cortar con tijeras de acero las puntas de las estrellas

No tengo ganas de amolar la luz del día.
ni de llenar de clavos brillantes la negritud de la noche.

He perdido las ganas de sostener el martillo
la cuchara, el pincel, la espátula
y ya no tengo ganas de enlucir nada:
ni el fuego, ni la tierra
................ni nada.

Tendré que acostumbrarme a recibir el cielo en bruto cada mañana
las lluvias como vienen, las formas sin formas de las nubes.
Tendré que aprender a inventariar el tiempo en las goteras
Tendré que exonerar al sol
del duro cepo de la prensa
cada mañana.

Tendré que aceptar (como una ley inexorable)
la herrumbre de las limas.
el cimbreo de la hoja de la sierra,
el novedoso peso del martillo,
y la lenta oxidación de la luz
.............en los días traseros
.......................de cada lluviosa jornada.


Alfredo Arri, marzo 2010

o0o

lunes, 3 de mayo de 2010

Testimonio. Relato breve.

Relatos breves.


Testimonio.


El principal testigo del hecho policial en la residencia del laureado poeta Javier Basualdo Orly fue una vecina. Ocupa la casa lindera a la del famoso poeta y conocía a su mujer desde siempre, ya que habían transitado juntas los años de la infancia. El oficial de policía que la interrogó obtuvo de ella el testimonio que sigue. Me he permitido ordenar un poco las oraciones y cambiar algunos vocablos, tras paciente desgrabación de una cinta de audio.

-No se llevaban bien, es verdad. A veces, los gritos de sus peleas me llegaban hasta la cocina, amortiguados por la paredes. En algunas ocasiones, a pesar de ese obstáculo de las paredes, y entremezclados con los ruidos de la calle o de la televisión, me llegaban, claras, las palabras. Se peleaban por cualquier cosa. Anoche, por ejemplo, él le pidió a los gritos que bajara el volumen del televisor. La forma en que gritó ese pedido me dio en pensar que había habido otros pedidos previos, en otro tono, y que ella los había desoído. Es más: estoy segura de que ella que subió más el volumen del televisor. Tienen uno de ésos con muchos parlantes, ¿vio?... Últimamente ella lo odiaba, sabe. Antes, cuando ganaba buenas sumas de dinero por la venta de sus libros, se llevaban bien. Y en esos años en que él fue figura de la televisión, también. Cuando fueron de safari a África, creo que en el setenta y nueve, ella hizo poner un pasacalle como si fuera hecho por compañeros de él. Pero yo sé que había sido ella. En esa época no eran comunes los pasacalles; el único que los hacía era un primo mío, letrista de profesión, y él me dijo que ella se lo había encargado. No sé, creo que durante quince o veinte años se llevaron bien. Luego, con el paso de los años, la fama de él decayó y sus libros no se vendían. A veces venía algún periodista a hacerle alguna nota; en esas ocasiones Ofelia vestía sus mejores ropas, se maquillaba y compraba gaseosas y masitas secas para recibir a los periodistas. Yo tengo videos de algunas de esas entrevistas, que ella misma me regaló. Pero, hace como cinco años que no viene nadie, ni periodistas, ni nadie. Bueno, la semana pasada vino un músico conocido, pero estuvo un rato nomás. Anoche, le decía, él le pedía a los gritos que bajara el volumen del televisor. "Tengo que escribir, ¿no entendés? Apagá esa mierda, querés". Perdone usted, oficial, pero eso es lo que decía. Se refería a un programa de juegos que hay en la tele; muros de cartón, participantes que se caen, o se tiran, eso, un programa de esos, que él no soportaba. Ella lo ponía a todo volumen, y reía con cada escena del programa. Fue entonces cuando oí el tiro. en realidad, antes se oyeron otros ruidos, como golpes de cosas pesadas contra el piso. Después, el tiro. Uno solo. Y después, el silencio. Yo lo llamé a mi marido, que ya estaba durmiendo, porque él se tiene que levantar a las tres de la mañana para ir a trabajar. Tiene como dos horas de viaje... Bueno, lo desperté y le dije: "Francisco, Francisco, me parece que el loco de al lado mató a la Ofelia."

-Por qué le decía "el loco", señora. (La pregunta del policía fue directa).

-¿No le dije que era poeta? Era medio loco, como todos los poetas. Bueno: como le decía: llamé a mi marido y se levantó. Salió a la calle y no vio nada. Yo le pedí que tocara el timbre, pero el no quiso. Entonces yo marqué el número del teléfono de ellos. Algo se me habría de ocurrir para justificar la llamada. Entonces me atendió él, y con una voz muy rara me dijo: "Nelly, llame a la policía, ¿quiere?" Y entonces los llamé a ustedes. Bueno, al noveciento once, bah. Eso es todo lo que puedo decirle.

-¿Y usted no le preguntó por su amiga?

-Sí, claro, le pregunté: "¿Qué pasó? ¿Ofelia está bien?". Pero él no contestó. Cortó. No me dió tiempo para decir nada. Ni de gritarle ¡asesino!, ¿por qué la mataste, basura? Nada. ¡Pobre Ofelia! ¡Sufrió toda su vida con ese vago medio loco! ¡Y terminar así!

-Su amiga no tiene nada, señora. Está en estado de shock, pero no tiene nada. El que recibió el tiro era un chorrito de mala muerte que se había metido en la casa. Un chiquilín, de quince o dieciséis. Además, desarmado. Es decir, el chorro tenía una navaja, nada más. Pero parece que su vecino no dudó en tirarle un escopetazo que lo mató en el acto. Por eso le preguntaba por qué lo llamaba "loco". Por ahí, lo que me quería decir usted con eso de "loco" es que es violento, que le pega a ella, que tiene pelesas con los vecinos, que es de matonear, ésas cosas...

-¡No, señor! ¿Cómo se le ocurre? ¿Javier? Si Javier es un pan de Dios. ¿La puedo ir a ver, señor?

-No, señora. Todavía está el chico ahí, tirado, con la cabeza reventada. No es un espectáculo agradable..

-¡Mire si me voy a conmover por un negrito de mierda!

Ernesto. Peralta, el oficial a cargo del hecho, miró mi grabador, luego me miró a los ojos y, en un par de segundos, sus músculos compusieron un gesto de significado inequívoco: Negro: si querés, publicalo nomás.


Alfredo Arri. (Theodoro) mayo 2010

o0o

miércoles, 28 de abril de 2010

Elucubraciones de un boludo alegre.

Reflexiones insustanciales.

Elucubraciones de un boludo alegre:

Hitos más, hitos menos, igualito a la nada.

Cuando mi blog principal (que aun existe pero que con el tiempo terminará siendo replicado en éste, alcanzó el hito de las quinientas mil visitas, escribí una entrada que ahora vengo a reproducir aquí. Lo hago para asegurarme de conservar el texto pues, luego de releerla pasados meses de su escritura, terminé por aceptar que no estaba nada mal. Así que, como una forma de asegurarme su existencia más allá del destino que pueda tener el blog que contiene esta entrada desde hace meses, la vengo a reproducir aquí.



Hitos más, hitos menos, igualito a la nada.


