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jueves, 27 de mayo de 2010

Muertes. Relato breve.

Relatos breves.

Muertes.


Mariano era el hijo del medio de los tres que trajo a esta modesta parte del mundo el viejo José (almacenero de los de antes) , y que hasta los primeros años de los noventa estuvo al frente de su almacén de la calle Llavallol. Mariano vivía en Estados Unidos, y ahora estaba de visita en Buenos Aires.

Los otros dos hijos del gallego nunca salieron, no sólo del país sino del barrio. Inés, agraciada y de buen carácter, se casó con un visitador médico que hoy es gerente de un laboratorio y tuvo tres hijos. Por su parte Juan José, el mayor, fue primero policía de la Federal y luego, a partir de los años setenta, guardaespaldas de un sindicalista de nombre notorio. Juanjo, así le decíamos todos en el barrio, era un hombre de modales suaves para la media varonil del barrio en aquellos años. Las lenguas incontinentes decían que era homosexual, pero a mí me consta que era un mujeriego empedernido. Es verdad que el amaneramiento para un guardaespaldas sindical era cosa rara, pero hay que decir también que supo ser rudo cuando las circunstancias lo exigían, y hubo un tiempo en que las circunstancias lo exigían a menudo. Nunca se casó; tampoco tuvo nunca una mujer con la que conviviera. Sé y me consta, como dije, que fue un putañero de alma. Con sus amigos sindicalistas o con sus colegas de la pesada, frecuentó cuanto sauna, cabaret y peringundín hubo en Buenos Aires en los oscuros años de la dictadura, y aún después. Juanjo era el tanguero en esa familia educada por inmigrantes españoles y, como tal, el más mamero de los tres hermanos.

Mariano, en cambio, fue el único de los tres que quiso estudiar en la universidad y el viejo José lo bancó sin chistar. Con un título de físico en una especialidad que nunca registré el nombre, y con el diploma universitario todavía sin enmarcar se marchó a los Estados Unidos a probar suerte.

Allá encontró la famosa suerte, y ésta fue generosa con él. Enganchó rápidamente en una universidad de renombre y a los pocos años de trabajar en investigación casó con una yanqui de prosapia blanca, católica y de buena posición social. Formó una familia de siete, raro para un yanqui.

De esta forma, al cabo de los años, José, el viejo José, alcanzó la jubilación, cerró el negocio para siempre y se sintió feliz de haber cumplido con su deber en su paso por el valle de lágrimas. En los últimos años de su vida se lo encontraba todos los días sentado a la puerta de su casa, a la espera de los eternos vecinos y antiguos clientes para conversar del tiempo, de bueyes perdidos y de sus ocho nietos. Los cinco de allá, repetía, apenas los conozco por fotos, pero un día de estos voy a ir a visitarlos. José unca fue a los Estados Unidos, pero Mariano les trajo a los nietos para una Navidad. La mujer alta, delgada, rubia y de ojos celestes, y los cinco hijos que le había hecho Mariano en el Norte, se aburrieron como locos. Tuvieron que padecer, de mala gana, una Buenos Aires calurosa y húmeda, tres primos que no hablaban inglés, un tío de mirada que metía miedo y que portaba un arma en la cintura bajo el saco, un abuelo que vestía una ridícula boina y una abuela que se empeñaba en enseñarles a cantar en español. Pero Mariano ese año fue feliz por haberlos convencido a todos para que lo acompañaran al Sur.

Fue la única vez. Nunca más volvieron a concederle esa gracia. Pero Mariano sí regresó varias veces, de visita. En las dos últimas oportunidades en que viajó fue para enterrar a sus padres. En el 99 a Conce, quien murió con la paz de los fármacos en un hospital público, y un par de años después a José, quien murió de un infarto al miocardio mirando la televisión.

A la madre, Mariano alcanzó a darle un beso antes de verla partir. Al padre, en cambio, apenas si llegó para despedirlo ya en la ceremonia de inhumación.

Viste, Marianito: murió papá, lo recibió en la puerta de la Capilla municipal su hermana Inés, mostrando, una vez más, su vocación para decir las cosas más importantes de la manera más tonta que nadie pudiera imaginar jamás. Ahá, le respondió el físico en no sé qué, investigador de la Universidad de la Gran Puta del Tío Sam, padre de cinco hijos yanquis y ex argentino por su propia voluntad. Se abrazaron y lloraron, por supuesto.

-¿Cómo está tu familia, hermano? -preguntó Juan José, ya todos en el auto del marido gerente de Inés.

-Bien, Juanjo, bien. Aprovecharon para visitar Nueva York. Phillip quería ir al World Trade Center y Lucille decidió llevarlos a todos..

Inés, como siempre, dio la nota:

-¡Ah! Ahí donde filmaron Melodía otoñal...

-No -dijo Mariano, componiendo una vez más una risa especial que desde su adolescencia tenía reservada para su hermana. -Ése que decís vos es el Madison Square Garden. No... las torres gemelas.
.
-¡Ah! Mirá vos. Podrían haber elegido Disneylandia, ¿no?

-Ay, hermanita: sabés las veces que fueron a Disneylandia.. No, Phillipe quiere ir a tomar fotos allí. Además, por ahí andan los padres de Lucille y se quedan unos días con ellos.

-¿No eran de Boston los viejos, che? -preguntó Juanjo, el único de los hermanos que había ido trajeado al cementerio.

-Sí, pero se mudaron a Nueva York porque al viejo se le dio por las artes y abrió una galería de arte en Manhattan.

-¿Y vos cuándo volvés?