Cuando este blog superó las doscientas cincuenta mil visitas -meses atrás- registré aquí mismo mi alegría personal por haber alcanzado ese hito. Para un blog personal, que se escribe desde la periferia del mundo y que lo firma un tipo común y silvestre, no estaba nada mal. En estos días pasé el hito del medio millón de visitas, y aunque se supone que la alegría de entonces debía ser una multiplicada por dos, no lo es.

Por supuesto, entre ambos momentos de la existencia de esta bitácora han sucedido cosas, y me han sucedido cosas… Cosas que de alguna manera u otra afectaron la marcha misma del blog, y afectaron negativamente el ánimo de quien firma estas líneas. Cosas. Cosas de la vida privada o familair, cosas graves de la vida, y cosas extraordinarias en la marcha del mundo que, de alguna manera también, me consumieron horas que bien pude haber aprovechado en otro tipo de ejercicios. Cosas.

Sin embargo, sé que debo celebrar la superación de este hito del medio millón de visitas. Si me ganara la indiferencia y no lo hiciera, sería una patente contradicción con la existencia misma del blog. Si no se me mueve un pelo ante ese éxito -menor, pero éxito al fin-, entonces, ¿para qué seguir posteando en él?
Pero más allá de esta observación de sentido común, la pregunta tiene un sentido más amplio. En efecto, para qué seguir posteando en un blog exige una respuesta clara, contundente, que vaya más allá del estado de ánimo de quien sostiene un blog. Y no hay una respuesta, o, lo que no es nada agradable, la respuesta podría ser incómoda.

José Pablo Feinmann, uno de nuestros intelectuales más populares y a la vez más interesantes desde muchos puntos de vista, ha dictaminado algo que es muy difícil de refutar, al menos con argumentos sólidos. Ha establecido Feinmann: Cualquier boludo tiene un blog. Más que un dictamen es un desafío, una provocación, tan típica en Feinmann, quien hace de la provocación un modo de excitar las neuronas de quien lo lee o escucha. No está mal. Es una provocación, sí, pero a la vez establece un dictamen que, al menos, merece ser considerado.

Veamos: Existe la sospecha de que el mundo está lleno de boludos, con blog o sin él. Esta sospecha es tan intensa que hasta podría afirmarse que se trata de una certeza. Así que sería razonable y verosímil la idea de que, desde que existen Internet y los blogs, existe la categoría de boludos con blogs como parte del universo de los boludos que desde siempre habitan el mundo.

Pero esto no implica, de ninguna manera, que cualquier blogger sea un boludo. A menos, claro, que consideremos boludos cabales, por ejemplo, a personalidades tales como José Saramago, Michael Moore, Orlando Barone o Barack Obama. Con estos ejemplos de bloggers ilustres quedaría en claro que la admonición de Feinmann tiene un sentido restringido: el boludo equivaldría, en su dictamen, a anónimo, don nadie, cuatro de copas, etc.

Así que todo blogger debe hacerse antes que nada un examen de conciencia para hacer frente a la máxima de Feinmann: ¿Soy yo un boludo que tiene blog, o soy un blogger que de boludo no tiene nada? Sustituyendo el vocablo chusco por alguno de sus equivalentes cultos, la pregunta aparece mucho más clara: ¿Soy yo un cuatro de copas que tiene un blog; o soy un blogger que de anónimo no tiene nada? La respuesta es obvia en mi caso: Soy un cuatro de copas que tiene un blog; ergo -sustituyendo otra vez los vocablos-: soy un boludo que tiene un blog.

Queda por establecer si soy un boludo cualquiera o boludo destacado. El problema que aquí se me presenta es que ser destacado dentro del universo de los boludos no aparece de suyo como un mérito, o como una muestra de excelsitud societaria, para decirlo de una manera absolutamente boluda. Todo lo contrario. Recibir, digamos, el diploma de Presidente de la AAB no parece ser un logro adquirido tras años de esfuerzos sino una suerte de sambenito estigmatizador. De verme alguna vez ante la alternativa de tener que aceptar o rechazar un cargo societario de esas características, lo rechazaría de plano. Tal vez con argumentos meramente retóricos, tales como: ¡Qué! ¿Acaso me vieron cara de boludo?

¡Ni qué decir si ese ofrecimiento surgiese de una elección interna entre los socios de tan homogénea asociación! Porque ser designado a dedo como miembro destacado de una sociedad de boludos por pares que son boludos menos lerdos que uno, vaya y pase: podría reputarse uno víctima de una boluda conspiración y conspirar boludamente en contra de esa movida. Pero ser elegido boludo destacado en elecciones universales, secretas y obligatorias por la toda masa societaria de tan egregio club sería un golpe muy duro de asimilar.

Creo, sinceramente, que el mejor argumento que podría exhibir para negar mi condición de cualquier boludo dentro del club de boludos que tienen un blog, sería el del éxito alcanzado con mi blog que es, por otra parte, la causa de esta entrada, esto es, festejar boludamente haber alcanzado la cifra de medio millón de visitas. Pero, por este rumbo me meto de nuevo en honduras. Vea usted: si la categorización de boludo exitoso parece una admisible, tal admisibilidad se diluye ni bien volvemos a sustituir el vocablo boludo por el equivalente que le da Feinmann, esto es anónimo, don nadie, cuatro de copas. En efecto, si la expresión boludo exitoso es tolerable en algún aspecto, la expresión anónimo exitoso, en cambio, es un oxímoron deplorable. A esta altura, sospecho que José Pablo Feinmann quiso dar al vocablo boludo un alcance más amplio que el de anónimo, cuatro de copas, don nadie, etc.

Y creo, también, que, de ser tal la intención del filósofo nac&pop al acuñar el dictamen, estaría en lo cierto. El punto al cual han llegado mis elucubraciones alrededor de este tema así lo demuestran. Sólo un boludo cabal pudo haber llegado hasta aquí con estas inútiles elucubraciones. Admito, pues, mi condición de boludo cualquiera. Y cambio lo de exitoso por afortunado. Quien firma las entradas de este blog es, pues, un boludo con suerte.

Ahora bien: habiendo establecido antes que el tener un blog no es muestra de boludez supina, ya que conspicuos hombres de letras, de ciencias y del pensamiento en general lo tienen, el gran interrogante que quedaría por resolver sería este: ¿Para que un boludo cualquiera querría tener un blog?

Declaro sin vueltas: las respuestas a esta pregunta son muchas y variadas. Como participo de la idea de que un inventario de más de dos respuestas a la misma pregunta inaugura una serie infinita de respuestas, reduzco la serie infinita a las dos más brutales.

En un extremo, está la idea de que los boludos que tenemos un blog creemos, de alguna manera, que estamos alternado la marcha del mundo. Por supuesto, siempre alteramos la marcha del mundo con nuestras acciones, por mínimas que éstas sean. Lo que quiero decir aquí es que: se dice que los boludos que sostenemos un blog lo hacemos con la idea de que nuestras opiniones, puntos de vista, observaciones, réplicas, investigaciones, argumentos, ideas, etc., son de tal peso que contribuimos a los saltos dialécticos en el desarrollo de las ideas en el mundo. Auténticos cuatro de copas con ínfulas de pensadores originales. Ensayistas a la violeta. Descubridores del agujero del mate. Algo así como lo que pinta la metáfora tanguera: un galán de voz gangosa con berretín de cantor. Esta idea suele manifestarse críticamente de muchas formas, desde la académica, por parte de estudiosos del comportamiento humano, hasta la ácida de los humoristas. Este muy buen chiste gráfico de Wolf Toul es representativo de esa idea.