-Y... me quiero quedar unos días. Me puedo quedar en la casa, ¿no? ¿A vos no te jodo, Juanjo?
.
-No, hermano, cómo me vas a joder. Un gustazo. Esta noche pizza y cerveza, ¿dale?

-Meta.

La luz de un sol que huía hacia el oeste pintaba de rosa el muro del cementerio. Los árboles gigantes de la avenida Garmendia abovedaba en una sola sombra la ancha vía. La barrera baja del San Martín los detuvo. El silencio de la calle produjo en Mariano una extraña y a la vez placentera sensación de sosiego. No había demasiado tráfico en la calle para un lunes y para esa hora. Dos o tres automóviles apenas esperaban el paso del tren. Más allá de las vías, sobre la luz de la calle Warnes esplendía el sol. Todo provocaba la ilusión de buenos tiempos para la flagrante primavera. Al fin pasó el tren. Los desvencijados vagones; los hombres apiñados que ocupaban hasta los estribos de los vagones le recordaron a Mariano, una vez más, la miseria en que estaba sumida la patria.

A la noche, Juan José y Mariano fueron hasta el Centro. Juanjo quiso llevarlo hasta la pizzería que sabía que era la preferida de su hermano. A las dos, tal vez un poco más tarde, regresaron a la casa. Juan José le indicó cómo arreglárselas con el sofá donde dormiría ésa y las siguientes noches. Luego se retiró a dormir.

Al promediar la mañana del martes, Juanjo lo sacudió para que despertara.

-¿Qué pasa, Juanjo?

-La tele, hermano... mirá la tele.

Dos horas más tarde, Juan José movía cielo y tierra para tratar de conseguir un pasaje a Nueva York. Pero fue imposible. Ni los jerarcas sindicales, ni los ministros, pudieron hacer nada. En la pantalla de la tele seguía el drama. Los teléfonos, absolutamente inservibles. Cuando cayeron las torres, Mariano se echó a llorar como un chico.

Juan José no sabía qué hacer. Apoyó una mano sobre el hombro de Mariano; murmuró algunas palabras dirigidas a su hermano que probablemente fueran de consuelo, o algo así. Finalmente, Juan José tomó la pistola y la clazó en el cinturón del pantalón.


Alfredo Arri.

lunes, 3 de mayo de 2010

Testimonio. Relato breve.

Relatos breves.


Testimonio.


El principal testigo del hecho policial en la residencia del laureado poeta Javier Basualdo Orly fue una vecina. Ocupa la casa lindera a la del famoso poeta y conocía a su mujer desde siempre, ya que habían transitado juntas los años de la infancia. El oficial de policía que la interrogó obtuvo de ella el testimonio que sigue. Me he permitido ordenar un poco las oraciones y cambiar algunos vocablos, tras paciente desgrabación de una cinta de audio.

-No se llevaban bien, es verdad. A veces, los gritos de sus peleas me llegaban hasta la cocina, amortiguados por la paredes. En algunas ocasiones, a pesar de ese obstáculo de las paredes, y entremezclados con los ruidos de la calle o de la televisión, me llegaban, claras, las palabras. Se peleaban por cualquier cosa. Anoche, por ejemplo, él le pidió a los gritos que bajara el volumen del televisor. La forma en que gritó ese pedido me dio en pensar que había habido otros pedidos previos, en otro tono, y que ella los había desoído. Es más: estoy segura de que ella que subió más el volumen del televisor. Tienen uno de ésos con muchos parlantes, ¿vio?... Últimamente ella lo odiaba, sabe. Antes, cuando ganaba buenas sumas de dinero por la venta de sus libros, se llevaban bien. Y en esos años en que él fue figura de la televisión, también. Cuando fueron de safari a África, creo que en el setenta y nueve, ella hizo poner un pasacalle como si fuera hecho por compañeros de él. Pero yo sé que había sido ella. En esa época no eran comunes los pasacalles; el único que los hacía era un primo mío, letrista de profesión, y él me dijo que ella se lo había encargado. No sé, creo que durante quince o veinte años se llevaron bien. Luego, con el paso de los años, la fama de él decayó y sus libros no se vendían. A veces venía algún periodista a hacerle alguna nota; en esas ocasiones Ofelia vestía sus mejores ropas, se maquillaba y compraba gaseosas y masitas secas para recibir a los periodistas. Yo tengo videos de algunas de esas entrevistas, que ella misma me regaló. Pero, hace como cinco años que no viene nadie, ni periodistas, ni nadie. Bueno, la semana pasada vino un músico conocido, pero estuvo un rato nomás. Anoche, le decía, él le pedía a los gritos que bajara el volumen del televisor. "Tengo que escribir, ¿no entendés? Apagá esa mierda, querés". Perdone usted, oficial, pero eso es lo que decía. Se refería a un programa de juegos que hay en la tele; muros de cartón, participantes que se caen, o se tiran, eso, un programa de esos, que él no soportaba. Ella lo ponía a todo volumen, y reía con cada escena del programa. Fue entonces cuando oí el tiro. en realidad, antes se oyeron otros ruidos, como golpes de cosas pesadas contra el piso. Después, el tiro. Uno solo. Y después, el silencio. Yo lo llamé a mi marido, que ya estaba durmiendo, porque él se tiene que levantar a las tres de la mañana para ir a trabajar. Tiene como dos horas de viaje... Bueno, lo desperté y le dije: "Francisco, Francisco, me parece que el loco de al lado mató a la Ofelia."

-Por qué le decía "el loco", señora. (La pregunta del policía fue directa).

-¿No le dije que era poeta? Era medio loco, como todos los poetas. Bueno: como le decía: llamé a mi marido y se levantó. Salió a la calle y no vio nada. Yo le pedí que tocara el timbre, pero el no quiso. Entonces yo marqué el número del teléfono de ellos. Algo se me habría de ocurrir para justificar la llamada. Entonces me atendió él, y con una voz muy rara me dijo: "Nelly, llame a la policía, ¿quiere?" Y entonces los llamé a ustedes. Bueno, al noveciento once, bah. Eso es todo lo que puedo decirle.

-¿Y usted no le preguntó por su amiga?

-Sí, claro, le pregunté: "¿Qué pasó? ¿Ofelia está bien?". Pero él no contestó. Cortó. No me dió tiempo para decir nada. Ni de gritarle ¡asesino!, ¿por qué la mataste, basura? Nada. ¡Pobre Ofelia! ¡Sufrió toda su vida con ese vago medio loco! ¡Y terminar así!

-Su amiga no tiene nada, señora. Está en estado de shock, pero no tiene nada. El que recibió el tiro era un chorrito de mala muerte que se había metido en la casa. Un chiquilín, de quince o dieciséis. Además, desarmado. Es decir, el chorro tenía una navaja, nada más. Pero parece que su vecino no dudó en tirarle un escopetazo que lo mató en el acto. Por eso le preguntaba por qué lo llamaba "loco". Por ahí, lo que me quería decir usted con eso de "loco" es que es violento, que le pega a ella, que tiene pelesas con los vecinos, que es de matonear, ésas cosas...

-¡No, señor! ¿Cómo se le ocurre? ¿Javier? Si Javier es un pan de Dios. ¿La puedo ir a ver, señor?

-No, señora. Todavía está el chico ahí, tirado, con la cabeza reventada. No es un espectáculo agradable..

-¡Mire si me voy a conmover por un negrito de mierda!

Ernesto. Peralta, el oficial a cargo del hecho, miró mi grabador, luego me miró a los ojos y, en un par de segundos, sus músculos compusieron un gesto de significado inequívoco: Negro: si querés, publicalo nomás.


Alfredo Arri. (Theodoro) mayo 2010

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domingo, 28 de febrero de 2010

Esa hermana muy hermosa.

Relatos.

Esa hermana muy hermosa.


El hombre, cansado, bajó del tren. Era sábado, y la semana había sido agotadora. Aun le faltaba caminar las nueve cuadras hasta su casa. Pero antes, seguidor de sus propias rutinas, decidió ir por la copita de ginebra que todos los días tomaba ni bien bajaba del tren. Era algo así como el sello de clausura de cada jornada. Albañil desde los quince, y pisando ya los sesenta, gozaba de sus retornos a casa como nunca antes. Soñaba con la jubilación. Sabía que de todos modos tendría que hacer algunas changas después de la jubilación, pero no habría de ser lo mismo...

Sus hijos ya habían volado del nido, pero de cuando en cuando la casita que él mismo había levantado en treinta años de paciencia y fatiga se alegraba con el deseado barullo de algún nieto de los muchos que tenía.

Entró en el boliche del turco Jaime, que estaba a dos cuadras de la estación. La copita de ginebra era allí unos centavos menor que en la pizzería de frente a la estación. El pibe que ayudaba al bolichero le sirvió la copita sin preguntar, después de saludarlo. El hombre tomó con sus ásperos dedos la pequeña y panzona copa de vidrio gordo, con el denso y transparente líquido hasta el borde. Con buen pulso, la acercó hacia sus labios y, ni bien logró besarle el borde, con movimientos de cabeza y manos mil veces repetidos, bebió el trago de un solo empujón. Después chasqueó, dejó la copa sobre el mostrador y alzó la mirada hacia el televisor. Las imágenes del terremoto de Chile se sucedían en el canal de noticias. Los demás parroquianos miraban las imágenes, en silencio.

En algún momento, una voz de la televisión dijo que el terremoto había derrumbado un muro de una cárcel y doscientos presos aprovecharon la ayuda de la madre tierra para fugarse sin más. Varios de los parroquianos soltaron sus risotadas ante los comentarios chuscos que la noticia había provocado entre ellos.

El hombre pagó la copa, tomó el bolso que había dejado a sus pies, saludó y se fue.

Minutos más tarde entraba en la casa. Su mujer estaba en la mesa de la salita, con el mate sobre la mesa y el televisor encendido. Chile y su tragedia continuaban en la pantalla. Luego de cambiar las cien mil veces oídas y olvidadas palabras del saludo, ella hizo la pregunta retórica: ¿Viste que desastre lo de Chile? ¡Cómo no verlo!, respondería cualquiera.

Entonces el hombre, mostrando una sonrisa amplia, nacida desde lo más hondo de su humanidad y que acaso fuera la primera de esa clase que practicaba en mucho tiempo, dijo: ¡Sí: Y se escaparon no sé cuántos presos de una cárcel!

La mujer, tras decir que sí, que ella también lo había oído, rió con él, y como él. Un minuto después, ante las imágenes del desastre que el terremoto había producido en las infraestructuras de Chile, y las imágenes de los circunstanciados rostros de los afectados por la calamidad, ambos, ella y él, desarmaron sus sonrisas. Ella alzó un barzo; la mano llevaba un mate. Él lo tomó. Todavía tenía el regusto de la ginebra cuando chupó de la bombilla el mate dulzón.

De alguna manera vaga pero intensa, el hombre se dio a juzgar que si Dios había obrado el terremoto en Chile como un acto de justicia para con los presos de una cárcel olvidada en la periferia del mundo, el precio había sido demasiado alto. El viejo albañil concluyó: Dios es para sus demoliciones tan chapucero como lo ha sido para sus construcciones.