En el otro extremo, está esta otra respuesta: los boludos que tenemos un blog lo hacemos por diversión. Una suerte de entretenimiento que trata de explotar las formas -amplias y laxas- de nuevas tecnologías; tan nuevas y revolucionarias que en ellas está todo por hacerse.

No me avergüenza confesar que mi motivación ha sido principalmente lúdica. Como juego, supera en mucho a otros de reglas rígidas, ya que éste tiene aspectos sorprendentes. Y si no, vea usted: un día me dispuse a disfrutar de unos sándwiches de miga. Un hecho corriente de la vida corriente. El aspecto del paquete abierto, con sus pilas de sándwiches mostrando los colores de los ingredientes, me tentó a tomar una fotografía y, finalmente la visión de la fotografía en la pantalla me motivó a escribir una entrada cien por ciento lúdica sobre los sándwiches de miga.

Con el tiempo, la entrada se convirtió en una de las más populares de este blog y a su pie hay una colección de comentarios muy sinceros y muy sentidos de argentinos desparramados por el mundo, nostálgicos de la patria y de los sándwiches de miga. ¿Qué otro juego da tales sorpresas, agradables sorpresas? ¿Qué otro juego virtual permite acceder a fenómenos, sentimientos, individualidades -por cierto reales- del modo que lo permite éste? Ninguno.

La circunstancia de que esa entrada lúdica y gastronómica sea la más popular del blog (junto con otra sobre las empanadas árabes), y que otras, más presuntuosas digamos, apenas reciban visitas, ¿es un motivo para desesperar? Mi respuesta es un rotundo no. De ninguna manera.

El resultado de la práctica consecuente de este juego que ya lleva algunos años y sobrepasó las quinientas mil visitas ha sido sorprendente: el enriquecimiento de mí mismo. Debo admitir, sin tapujo alguno, que tener este blog me convirtió en pocos años, del boludo aburrido que era al boludo alegrre que soy. Que no es poco. Mis seres queridos agradecidos: esto ha sido para ellos mucho más productivo -en términos de módica felicidad doméstica- que esos paseos por Plaza Francia cuando estábamos al pedo.

En cuanto al papel que sobre la marcha del universo cumple mi blog, ¿a qué clase de boludo le interesaría tal cosa?

Creo que lo mejor es cerrar esta entrada de íntima celebración echando mano a una de las herramientas que más uso en este juego: combinar palabras en décimas aceptables. Me compuse una apropiada para un auténtico -y soberbio- boludo alegre:


Medio millón de visitas
no es un logro menor
que si modesto es el blog
no lo es el que lo edita.
Con mi firma manuscrita
estampo satisfacción
por alcanzar el mojón
que promedia las seis cifras
¡Abran cancha y anchen pista
que áura voy por el millón!


Alfredo Arri (Theodoro)
Publicado originalmente en Theodoro y el perro filósofo.

o0o

sábado, 17 de abril de 2010

Expreso pedido al administrador de las reencarnaciones.

Poesías. Sonetos.

Expreso pedido
(a los administradores de la metempsicosis).


Cuando regrese al mundo con mis futuras vidas,
no me den otras nuevas: que sean esta misma.
Que me mojen mil veces mis pasadas lloviznas,
que me sangren mil veces las antiguas heridas.

Que mis nuevas infancias sean la ya perdida.
Que mis próximas novias reconozcan mis rimas.
Que vuelva a perder todas mis inútiles riñas.
Que me humillen, ¡mil veces más!, mis pasadas huídas.

Que mis fiebres y heridas vuelvan a ser las mías.
Que mis dos alegrías tengan mi vieja risa.
Que ni una sóla lágrima me sea eximida.

No me añadan amores. No me sumen placeres.
No me roben pesares. No mejoren mi suerte.
No me den otras vidas. No me den nuevas muertes.


Alfredo Arri 2007

o0o

domingo, 28 de febrero de 2010

Esa hermana muy hermosa.

Relatos.

Esa hermana muy hermosa.


El hombre, cansado, bajó del tren. Era sábado, y la semana había sido agotadora. Aun le faltaba caminar las nueve cuadras hasta su casa. Pero antes, seguidor de sus propias rutinas, decidió ir por la copita de ginebra que todos los días tomaba ni bien bajaba del tren. Era algo así como el sello de clausura de cada jornada. Albañil desde los quince, y pisando ya los sesenta, gozaba de sus retornos a casa como nunca antes. Soñaba con la jubilación. Sabía que de todos modos tendría que hacer algunas changas después de la jubilación, pero no habría de ser lo mismo...

Sus hijos ya habían volado del nido, pero de cuando en cuando la casita que él mismo había levantado en treinta años de paciencia y fatiga se alegraba con el deseado barullo de algún nieto de los muchos que tenía.

Entró en el boliche del turco Jaime, que estaba a dos cuadras de la estación. La copita de ginebra era allí unos centavos menor que en la pizzería de frente a la estación. El pibe que ayudaba al bolichero le sirvió la copita sin preguntar, después de saludarlo. El hombre tomó con sus ásperos dedos la pequeña y panzona copa de vidrio gordo, con el denso y transparente líquido hasta el borde. Con buen pulso, la acercó hacia sus labios y, ni bien logró besarle el borde, con movimientos de cabeza y manos mil veces repetidos, bebió el trago de un solo empujón. Después chasqueó, dejó la copa sobre el mostrador y alzó la mirada hacia el televisor. Las imágenes del terremoto de Chile se sucedían en el canal de noticias. Los demás parroquianos miraban las imágenes, en silencio.

En algún momento, una voz de la televisión dijo que el terremoto había derrumbado un muro de una cárcel y doscientos presos aprovecharon la ayuda de la madre tierra para fugarse sin más. Varios de los parroquianos soltaron sus risotadas ante los comentarios chuscos que la noticia había provocado entre ellos.

El hombre pagó la copa, tomó el bolso que había dejado a sus pies, saludó y se fue.

Minutos más tarde entraba en la casa. Su mujer estaba en la mesa de la salita, con el mate sobre la mesa y el televisor encendido. Chile y su tragedia continuaban en la pantalla. Luego de cambiar las cien mil veces oídas y olvidadas palabras del saludo, ella hizo la pregunta retórica: ¿Viste que desastre lo de Chile? ¡Cómo no verlo!, respondería cualquiera.

Entonces el hombre, mostrando una sonrisa amplia, nacida desde lo más hondo de su humanidad y que acaso fuera la primera de esa clase que practicaba en mucho tiempo, dijo: ¡Sí: Y se escaparon no sé cuántos presos de una cárcel!

La mujer, tras decir que sí, que ella también lo había oído, rió con él, y como él. Un minuto después, ante las imágenes del desastre que el terremoto había producido en las infraestructuras de Chile, y las imágenes de los circunstanciados rostros de los afectados por la calamidad, ambos, ella y él, desarmaron sus sonrisas. Ella alzó un barzo; la mano llevaba un mate. Él lo tomó. Todavía tenía el regusto de la ginebra cuando chupó de la bombilla el mate dulzón.