Alfredo Arri (Theodoro)

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miércoles, 24 de febrero de 2010

El macho Alpha.

Relatos.

El Macho Alpha.
Un relato de Alfredo Arri.

Está bien; es cierto: Los hermanos estaban en su propia casa y todos los otros éramos extraños en ese sitio. Ésa es una circunstancia conveniente. Y podría ser hasta determinante. Pero no lo era en este caso: Ella, Susana, era la más linda de todas. Y Carlos, su hermano, era el más resuelto de todos. Así que, si durante todo ese día de fiesta Carlos fue el jefe de la circunstanciada pandilla de chicos que se armó; y Susana la reina entre las chicas, ello fue por los propios méritos de ambos y no por la mera circunstancia de hallarse ellos en terreno propio.

Andábamos todo el piberío entre los doce o trece años de la edad. Tal vez había alguno de catorce, seguramente un par de diez. Éramos una barra. Quince a veinte varones y unas diez chicas. Salvo Carlos y Susana, y algún otro par de hermanos entre los invitados, no éramos parientes entre ninguno de nosotros. Yo había sido llevado hasta ese lugar por unos tíos con quienes había estado viviendo durante un mes.

Sucedió que la epidemia de polio había hecho estragos en Buenos Aires; la peste había tocado a un primo mío que vivía en la misma casa que yo. Así que mis padres decidieron que mi hermana y yo pasáramos un tiempo lejos del inquilinato donde nosotros, mi primo afectado y otros chicos vivíamos. A mí me tocó quedarme en casa de mi tío Felipe, quien tenía un aserradero en La Matanza; o en las afueras de La Matanza, que por aquellos años era casi campo.

Ese mes en la casa de los tíos lo pasé bien, pero la verdad es que me aburría. Yo tenía una edad en la que los amigos de la escuela o de la calle eran una parte muy importante de mi vida y esa ausencia la sentía. Mis primos, por otra parte, eran mayores que yo y nunca estaban en la casa. Así que cuando el tío Felipe me dijo que habíamos de pasar el 9 de Julio en la carpintería de uno de sus clientes, donde habría un gran asado, me alegré. Eso, al menos, rompía la rutina.

En los asados del 9 de Julio, en aquellos años de antes del 55, era común que en las fábricas se reunieran los patrones y sus obreros, con sus familias. Los festejos por la Independencia nacional eran una excelente excusa para la confraternidad entre clases. ¡Cosas de la época! Como fuere, ese 9 de Julio partimos muy temprano, casi al amanecer, en el camión del tío Felipe, hacia una fábrica de muebles de uno de sus clientes. No viajamos mucho tiempo. Creo que ese galpón poblado de sierras y tornos, invadido por un fuerte olor a maderas y barnices estaba también en el Sur, aunque no recuerdo dónde.

Sí recuerdo que el galpón y la casa de su propietario (los padres de Carlos y Susana) ocupaban uno de los diez o quince lotes que tenían alguna edificación en esa manzana. Los demás eran terrenos baldíos, la mayoría sin alambrar. Había para potrear por donde uno quisiera, como habría dicho una abuela.

Cuando llegamos ya había unos cuantos obreros de la fábrica, con sus familias. El arribo de otros fue constante durante las primeras horas de la mañana y al poco rato había como cien personas.

En el galpón, entre las máquinas y los pilones de tablones, se había armado una mesa larga con caballetes y tablas. De punta a punta, la larga mesa estaba cubierta con papeles blancos de panadería, a la manera de manteles. Sobre esa humilde mantelería, una ordenada fila de platos y vasos esperaba la hora de la comida y del aplauso a los asadores. La madre de Carlos y Susana debía ser una ama de casa que se permitía ciertos lujos: La mesa abundaba en vasos altos con flores, lo que para el invierno pleno era un poco extravagante. Entre los floreros, esperaban también las canastas de mimbre con el pan. Un pan de fonda grande, dorado, bien choricero, cuya vista me despertaba las ganas de tomar uno. Pero no me atreví.

Al aire libre, más precisamente en los terrenos del baldío de al lado, habían sido montadas unas parrillas descomunales, cerca de las cuales, al momento que llegamos con el tío Felipe, ya había unos hombres preparando el fuego. Generosas bolsas de viruta estaban a la mano de los hombres quienes a dos manos echaban sobre un fuego a esa hora ya vigoroso. Centenares de tacos de madera noble habían sido apilados con destino de hoguera. Ese asado patriótico había de ser, pues, a pura leña.

Ni bien entramos en la casa, el tío Felipe fue en busca de su cliente y anfitrión. El dueño de casa estaba al lado de una mesa que se había colocado cerca del fuego y sobre la cual esperaban toneladas de asado y centenares de chorizos. El hombre estaba de pie, junto a esa mesa llena de carne, prodigando sonrisas. Hombre alto y bien parecido, mostraba un talante que hoy evoco, digamos, como propio de un marchant a la puerta de su galería el día de la inauguraicón de una muestra importante. Mi tío me llevó hasta donde estaban el hombre, las costillas de vaca y los chorizos, y me presentó a su cliente.

-Alfredito, el hijo de mi hermano Emilio. Lo tengo de inquilino en casa.

-Ah...! ¿Este es el pibe que...?

-Ahá.

-Sos pintón como tu tío, pibe; tenés la famosa sonrisa gardeliana de él... Tu viejo debe ser igual. Andá, andá a jugar nomás. Mirá todo el lugar que hay para jugar al fútbol. Te gusta el fútbol, ¿no? ¿De qué cuadro sos?