De alguna manera vaga pero intensa, el hombre se dio a juzgar que si Dios había obrado el terremoto en Chile como un acto de justicia para con los presos de una cárcel olvidada en la periferia del mundo, el precio había sido demasiado alto. El viejo albañil concluyó: Dios es para sus demoliciones tan chapucero como lo ha sido para sus construcciones.


Alfredo Arri (Theodoro)

0o0

jueves, 25 de febrero de 2010

Borges, Cortázar y yo.

Reflexiones insubstanciales.

Borges, Cortázar y yo.

Haberme encontrado con la genialidad de Borges a los cuarenta años de mi edad, y a dos o tres años después de la muerte del poeta, nunca me avergonzó porque tenía la excusa perfecta: Borges había sido toda su vida un reaccionario pertinaz y yo había sido toda la vida un hombre de izquierdas. Uno vive tranquilo con sus explicaciones adquiridas. El prejuicio estaba explicado y de esa forma me daba el lujo de ignorarlo, o de negarlo. Ahora bien: resulta que a los sesenta y tantos de mi edad vengo a descubrir, no sé si la genialidad, pero sí la alta calidad literaria de Cortázar. Y resulta, además, que no me avergüenzo por mi tardío descubrimiento, a pesar de carecer, en este caso, de excusa alguna para no haber leído a Cortázar durante tantos años. Y la razón por la que no me avergüenza esa inexplicable demora, habida cuenta de mi pasión por la literatura, y habida cuenta de que Cortázar era un hombre del palo, para decirlo en forma coloquial, es sencilla: la edad por la que transito ahora es una en la que la humildad y la conciencia de la infinita ignorancia que le es propia a cada individuo y a la vez común a la especie, son bienes recientemente adquiridos. Y el goce de esos bienes me llena de orgullo. Si alcanzo los ochenta o cien años en lucidez, tal vez descubra la alta literatura o el genio de alguien a quien aun no he leído, o que acaso ni siquiera ha escrito aún. Este módico sentimiento placentero tal vez sea una de las formas de la esperanza, o de la fe.

Alfredo Arri.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El macho Alpha.

Relatos.

El Macho Alpha.
Un relato de Alfredo Arri.

Está bien; es cierto: Los hermanos estaban en su propia casa y todos los otros éramos extraños en ese sitio. Ésa es una circunstancia conveniente. Y podría ser hasta determinante. Pero no lo era en este caso: Ella, Susana, era la más linda de todas. Y Carlos, su hermano, era el más resuelto de todos. Así que, si durante todo ese día de fiesta Carlos fue el jefe de la circunstanciada pandilla de chicos que se armó; y Susana la reina entre las chicas, ello fue por los propios méritos de ambos y no por la mera circunstancia de hallarse ellos en terreno propio.

Andábamos todo el piberío entre los doce o trece años de la edad. Tal vez había alguno de catorce, seguramente un par de diez. Éramos una barra. Quince a veinte varones y unas diez chicas. Salvo Carlos y Susana, y algún otro par de hermanos entre los invitados, no éramos parientes entre ninguno de nosotros. Yo había sido llevado hasta ese lugar por unos tíos con quienes había estado viviendo durante un mes.

Sucedió que la epidemia de polio había hecho estragos en Buenos Aires; la peste había tocado a un primo mío que vivía en la misma casa que yo. Así que mis padres decidieron que mi hermana y yo pasáramos un tiempo lejos del inquilinato donde nosotros, mi primo afectado y otros chicos vivíamos. A mí me tocó quedarme en casa de mi tío Felipe, quien tenía un aserradero en La Matanza; o en las afueras de La Matanza, que por aquellos años era casi campo.

Ese mes en la casa de los tíos lo pasé bien, pero la verdad es que me aburría. Yo tenía una edad en la que los amigos de la escuela o de la calle eran una parte muy importante de mi vida y esa ausencia la sentía. Mis primos, por otra parte, eran mayores que yo y nunca estaban en la casa. Así que cuando el tío Felipe me dijo que habíamos de pasar el 9 de Julio en la carpintería de uno de sus clientes, donde habría un gran asado, me alegré. Eso, al menos, rompía la rutina.

En los asados del 9 de Julio, en aquellos años de antes del 55, era común que en las fábricas se reunieran los patrones y sus obreros, con sus familias. Los festejos por la Independencia nacional eran una excelente excusa para la confraternidad entre clases. ¡Cosas de la época! Como fuere, ese 9 de Julio partimos muy temprano, casi al amanecer, en el camión del tío Felipe, hacia una fábrica de muebles de uno de sus clientes. No viajamos mucho tiempo. Creo que ese galpón poblado de sierras y tornos, invadido por un fuerte olor a maderas y barnices estaba también en el Sur, aunque no recuerdo dónde.

Sí recuerdo que el galpón y la casa de su propietario (los padres de Carlos y Susana) ocupaban uno de los diez o quince lotes que tenían alguna edificación en esa manzana. Los demás eran terrenos baldíos, la mayoría sin alambrar. Había para potrear por donde uno quisiera, como habría dicho una abuela.

Cuando llegamos ya había unos cuantos obreros de la fábrica, con sus familias. El arribo de otros fue constante durante las primeras horas de la mañana y al poco rato había como cien personas.

En el galpón, entre las máquinas y los pilones de tablones, se había armado una mesa larga con caballetes y tablas. De punta a punta, la larga mesa estaba cubierta con papeles blancos de panadería, a la manera de manteles. Sobre esa humilde mantelería, una ordenada fila de platos y vasos esperaba la hora de la comida y del aplauso a los asadores. La madre de Carlos y Susana debía ser una ama de casa que se permitía ciertos lujos: La mesa abundaba en vasos altos con flores, lo que para el invierno pleno era un poco extravagante. Entre los floreros, esperaban también las canastas de mimbre con el pan. Un pan de fonda grande, dorado, bien choricero, cuya vista me despertaba las ganas de tomar uno. Pero no me atreví.

Al aire libre, más precisamente en los terrenos del baldío de al lado, habían sido montadas unas parrillas descomunales, cerca de las cuales, al momento que llegamos con el tío Felipe, ya había unos hombres preparando el fuego. Generosas bolsas de viruta estaban a la mano de los hombres quienes a dos manos echaban sobre un fuego a esa hora ya vigoroso. Centenares de tacos de madera noble habían sido apilados con destino de hoguera. Ese asado patriótico había de ser, pues, a pura leña.

Ni bien entramos en la casa, el tío Felipe fue en busca de su cliente y anfitrión. El dueño de casa estaba al lado de una mesa que se había colocado cerca del fuego y sobre la cual esperaban toneladas de asado y centenares de chorizos. El hombre estaba de pie, junto a esa mesa llena de carne, prodigando sonrisas. Hombre alto y bien parecido, mostraba un talante que hoy evoco, digamos, como propio de un marchant a la puerta de su galería el día de la inauguraicón de una muestra importante. Mi tío me llevó hasta donde estaban el hombre, las costillas de vaca y los chorizos, y me presentó a su cliente.

-Alfredito, el hijo de mi hermano Emilio. Lo tengo de inquilino en casa.

-Ah...! ¿Este es el pibe que...?

-Ahá.

-Sos pintón como tu tío, pibe; tenés la famosa sonrisa gardeliana de él... Tu viejo debe ser igual. Andá, andá a jugar nomás. Mirá todo el lugar que hay para jugar al fútbol. Te gusta el fútbol, ¿no? ¿De qué cuadro sos?

-De Vélez, señor.

-¡Ja! ¡Ja!. ¡De Vélez! ¡Como Felipe! Seguro que tu tío te hizo de Vélez. Hay que ser de Boca o de Ríver, che... De Vélez... pero ¡qué cosa!..

Dejé a mi tío Felipe con el dueño de la carne y los chorizos. Sus comentarios no me habían molestado. Ya estaba acostumbrado. A pesar de mi corta edad de entonces, ya había aprendido una de las verdades de la vida: el mundo está lleno de personas incapaces de entender que alguien podía no ser de Boca, o de Ríver.

Mi tía ya se había sumado a un grupo de mujeres. Fui hacia donde ella, echándole de nuevo una mirada a las bandejas del pan. El humo había ganado buena parte del espacio interior del galpón y el clima de asado se enriquecía poco a poco.

Al principio, los chicos no nos separábamos de los padres, en mi caso de mis tíos. Nos echábamos miradas a distancia pero no nos resolvíamos a tomar iniciativas. Al rato, cuando los mayores comenzaron a decir: Andá, andá a jugar. Mirá: aquél está solo, arrimate, nos fuimos animando y comenzamos a acercarnos. Tímidamente, claro.

De pronto apareció Carlos. Era patente que acaba de levantarse de la cama. Eso ya era un signo: el tipo tenía un revuelo en la casa, seguramente desde las primeras horas del día, y sin embargo había dormido como un tronco hasta las diez. Era un signo. ¿O no?

Pasó decidido por entre las personas que, en grupos de cuatro o cinco, esperaban la hora de sentarse a la mesa. Saludaba a algunos, así, al paso y nada más que con ademanes. Con idéntica desgana tomó un panazo de una de las bandejas que estaban sobre la larga mesa: le arrancó un pedazo de un mordisco y se puso a masticar. Lo hacía con los modos de un portuario a quien le han dado diez minutos para comer. Estaba despeinado; para aquella época, tal descuido era menos una muestra de rebeldía que una de picardía. De tez aceitunada, era rubión y un mechón color amarillo pajizo le caía sobre la frente. Tenía ojos claros, tal vez de color gris. Era alto, y bien formado. No sé si era mucho mayor que yo. Tal vez un año, no creo que más. Al llegar a mi lado, se detuvo y después de arrancar otro pedazo al pan de una dentellada, dijo, con la boca llena:

-¿Cómo te llamás?

-Alfredo.

-Yo, Carlos, vení, seguíme.

Así, grupo tras grupo, como un ovejero con el rebaño que que debe regresar a las casas, en poco tiempo reunió una banda que terminamos por agruparnos en el baldío de al lado, más allá de las parrillas. Hacía frío, pero el sol era radiante, como corresponde a un digno Día de la Independencia; sol radiante que en aquellos años, como es fama, era digno, además, de un día peronista.

Rápidamente armamos dos equipos para el fútbol. Carlos, y otro que él mismo hubo designado, ejecutaron el pan y queso para elegir. Ganó Carlos y al primero que eligió fue a mí. Yo me puse a su lado de inmediato y recién ahí me preguntó:

-¿De que jugás?

-De siete.

-¿De siete? O sea que de meter goles, vos, nada. ¿Sabés cabecear?

-Y...

-Ta bien. -Entonces gritó:

-Alfredo va de siete. ¿Hay alguno que juegue de nueve?

-¡Yo! -gritó un gordito cuya cara redonda era capaz de armar una risa contagiosa en segundos. Precisamente con esa risa había lanzado su ¡Yo! ¿Quién se le podía negar? Carlos se rió:

-Gordo, espero que metas goles con las patas, porque con la cabeza... como no te venga la pelota... ¿Cómo te llamás?

-Carlos.

-Carlos qué.

-Carlos..

-No sirve: Carlos soy yo. A vos te vamos a llamar Troilo, ¿Tá?

Carlos el gordito lanzó una risotada de ésas y al punto con las dos manos fintaba la figura de un bandoneón. Poniendo cara de Troilo, lanzó un increíble:

-Chan chan.

La risotada general me transparentaba que ésa había de ser una jornada de felicidad. Módica felicidad de chiquillada de barrio, pero felicidad al fin.



Con los años, cuando uno mete para siempre en la cabeza conceptos que lee o escucha, incorporé el del macho Alpha. Recuerdo que cuando me topé por vez primera con esa noción, inmediatamente me vino a la mente el recuerdo de Carlos. Entonces me resultó evidente que él, en aquel día que ahora relato, había asumido de por sí ese papel, y que todos los otros lo habíamos aceptado sin cuestionamiento alguno. Aquella improvisada barra había sido como una manada de felinos, o de monos. Cachorros, pero fieras de todos modos. Y Carlos fue en ella, sin duda, el macho Alpha. Desde el primer momento dirigió todo, mandó todo, organizó todo, dispuso todo. Y todos nosotros obedecimos todo. Había sido así de sencillo. Y Carlos no nos defraudó. Como cabecilla, supo hacerse ganar el respeto de todos.

Susana, por su parte, había de cumplir con las chicas un papel equivalente al de su hermano, pero con los modos de las chicas. Era ella quien llevaba la voz cantante entre ellas. De todos modos, chicos y chicas nos mantuvimos separados la mayor parte del tiempo. Lo nuestro era el fútbol, la guerra, las transmisiones de turismo carretera, Tarzán, la búsqueda del tesoro, los piratas; en fin, todos aquellos juegos que en esa época eran corrientes entre los varones de nuestra edad. Lo de ellas, en cambio, era lo de ellas. Que no sabíamos qué, pero que era diferente. Más aunadas, más silenciosas. En fin, cosas de chicas...

A pesar de esta circunstancia, chicos y chicas nos cruzábamos a veces. A la hora de comer, o cuando íbamos hasta la casa a tomar agua de la bomba, o cuando íbamos al baño. En cada una de las ocasiones en que me crucé con Susana nos prodigamos miradas que eran, ¿cómo lo diré?... sostenidas. Eso es: sostenidas. Creo, como creía entonces, que tal actitud firme era en ella lo habitual porque sus ojos, claros como los de su hermano, tenían esa mirada de las bellas que... En mi caso no era lo corriente; a mí normalmente me costaba sostener la mirada, sobre todo con las chicas. Pero no me sucedía lo propio con Susana. Si ella me miraba con una mirada firme, yo la miraba a los ojos con otra más firme todavía. No nos cruzamos muchas palabras, pero sí miradas. Y las mías no estaban dirigidas solamente a los ojos de ella. No, claro que no. Las mías iban a toda ella; y ella, como toda chica, como toda mujer, lo advertía. Era bonita de pies a cabeza. Rubiona de tez cetrina y ojos claros igual que Carlos. Alta, delgada y bien formada. Me gustaban sus piernas que eran largas y estaban cubiertas por un vello de color cobre, sutil, sutilísimo, que sólo los rayos del sol permitían advertir. Y no podía evitar de mirar hacia sus pequeños pechos, notoriamente duros, atrevidamente marcados en un conjunto de punto, de color rosa, que era la moda entonces. Sí, Susana me atraía. ¡Claro que me atraía! Tal vez por eso sostenia mi mirada de una forma desacostumbrada para mí. Quería que lo supiera. Y como no podía decírselo con palabras (o no me hubiese animado a decírselo con palabras) tenía que decírselo con la mirada.