-De Vélez, señor.

-¡Ja! ¡Ja!. ¡De Vélez! ¡Como Felipe! Seguro que tu tío te hizo de Vélez. Hay que ser de Boca o de Ríver, che... De Vélez... pero ¡qué cosa!..

Dejé a mi tío Felipe con el dueño de la carne y los chorizos. Sus comentarios no me habían molestado. Ya estaba acostumbrado. A pesar de mi corta edad de entonces, ya había aprendido una de las verdades de la vida: el mundo está lleno de personas incapaces de entender que alguien podía no ser de Boca, o de Ríver.

Mi tía ya se había sumado a un grupo de mujeres. Fui hacia donde ella, echándole de nuevo una mirada a las bandejas del pan. El humo había ganado buena parte del espacio interior del galpón y el clima de asado se enriquecía poco a poco.

Al principio, los chicos no nos separábamos de los padres, en mi caso de mis tíos. Nos echábamos miradas a distancia pero no nos resolvíamos a tomar iniciativas. Al rato, cuando los mayores comenzaron a decir: Andá, andá a jugar. Mirá: aquél está solo, arrimate, nos fuimos animando y comenzamos a acercarnos. Tímidamente, claro.

De pronto apareció Carlos. Era patente que acaba de levantarse de la cama. Eso ya era un signo: el tipo tenía un revuelo en la casa, seguramente desde las primeras horas del día, y sin embargo había dormido como un tronco hasta las diez. Era un signo. ¿O no?

Pasó decidido por entre las personas que, en grupos de cuatro o cinco, esperaban la hora de sentarse a la mesa. Saludaba a algunos, así, al paso y nada más que con ademanes. Con idéntica desgana tomó un panazo de una de las bandejas que estaban sobre la larga mesa: le arrancó un pedazo de un mordisco y se puso a masticar. Lo hacía con los modos de un portuario a quien le han dado diez minutos para comer. Estaba despeinado; para aquella época, tal descuido era menos una muestra de rebeldía que una de picardía. De tez aceitunada, era rubión y un mechón color amarillo pajizo le caía sobre la frente. Tenía ojos claros, tal vez de color gris. Era alto, y bien formado. No sé si era mucho mayor que yo. Tal vez un año, no creo que más. Al llegar a mi lado, se detuvo y después de arrancar otro pedazo al pan de una dentellada, dijo, con la boca llena:

-¿Cómo te llamás?

-Alfredo.

-Yo, Carlos, vení, seguíme.

Así, grupo tras grupo, como un ovejero con el rebaño que que debe regresar a las casas, en poco tiempo reunió una banda que terminamos por agruparnos en el baldío de al lado, más allá de las parrillas. Hacía frío, pero el sol era radiante, como corresponde a un digno Día de la Independencia; sol radiante que en aquellos años, como es fama, era digno, además, de un día peronista.

Rápidamente armamos dos equipos para el fútbol. Carlos, y otro que él mismo hubo designado, ejecutaron el pan y queso para elegir. Ganó Carlos y al primero que eligió fue a mí. Yo me puse a su lado de inmediato y recién ahí me preguntó:

-¿De que jugás?

-De siete.

-¿De siete? O sea que de meter goles, vos, nada. ¿Sabés cabecear?

-Y...

-Ta bien. -Entonces gritó:

-Alfredo va de siete. ¿Hay alguno que juegue de nueve?

-¡Yo! -gritó un gordito cuya cara redonda era capaz de armar una risa contagiosa en segundos. Precisamente con esa risa había lanzado su ¡Yo! ¿Quién se le podía negar? Carlos se rió:

-Gordo, espero que metas goles con las patas, porque con la cabeza... como no te venga la pelota... ¿Cómo te llamás?

-Carlos.

-Carlos qué.

-Carlos..

-No sirve: Carlos soy yo. A vos te vamos a llamar Troilo, ¿Tá?

Carlos el gordito lanzó una risotada de ésas y al punto con las dos manos fintaba la figura de un bandoneón. Poniendo cara de Troilo, lanzó un increíble:

-Chan chan.

La risotada general me transparentaba que ésa había de ser una jornada de felicidad. Módica felicidad de chiquillada de barrio, pero felicidad al fin.



Con los años, cuando uno mete para siempre en la cabeza conceptos que lee o escucha, incorporé el del macho Alpha. Recuerdo que cuando me topé por vez primera con esa noción, inmediatamente me vino a la mente el recuerdo de Carlos. Entonces me resultó evidente que él, en aquel día que ahora relato, había asumido de por sí ese papel, y que todos los otros lo habíamos aceptado sin cuestionamiento alguno. Aquella improvisada barra había sido como una manada de felinos, o de monos. Cachorros, pero fieras de todos modos. Y Carlos fue en ella, sin duda, el macho Alpha. Desde el primer momento dirigió todo, mandó todo, organizó todo, dispuso todo. Y todos nosotros obedecimos todo. Había sido así de sencillo. Y Carlos no nos defraudó. Como cabecilla, supo hacerse ganar el respeto de todos.

Susana, por su parte, había de cumplir con las chicas un papel equivalente al de su hermano, pero con los modos de las chicas. Era ella quien llevaba la voz cantante entre ellas. De todos modos, chicos y chicas nos mantuvimos separados la mayor parte del tiempo. Lo nuestro era el fútbol, la guerra, las transmisiones de turismo carretera, Tarzán, la búsqueda del tesoro, los piratas; en fin, todos aquellos juegos que en esa época eran corrientes entre los varones de nuestra edad. Lo de ellas, en cambio, era lo de ellas. Que no sabíamos qué, pero que era diferente. Más aunadas, más silenciosas. En fin, cosas de chicas...

A pesar de esta circunstancia, chicos y chicas nos cruzábamos a veces. A la hora de comer, o cuando íbamos hasta la casa a tomar agua de la bomba, o cuando íbamos al baño. En cada una de las ocasiones en que me crucé con Susana nos prodigamos miradas que eran, ¿cómo lo diré?... sostenidas. Eso es: sostenidas. Creo, como creía entonces, que tal actitud firme era en ella lo habitual porque sus ojos, claros como los de su hermano, tenían esa mirada de las bellas que... En mi caso no era lo corriente; a mí normalmente me costaba sostener la mirada, sobre todo con las chicas. Pero no me sucedía lo propio con Susana. Si ella me miraba con una mirada firme, yo la miraba a los ojos con otra más firme todavía. No nos cruzamos muchas palabras, pero sí miradas. Y las mías no estaban dirigidas solamente a los ojos de ella. No, claro que no. Las mías iban a toda ella; y ella, como toda chica, como toda mujer, lo advertía. Era bonita de pies a cabeza. Rubiona de tez cetrina y ojos claros igual que Carlos. Alta, delgada y bien formada. Me gustaban sus piernas que eran largas y estaban cubiertas por un vello de color cobre, sutil, sutilísimo, que sólo los rayos del sol permitían advertir. Y no podía evitar de mirar hacia sus pequeños pechos, notoriamente duros, atrevidamente marcados en un conjunto de punto, de color rosa, que era la moda entonces. Sí, Susana me atraía. ¡Claro que me atraía! Tal vez por eso sostenia mi mirada de una forma desacostumbrada para mí. Quería que lo supiera. Y como no podía decírselo con palabras (o no me hubiese animado a decírselo con palabras) tenía que decírselo con la mirada.

Lo cierto fue que a las horas de la tarde, desde los terrenos en que los chicos vencíamos a los alemanes y a los japoneses a pura granada y trinchera por trinchera, yo echaba de vez en vez una mirada hacia donde estaban las chicas, nada más que para ver la silueta de Susana. Llegué a fantasear que la besaba. El beso ya era experiencia para mí. Con Mirta, una vecina del barrio, nos habíamos besado dos o tres veces en las nochecitas de Villa del Parque. Y otras dos o tres veces, en el Gran Bijou o en el Sol de Mayo, yo había logrado meter mano entre sus ropas. En otras palabras, aquel 9 de Julio, ante la vista de Susana, me sentía... ¡fogueado!.

Sí, claro que sí; me río ahora al recordarlo y hasta podría decir que me sonrojo al escribirlo...

Las tardes del invierno cicatean esa dulce morosidad de sol y el anochecer suele ser precoz. Ya por la declinación del sol, ya porque el cansancio nos ganaba, los juegos comenzaron a ganar en quietud. Poco a poco nos fuimos arrimando a la casa. En el galpón, no parecía que nadie fuera a marcharse. Grupos de hombres jugaban cartas; y rondas de sillas ocupadas por mujeres molían la alegre conversación mujeril. Había risas en todos, hombres y mujeres. El tío Felipe y la tía Julia estaban radiantes. Sus propios hijos, mis primos, quienes eran mayores que yo, no habían querido ir a ese asado. Ya empezaban a tener sus vidas, Ambos noviaban. De modo que los tíos parecían estar disfrutando esa tarde de una recuperada intimidad. Reían a sus anchas y la tía Julia, en cada oportunidad en que yo me había acercado a la casa me preguntaba cómo estaba. Yo le respondía que bien y todos seguíamos con lo de cada quien. Estaban felices ellos también.

Hubo un momento de ese atardecer en que nos encontrábamos todos los de la barra reunidos en la calle, donde estaban estacionadon los camiones. Había varios, pero cerca de la puerta de la casa estaban el del padre de Carlos y Susana, que era uno de caja playa y el del tio Felipe que tenía la caja con altas barandas y techada con lona. Las chicas estaban reunidas adentro de la caja del camión de mi tío. Entonces sucedió lo impensable. Algo que ni en mi más estúpida fantasía me habría atrevido a imaginar. En un momento, Carlos, quien había subido al camión un rato antes, saltó desde la caja al piso. Se dirigió hacia donde nos encontrábamos y ordenó que nos pusiésemos en corro, a la manera de los jugadores de rugby. Entonces, con la voz más baja que pudo improvisar (lo que para él era notoriamente un esfuerzo) dijo, así como lo escribo ahora:

-Las chicas están de acuerdo: vamos a coger.

Yo (y hoy puedo jurar que los otros tampoco) no entendía nada. Mejor dicho, había entendido; habíamos entendido, pero no podíamos creer lo que acabábamos de escuchar. ¿Coger? ¿Este tipo sabe lo que está diciendo?. Tan habrá sido así que en esa ocasión Troilo no fue capaz de armar su famosa sonrisa. Yo miré a todos, uno por uno, a la cara, como buscando una explicación que evidentemente nadie tenía. Un par de pibes dijeron casi a coro: ¡Chau, yo me voy!, y al punto se dieron la vuelta para retirarse a la casa. Carlos los paró en seco y con el índice en el aire, blandiéndolo entre las narices de ambos, les dijo:

-Ojito, eh. Ni una palabra a nadie. El que cuenta algo de esto lo cago a trompadas, ¿ta?