Lo cierto fue que a las horas de la tarde, desde los terrenos en que los chicos vencíamos a los alemanes y a los japoneses a pura granada y trinchera por trinchera, yo echaba de vez en vez una mirada hacia donde estaban las chicas, nada más que para ver la silueta de Susana. Llegué a fantasear que la besaba. El beso ya era experiencia para mí. Con Mirta, una vecina del barrio, nos habíamos besado dos o tres veces en las nochecitas de Villa del Parque. Y otras dos o tres veces, en el Gran Bijou o en el Sol de Mayo, yo había logrado meter mano entre sus ropas. En otras palabras, aquel 9 de Julio, ante la vista de Susana, me sentía... ¡fogueado!.

Sí, claro que sí; me río ahora al recordarlo y hasta podría decir que me sonrojo al escribirlo...

Las tardes del invierno cicatean esa dulce morosidad de sol y el anochecer suele ser precoz. Ya por la declinación del sol, ya porque el cansancio nos ganaba, los juegos comenzaron a ganar en quietud. Poco a poco nos fuimos arrimando a la casa. En el galpón, no parecía que nadie fuera a marcharse. Grupos de hombres jugaban cartas; y rondas de sillas ocupadas por mujeres molían la alegre conversación mujeril. Había risas en todos, hombres y mujeres. El tío Felipe y la tía Julia estaban radiantes. Sus propios hijos, mis primos, quienes eran mayores que yo, no habían querido ir a ese asado. Ya empezaban a tener sus vidas, Ambos noviaban. De modo que los tíos parecían estar disfrutando esa tarde de una recuperada intimidad. Reían a sus anchas y la tía Julia, en cada oportunidad en que yo me había acercado a la casa me preguntaba cómo estaba. Yo le respondía que bien y todos seguíamos con lo de cada quien. Estaban felices ellos también.

Hubo un momento de ese atardecer en que nos encontrábamos todos los de la barra reunidos en la calle, donde estaban estacionadon los camiones. Había varios, pero cerca de la puerta de la casa estaban el del padre de Carlos y Susana, que era uno de caja playa y el del tio Felipe que tenía la caja con altas barandas y techada con lona. Las chicas estaban reunidas adentro de la caja del camión de mi tío. Entonces sucedió lo impensable. Algo que ni en mi más estúpida fantasía me habría atrevido a imaginar. En un momento, Carlos, quien había subido al camión un rato antes, saltó desde la caja al piso. Se dirigió hacia donde nos encontrábamos y ordenó que nos pusiésemos en corro, a la manera de los jugadores de rugby. Entonces, con la voz más baja que pudo improvisar (lo que para él era notoriamente un esfuerzo) dijo, así como lo escribo ahora:

-Las chicas están de acuerdo: vamos a coger.

Yo (y hoy puedo jurar que los otros tampoco) no entendía nada. Mejor dicho, había entendido; habíamos entendido, pero no podíamos creer lo que acabábamos de escuchar. ¿Coger? ¿Este tipo sabe lo que está diciendo?. Tan habrá sido así que en esa ocasión Troilo no fue capaz de armar su famosa sonrisa. Yo miré a todos, uno por uno, a la cara, como buscando una explicación que evidentemente nadie tenía. Un par de pibes dijeron casi a coro: ¡Chau, yo me voy!, y al punto se dieron la vuelta para retirarse a la casa. Carlos los paró en seco y con el índice en el aire, blandiéndolo entre las narices de ambos, les dijo:

-Ojito, eh. Ni una palabra a nadie. El que cuenta algo de esto lo cago a trompadas, ¿ta?

-Está bien. -dijeron los prevenidos tras lo cual se marcharon. Un tercero llamó a su hermana por el nombre, que se encontraba en el camión y le ordenó que se bajara. La chica bajó de inmediato y se fue, junto con el hermano y los otros dos, hacia el interior de la casa.

Carlos volvió a juntar el corro y dijo:

-Somos más pibes que pibas, así que vamos a hacer así: ellas eligen, una por vez. Los que quedan sin elegir, se rajan. Y... no hace falta que lo diga, ¡ni una palabra a nadie! Al que dice algo de esto le rompo la cara a trompadas. Los demás, nos vamos cada uno a...

Carlos siguió dando instrucciones. Designó los sitios donde iría cada quien. Él se reservó la caja del camión de mi tío Felipe. A dos, les asignó las dos cabinas. A los otros, sendos sitios. A mi me tocó detrás de una pila de ladrillos que se alzaba en un terreno de enfrente donde había una casa a medio construir.

¡Yo escuchaba cada una de esas instrucciones y no lo podía creer! En dos o tres oportunidades lancé la mirada hacia el camión, donde estaban las chicas. Ellas estaban juntas, asomadas sobre la puerta de la caja. Pude ver el semblante de cada una de ellas, los cuchicheos, las miradas inquiertas de todas, las miradas temerosas de algunas; todo ello me daba la pauta de que la cosa iba en serio. Más aún, tuve el convencimiento de que la idea había partido de ellas. Por mis adentros me repetía: ¿Coger? ¿Cómo que coger? ¡esto no puede ser! Sin embargo, poco a poco acomodé mis pensamientos. Recordé que una de mis debilidades era tomar todo en el sentido literal. Un poco lentamente, acabé por interpretar que Carlos había elegido esa palabra porque era su forma de hablar; pero lo que había querido decir era que íbamos a... franelear, por decirlo de una. Era lo común a nuestra edad. Eran, para decirlo con lenguaje de hoy, nuestras pretensiones de máxima; era lo que chicas y chicos esperábamos de ese tipo de encuentros. Estaba claro. Así que poco a poco fui saliendo de esa suerte de estado de shock que el anuncio de Carlos me había producido. Me fui tranquilizando; pero por otro lado nacía, creciente, otro tipo de inquietud: ¿Y si no era elegido? ¿Y si la que me elegía no me despertaba nada?

Mientras seguía metido en estos pensamientos Carlos, el macho Alpha, seguía con sus instrucciones. En realidad, las repetía. Y lo que más repetía era la advertencia: al que diga algo lo cago a trompadas. Finalmente terminó su cháchara con esta noticia:

-La Carmen es para mí.

Después de decir eso, trepó de nuevo al camión. Se perdió en la oscuridad de la caja, llevando consigo a las chicas. Al cabo de un momento apareció al borde de la puerta de la caja. Quedó ahí parado, mirándonos como el que te dije mirando a sus descamisados desde el balcón de la Rosada. Luego tomó el brazo de una morenita de trenzas, bajita, que llevaba un gracioso vestido rosa con dibujos blancos.