-Está bien. -dijeron los prevenidos tras lo cual se marcharon. Un tercero llamó a su hermana por el nombre, que se encontraba en el camión y le ordenó que se bajara. La chica bajó de inmediato y se fue, junto con el hermano y los otros dos, hacia el interior de la casa.

Carlos volvió a juntar el corro y dijo:

-Somos más pibes que pibas, así que vamos a hacer así: ellas eligen, una por vez. Los que quedan sin elegir, se rajan. Y... no hace falta que lo diga, ¡ni una palabra a nadie! Al que dice algo de esto le rompo la cara a trompadas. Los demás, nos vamos cada uno a...

Carlos siguió dando instrucciones. Designó los sitios donde iría cada quien. Él se reservó la caja del camión de mi tío Felipe. A dos, les asignó las dos cabinas. A los otros, sendos sitios. A mi me tocó detrás de una pila de ladrillos que se alzaba en un terreno de enfrente donde había una casa a medio construir.

¡Yo escuchaba cada una de esas instrucciones y no lo podía creer! En dos o tres oportunidades lancé la mirada hacia el camión, donde estaban las chicas. Ellas estaban juntas, asomadas sobre la puerta de la caja. Pude ver el semblante de cada una de ellas, los cuchicheos, las miradas inquiertas de todas, las miradas temerosas de algunas; todo ello me daba la pauta de que la cosa iba en serio. Más aún, tuve el convencimiento de que la idea había partido de ellas. Por mis adentros me repetía: ¿Coger? ¿Cómo que coger? ¡esto no puede ser! Sin embargo, poco a poco acomodé mis pensamientos. Recordé que una de mis debilidades era tomar todo en el sentido literal. Un poco lentamente, acabé por interpretar que Carlos había elegido esa palabra porque era su forma de hablar; pero lo que había querido decir era que íbamos a... franelear, por decirlo de una. Era lo común a nuestra edad. Eran, para decirlo con lenguaje de hoy, nuestras pretensiones de máxima; era lo que chicas y chicos esperábamos de ese tipo de encuentros. Estaba claro. Así que poco a poco fui saliendo de esa suerte de estado de shock que el anuncio de Carlos me había producido. Me fui tranquilizando; pero por otro lado nacía, creciente, otro tipo de inquietud: ¿Y si no era elegido? ¿Y si la que me elegía no me despertaba nada?

Mientras seguía metido en estos pensamientos Carlos, el macho Alpha, seguía con sus instrucciones. En realidad, las repetía. Y lo que más repetía era la advertencia: al que diga algo lo cago a trompadas. Finalmente terminó su cháchara con esta noticia:

-La Carmen es para mí.

Después de decir eso, trepó de nuevo al camión. Se perdió en la oscuridad de la caja, llevando consigo a las chicas. Al cabo de un momento apareció al borde de la puerta de la caja. Quedó ahí parado, mirándonos como el que te dije mirando a sus descamisados desde el balcón de la Rosada. Luego tomó el brazo de una morenita de trenzas, bajita, que llevaba un gracioso vestido rosa con dibujos blancos.

-Troilo -dijo Carlos; tras lo cual hizo un gesto que no podía significar otra cosa que ésta: la negrita es para vos.

El Carlos de la risa contagiosa estaba a mi lado. Me aturdió cuando lanzó su grito de alegría. Su sonrisa habitual le anudaba ambas orejas y tan rápido como se lo permitía su humanidad se acercó al camión para tomar la mano de la morenita que bajaba. Carlos, el macho Alpha, volvió a contagiarse de la sonrisa de Carlos, el centrofoward, y a éste le dijo:

-Te lo merecés, Troilo, por los cuatro goles que metiste.

-¡Cinco! -rectificaron a coro dos de los pibes, mientras el Carlos Troilo se iba con la morenita hacia la cabina del camión playero.

Se siguió con la asignación. Una a una se formaron varias parejas. Finalmente, Carlos apareció con Susana y sin decir palabra, nada más que con gestos, me dio a entender que Susana... ¡me había elegido a mí! Mi corazón no cabía en el pecho. Latía como nunca antes lo había percibido. Susana, allí parada, al lado de su hermano, mostraba en el rostro una serenidad extraña, dulcemente extraña. Ella comenzó a bajar. Desde abajo, la vista de sus piernas me exaltó aún más. Sentí deseos de pellizcarme para ver si se trataba de un sueño. Me acerqué para ayudarla a poner pie sobre la tierra. Carlos se volvió para dirigir la mirada hacia el interior del camión y, dirigiendose a una Carmen seguramente agazapada entre las arpilleras del camión del tío, dijo: Esperáme, ya vengo; tras lo cual bajó después de Susana.

Yo la tomé de la mano y comenzamos a caminar hacia el cruce de la calle. Pero en ese momento Carlos dijo.

-Vení, Alfredo, que tengo que decirte una cosa.

Yo me acerqué hasta él, quien se había colocado en la vereda, cerca de la puerta de la casa. No tenía la menor idea de qué cosa había de decirme. Pero él era el jefe y yo no podía desentenderme de la orden. Solté la mano de Susana, cuya mirada era más prometedora que la bola rodando en la ruleta y di los cuatro o cinco pasos que me separaban de Carlos. Cuando estuve a su lado, él se inclinó, con los modos de quien anuncia que está por decir algo que no quiere que otros oigan. Cuando su boca estuvo a un palmo de mis narices, me dijo, así nada más:

-Le tocás un pelo a mi hermana y te rompo el culo a patadas. ¿Entendiste?