-Troilo -dijo Carlos; tras lo cual hizo un gesto que no podía significar otra cosa que ésta: la negrita es para vos.

El Carlos de la risa contagiosa estaba a mi lado. Me aturdió cuando lanzó su grito de alegría. Su sonrisa habitual le anudaba ambas orejas y tan rápido como se lo permitía su humanidad se acercó al camión para tomar la mano de la morenita que bajaba. Carlos, el macho Alpha, volvió a contagiarse de la sonrisa de Carlos, el centrofoward, y a éste le dijo:

-Te lo merecés, Troilo, por los cuatro goles que metiste.

-¡Cinco! -rectificaron a coro dos de los pibes, mientras el Carlos Troilo se iba con la morenita hacia la cabina del camión playero.

Se siguió con la asignación. Una a una se formaron varias parejas. Finalmente, Carlos apareció con Susana y sin decir palabra, nada más que con gestos, me dio a entender que Susana... ¡me había elegido a mí! Mi corazón no cabía en el pecho. Latía como nunca antes lo había percibido. Susana, allí parada, al lado de su hermano, mostraba en el rostro una serenidad extraña, dulcemente extraña. Ella comenzó a bajar. Desde abajo, la vista de sus piernas me exaltó aún más. Sentí deseos de pellizcarme para ver si se trataba de un sueño. Me acerqué para ayudarla a poner pie sobre la tierra. Carlos se volvió para dirigir la mirada hacia el interior del camión y, dirigiendose a una Carmen seguramente agazapada entre las arpilleras del camión del tío, dijo: Esperáme, ya vengo; tras lo cual bajó después de Susana.

Yo la tomé de la mano y comenzamos a caminar hacia el cruce de la calle. Pero en ese momento Carlos dijo.

-Vení, Alfredo, que tengo que decirte una cosa.

Yo me acerqué hasta él, quien se había colocado en la vereda, cerca de la puerta de la casa. No tenía la menor idea de qué cosa había de decirme. Pero él era el jefe y yo no podía desentenderme de la orden. Solté la mano de Susana, cuya mirada era más prometedora que la bola rodando en la ruleta y di los cuatro o cinco pasos que me separaban de Carlos. Cuando estuve a su lado, él se inclinó, con los modos de quien anuncia que está por decir algo que no quiere que otros oigan. Cuando su boca estuvo a un palmo de mis narices, me dijo, así nada más:

-Le tocás un pelo a mi hermana y te rompo el culo a patadas. ¿Entendiste?

Respondí. Respondí algo que debió de ser un murmullo. Estaba atónito: El caudillo, el guía, el jefe, el que se había ganado el respeto durante toda una jornada de repente rompía las reglas. ¡Y justo a mí!

-¿Entendiste? -repitió, pero esta vez en un tono decididamente amenazador.

-Sí. -repetí a mi vez, esta vez con más firmeza en la voz.

-Ta bien. -dijo, y al punto me regaló un sopapo. Uno benigno, entre cariñoso y malévolo, pero sin duda humillador. Luego trepó al camión y se perdió en la oscuridad del interior de la caja.

Atónito aún, tomé la mano de Susana. En silencio cruzamos la calle y en silencio nos dirigimos hacia la casa en construcción. Mi corazón latía con más fuerza que antes. Mientras en mi pecho sentía los golpes del corazón, en las yemas de mis dedos; en la palma de la mano, sentía la cálida piel de Susana. Caminábamos sin decirnos palabras. A cada paso, miraba de costado sus pequeños pechos que parecían querer reventar el conjunto de punto. El recuerdo de los momentos pasados con Mirta, encarecido a la vista de los dones de Susana, me provocaba la imaginación de dulcísimas caricias. Me llegaron, incitadoras, las primeras fragancias de su aroma. Mi corazón latía con más y más prontitud. También me resonaban en la cabeza las palabras amenazadoras de Carlos...

Por fin llegamos al pilón de ladrillos. La luz del alumbrado público de la calle del fondo nos llegaba como una tenue fosforescencia. Como si la industria de los hombres y el pogreso nos hubiesen compuesto una luz de luna para aquella noche sin luna.

Antes de rodear la pila de ladrillos, me di media vuelta para mirar hacia la casa, hacia el camión del tío Felipe. Luego volví el rostro hacia Susana:

-Vení, seguíme. -le dije.

Cuando finalmente rodeamos el pilón, Susana se decidió a hablar. Algo de descaro habría en mi rostro porque ella, mirándome con sus ojos claros que en ese instante transparentaban vacilación, perplejidad, me pregunto:

-¡Qué! ¿Por qué esa sonrisa?



Alfredo Arri.

o0o

martes, 16 de febrero de 2010

La escritura es una forma de instrospección.

Citas.

Isabel Allende. Uno de los porqué de escribir.

La escritura es una larga introspección, es un viaje hacia las cavernas más oscuras de la conciencia, una lenta meditación. Escribo a tientas en el silencio y por el camino descubro partículas de verdad, pequeños cristales que caben en la palma de una mano y justifican mi paso por este mundo.

Isabel Alende. Paula.

o0o

sábado, 6 de febrero de 2010

Caricia.

Relatos.

Caricia.

Un relato de Alfredo Arri.

En marzo enterramos al tío de la Negra, el último de los tíos maternos que le quedaba. Era el menor de diez y habían venido de Italia todos juntos, en el 24, en el Principessa Maffalda, ese buque que se hundió frente a Río de Janeiro en el 27.

El tío Sandro tenía, cuando llegaron a Buenos Aires, unos seis o siete años y, como dije, era el menor de todos los hermanos. A los trece, los viejos lo metieron de aprendiz en una panadería y salió de la misma panadería jubilado como maestro panadero, a los sesenta y seis. Y cuando escribo aquí la misma panadería, es porque es la misma panadería. Pasaban los propietarios pero los peones de cuadra quedaban. Iban con el inventario. Y él quedó. Siempre. Toda la vida. Desde los trece a los sesenta y seis.

Después de jubilarse siguió unos años más en la misma panadería, trabajando en negro. Entraba a las diez, once de la noche, y regresaba a la casa a las siete y media de la mañana. Todos los días menos los domingos. El domingo a la mañana salía de la cuadra y regresaba el lunes a las diez de la noche. Así toda la vida. ¿La diversión? En su juventud, los domingos de fútbol con los hermanos. El conocido ritual de seguir a su equipo a todos lados. Y a la vejez, la partida de naipes con amigos en el club de los jubilados. Sé, también, que había hechos dos viajes de vacaciones con compañeros del sindicato; una vez a Córdoba; otra vez a Mar del Plata. Como te podés imaginar, nunca tuvo una novia. Si alguna vez pagó una puta, no lo sé. Pero novia, lo que se dice novia, no tuvo una jamás.

Medio la vida que llevaba, medio cierta cortedad de trato, nunca conoció mujer. Poco antes de su muerte me vengo a enterar que en su juventud había estado enamorado de una vecina, y que nunca se animó a decírselo. ¿Y vos sómo lo sabés?, le pregunté a la hija de la mujer de quien supuestamente el tío Alessandro había estado enamorado. Porque a mamá le había llegado el chisme a través de la novia de uno sus hermanos, me dijo. ¡Ah!, chismes. Chismes de barrio. Pero puede ser. Pudo haber ocurrido que se enamoró alguna vez; de esa mujer o de cualquiera otra, pero nunca lo sabremos ya.

Como dije, el tío de la Negra era algo corto de carácter. No le gustaban los chistes verdes y aun de viejo se ponía colorado cuando oía alguno de tono sexual. Se reía, sí; pero para adentro y poniéndose colorado. Cuando tiré sus cosas, una semana después de su muerte, entre ellas encontré sólo dos libros: un Evangelio en edición de bolsillo que seguramente le habían regalado alguna de sus hermanas, beatas de pura cepa; y una edición en rústica y versión resumida, muy amarillenta, de Los Tres Mosqueteros. Nada más. Ésa fue su vida. ¡Ah!, también encontré un sobretodo que hacía años que no usaba y los trescientos sesenta pesos de la última pensión de cuando todavía andaba bien. Ésa fue toda su herencia.

En sus años jóvenes era de mal vino, y más de una vez supo mostrar su vena agresiva encendida por el alcohol. Pero sólo de palabra. Nunca descarriló. Las hermanas le pegaban un par de gritos, lo mandaban a dormir la mona y ahí acababa todo.

Solterón y viejo, en sus últimos años se inventó como necesidad una serie de pequeños ritos que cumplía con una devoción casi religios. Cuando murió su última hermana cayó en una especie de desesperación senil que tuvimos que afrontar la Negra y yo. ¡Y, sí! ¿Quién si no? ¿Los otros sobrinos? ¿No dije que dejó en herencia la última pensión y un sobretodo? Sí, lo dije. Bueno, ahora agrego un detalle revelador: el sobretodo estuvo dos días en la calle. Ni los cartoneros se lo quisieron llevar de tan deteriorado que estaba. Pobre como una rata vivió… y pobre como una rata murió. Los demás sobrinos se borraon todos, ésa es la pura verdad.

Así que, ayudarlo a sostener esos ritos cotidianos fue una especie de carga extra que el destino nos dió a la Negra y a mí por hacernos cargo del tío. Que los lunes, tal plato; que los martes, tal otro… Que los jueves la quiniela. Rutinas.

Los sábados eran de pizza. Cuento una: todos los sábados, a las siete y media de la tarde, o la Negra o yo llamábamos a la pizzería para hacer el pedido. Sí, siete y media, cuando el pizzero recién se levantaba de la siesta y todavía ni había prendido el horno. Y que se la trajeran a las ocho, ¡por que si no…! A los meses, llamábamos a la pizzería y el tipo, del otro lado, ni nos dejaba hablar. Sí, a las ocho en punto, una grande de muzzarela, tal dirección, para el abuelo. Rutinas enfermizas.

Así estuvimos un año o más. Finalmente el tío cayó en la decumbencia. Entonces sí, me tuve que hacer cargo yo, porque la Negra… ya había enterrado a demasiadas tías en su vida y éste era varón, y maniático. Y pesado. Darlo vuelta para cambiarle los pañales era todo un trabajo. Para colmo, el pobre que no embocaba movimiento para facilitar la tarea. Había que tener fuerza. Y estómago, porque me pasé meses lavando dos veces al día las sábanas, y a mano. Ni loco iba a meter en el lavarropas de la Negra tanta mierda. Y las remeras también las tenía que lavar a mano, porque por más pañales que le pusiera…

Cuando la Negra y yo vimos que entraba en la etapa final llamamos a la obra social de los jubilados. No me lo querían internar. Señor: el abuelo se está muriendo; es mejor que muera en su casa, rodeado de los suyos.. No tiene a nadie, doctor; es mi tío político y no tiene a nadie. La Obra Social no está para eso, señor.

Para una segunda oportunidad me guié por consejos de quienes ya habían pasado por algo parecido y cuando el médico, después de revisarlo se sentó a escribir una nueva receta de esas pastillas de placebos que recetan para darle de comer a poderosas multinacionales, le dije: ¿Está escribiendo la orden de internación, doctor?. No, señor: el abuelo no tiene nada, se está muriendo nada más; nosotros no podemos hacer nada. Entonces aguardeme un segundo que voy a llamar a la policía. Quiero hacer una denuncia. Vaya dejándome número de matrícula y todo eso… Está bien; yo se lo interno; pero le van a meter un suero y en un par de días se lo devuelven. Eso usted lo sabe.

Así dos veces o tres veces. Finalmente murió.

Lo vivido con el tío Alessandro en sus últimos meses me dejó dos experiencias que no dudo en calificar de extraordinarias. La primera surgió a raíz de tener que afeitarlo, dos veces a la semana. Afeitar una cara ajena para quien no es barbero es toda una historia. Sobre todo un rostro lleno de pliegues y arrugas. Era tarea difícil. Pero al poco tiempo me hice práctico y sobrellevaba ese trance con alguna facilidad. Lo extraordinario era la ansiedad con que el tío Sandro esperaba ese momento de la afeitada. Se le iluminaban los ojos como a un chico que está por recibir un juguete. No disimulaba la alegría. Aunque ya entonces le costaba coordinar los movimientos, se esforzaba por hacer las muecas que uno hace frente al espejo al afeitarse, como queriendo facilitar la tarea. Y después de quitarle los restos de la crema de afeitar con una toalla, yo me tiraba perfume en las dos manos y luego le pasaba las manos por el rostro recién afeitado, para que el alcohol diera en las pequeñas heridas que inevitablemente le producía. Y entonces un día me dí cuenta que esa maniobra era para él como una caricia. Y una noche, mientras cenaba, así, de golpe, comprendí que esas caricias bien podían ser las únicas que había recibido en toda su vida. Y en mi recuerdo está hoy, devenida caricia amorosa, levemente sensual, lo que no era más que una maniobra higiénica. No sé muy bien por qué, pero me siento feliz de haber hecho tal cosa.

Y la segunda experiencia extraordinaria fue oirlo balbucear en sus últimas horas de vida. Una nochecita caí por el hospital cuando ya estaba muy mal y le hice las preguntas formales de rigor. Nada. Hablaba, pero ya no era a mí a quien hablaba; ni siquiera me reconocía. De su boca no salían otras palabras que las de su dialecto friulán, al punto que con sus manos al aire quería señalar andá a saber qué cosas. ¿Y qué tenía de extraordinario eso?, se preguntará mi benévolo lector. Lo extraordinario era que el tío Alessandro nunca hablaba en friulán. Ni siquiera lo entendía cuando lo hablaban sus hermanas. Nunca. Y compartí con ellos cuarenta años; sé lo que digo. Nunca lo habló; no lo sabía; lo había olvidado. Lo había olvidadado hasta esa noche, la última de su vida.

El que esa noche hablaba por la boca del tío Alessandro era un chico de cinco o seis años, que acaso estaba mirando con asombro las montañas de Udine, lejos, muy lejos de una miserable cama de un miserable hospital en el culo del mundo.

Cuando abandoné la habitación esa noche le di unos pesos al enfermero. Tomá, Angelito -le dije-, ni bien el tío se entregue, llamame por teléfono. No te calentés por la hora.


Alfredo Arri.

o0o