Respondí. Respondí algo que debió de ser un murmullo. Estaba atónito: El caudillo, el guía, el jefe, el que se había ganado el respeto durante toda una jornada de repente rompía las reglas. ¡Y justo a mí!

-¿Entendiste? -repitió, pero esta vez en un tono decididamente amenazador.

-Sí. -repetí a mi vez, esta vez con más firmeza en la voz.

-Ta bien. -dijo, y al punto me regaló un sopapo. Uno benigno, entre cariñoso y malévolo, pero sin duda humillador. Luego trepó al camión y se perdió en la oscuridad del interior de la caja.

Atónito aún, tomé la mano de Susana. En silencio cruzamos la calle y en silencio nos dirigimos hacia la casa en construcción. Mi corazón latía con más fuerza que antes. Mientras en mi pecho sentía los golpes del corazón, en las yemas de mis dedos; en la palma de la mano, sentía la cálida piel de Susana. Caminábamos sin decirnos palabras. A cada paso, miraba de costado sus pequeños pechos que parecían querer reventar el conjunto de punto. El recuerdo de los momentos pasados con Mirta, encarecido a la vista de los dones de Susana, me provocaba la imaginación de dulcísimas caricias. Me llegaron, incitadoras, las primeras fragancias de su aroma. Mi corazón latía con más y más prontitud. También me resonaban en la cabeza las palabras amenazadoras de Carlos...

Por fin llegamos al pilón de ladrillos. La luz del alumbrado público de la calle del fondo nos llegaba como una tenue fosforescencia. Como si la industria de los hombres y el pogreso nos hubiesen compuesto una luz de luna para aquella noche sin luna.

Antes de rodear la pila de ladrillos, me di media vuelta para mirar hacia la casa, hacia el camión del tío Felipe. Luego volví el rostro hacia Susana:

-Vení, seguíme. -le dije.

Cuando finalmente rodeamos el pilón, Susana se decidió a hablar. Algo de descaro habría en mi rostro porque ella, mirándome con sus ojos claros que en ese instante transparentaban vacilación, perplejidad, me pregunto:

-¡Qué! ¿Por qué esa sonrisa?



Alfredo Arri.

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sábado, 6 de febrero de 2010

Jueves. Un relato breve.

Relatos breves.

Jueves.
Un relato breve de Alfredo Arri.


El hombre y la recepcionista cruzan miradas cargadas de significados imprecisos.

La chica es una bella que asiste en la administración de citas, objetos y dineros a algún médico en ese consultorio; tal vez a más de uno. El hombre está ahí de paso. Ni siquiera es paciente. Un trámite menor, un mero recado de alguien, lo llevó a ese sitio y, ni bien entró en la recepción, la secretaria atrajo su mirada. Es joven, claro, y bella. Alta, morocha, de pelo ensortijado y labios diseñados para el beso. Tal como le gustan al hombre; o como solían gustarle, porque ahora ya es un hombre mayor y su vida esta hecha. Deshecha y rehecha en realidad.

Ella lo mira también. Él piensa: un traje y una corbata siempre son atuendos favorecedores para la seducción. Es eso, lo que parezco, no lo que soy, piensa él. Tal vez crea que soy un profesional, un político, un asesor financiero. O acaso simplemente cree que soy otro médico que viene de visita al colega. Tal vez esté caliente con un médico que no le da bola y ahora me mira a mí. La puta madre, loco, qué buena que está.

Hay el anuncio de una espera necesaria. El hombre se deja caer en uno de los sillones y toma de una mesita una revista de actualidades, de ésas que muestran fotos de los famosos y las famosas. Hojea, no lee. Mira las imágenes de las hermosas mujeres que llenan las páginas de esa revista rosa. De cuando en cuando echa la mirada sobre el mostrador de la recepción: ve que ella lo mira. La mirada está cargada de significados. Ya no hay ambigüedad. Él se pone de pie, dispuesto a dirigirse hacia el mostrador. Algo se me ocurrirá, se dice. En ese instante se abre una de las muchas puertas que rodean ese amplio salón y una voz lanza el nombre:

-Cattaneo…?

El hombre va hacia la puerta que se acaba de abrir. Enmarcado en ella, un médico joven lo espera. Cattaneo se le pone al lado. Se dan la mano.

-¿Doctor Bonifanti?

-Sí, mucho gusto, pase por favor.

Ni bien el hombre ingresa en el consultorio, el médico cierra la puerta. Conversan durante pocos minutos, de pie, sin alejarse, ni el médico ni su visitante, demasiado de la puerta. El hombre le entrega un sobre; luego se despiden, con otro apretón de manos y las circunstanciadas palabras. La puerta vuelve a abrirse y el hombre se encuentra otra vez en el amplio salón de la recepción.

Instintivamente, mira hacia el mostrador. Una rubita bajita, con cara de consumidora de culebrones y galletas dulces, ocupa el lugar donde, minutos antes, dominaba el espacio la imagen de la chica bella, alta, de pelo negro enrulado y labios de invitacivón al beso. El hombre va hacia la rubita. Está perplejo, pero a la vez está resuelto.

-Hola…

-Buenas tardes, señor.

-Digame, señorita… una preguntita…: la chica alta, de pelo negro…

-¿Ana María? No. Ella no está. Ella es la secretaria del doctor Palmieri y viene los lunes, miércoles y viernes. Hoy es jueves, y el único que atiende es el doctor Bonifanti. Además, Ana María está de vacaciones. Hace como diez días que está en Brasil.

Al salir, el hombre mira hacia la mesa baja que está al lado del sillón. La revista de actualidades aún está ahí.


Alfredo Arri (Theodoro)