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miércoles, 4 de agosto de 2010

Del pochoclo y el reloj.

Filosofetas. Reflexiones insubstanciales.

Del pochoclo y los relojes.


Me dicen que es moda que los espectadores de cine coman pochoclo durante una función. Me dicen, además, que ésa es una costumbre que ya lleva entre nosotros, los argentinos, quince años o más. Y me dicen, por último, que en esos sitios modernos, al pochoclo le dicen pop-corn.

Estas módicas noticias me provocan las siguientes acciones: Uno: me he visto obligado a tomar conciencia de que hace como veinte años que no voy a un cine. Dos: puedo decir que tengo un excusa para no lamentarme de esa falta y que la misma me sirve, también, como excusa para no querer enmendar esa falta. Tres: sospechar -fundadamente- que la penetración cultural del Norte hacia el Sur no se detiene, con lo cual mi humor empeora. Cuatro: me siento tentado en componer algunas reflexiones insubstanciales alrededor de estos temas.

Como ya habrá barruntado mi lector, no me resistiré a dar rienda suelta a esta última tentación.

Las enumeradas acciones de mi voluntad, surgidas desde la constatación de una moda tonta como es comer pochoclo en el cine, me permiten levantar sobre mí mismo la sospecha que me he convertido en un conservador recalcitrante. Sin embargo, ni bien me acuerdo (y reafirmo) que me siguen gustando tanto los tangos de la guardia vieja y las películas de Gardel como con los tangos de Bajo Fondo Tango Club o las peliculas de Tim Burton, contrarresto aquella sospecha. Ergo: no es que me hubiera convertido en conservador en el sentido lato del término; simplemente me he convertido en un viejo.

El hecho de que me sigan gustando las mujeres, a pesar de que ya no me mueven un pelo, (o nada más que un pelo) lo reafirma.

Los viejos abominamos de ciertas modificaciones de las rutinas, sobre todo si tales modificaciones son de las más pequeñas e inútiles. Que aquellos que concurren a un cine en estos días elijan llamar pop-corn al pochoclo me resulta fastidioso, aunque mi fastidio quedaría justificado por aquello de la añoranza a nuestra propia cultura, tan castigada en estos tiempos de globalización. Y la reprobación de mi parte para eso de los espectadores coman durante la función, podría sostenerlo con argumentos tales como que se trata de un asquete. ¿Por qué no cortarse las uñas de las patas en las escenas aburridas, por ejemplo?

Se me objetará afirmando que no es lo mismo de repugnante ver (u oír, u oler) comer pochoclo a un prójimo demasiado próximo que ver al mismo prójimo demasiado próximo cortándose las uñas. Refutaré esa hipotética objeción con esta réplica: usted nunca vio a mi tío Ernesto comiendo pochoclo: adoraría usted hasta la profesión de podólogo.

Como fuere, insisto: hay incómodas modificaciones menores del cosmos cuyas probables explicaciones para esas incomodidades carezcan de argumentos racionales, o no transciendan el carácter irascible del viejo, sino que se agotan en eso, es decir, en la condición de irascible del carácter del viejo. Comer o ver comer (u oír, u oler) a un prójimo próximo a uno en un cine durante la proyección de un película es una de esas incómodas modificaciones del cosmos. Hay otras.

Por ejemplo, que la dirección de un canal de televisión decida cambiar los horarios de los programas que suelo ver regularmente, me puede llevar directamente a la abominación, no sólo del programa hasta entonces favorito sino del canal todo. En casos así, llamo a uno de mis nietos que conocen los arcanos del control remoto, para que eliminen ese canal del alma de esa prolongación tan boba como útil de la mano.

Otro ejemplo: que los evangelistas domingueros de estos tiempos sean más agresivos, más pelmazos, que los evangelistas domingueros de hace tres décadas, puede provocarme ataques de ira. Antes, los despedía con alguna mínima muestra de cortesía; ahora no: ahora los despido con las más agrias demostraciones de falta de urbanidad: ¿Por qué no se van a predicar al desierto, así no joden a nadie? En los desiertos no hay domingos, ni lunes, ni nada. Sé que es inútil, porque los evangelistas carecen del sentido del humor y están incapacitados para decodificar ironías. Sólo responden a los exabruptos más guarangos, aunque tampoco saben responder a éstos con la furia humana, sino que se ponen a blandir maldiciones satánicas y otras manifestaciones de idiotez por el estilo. Sé que es inútil, decía, pero igual se me da mostrarme para con ellos más agresivo de lo que ellos se muestran para conmigo.

Hay más, por supuesto: Ahora es cosa corriente que en un café o restaurante haya carteles por todos lados que rezan: los baños son para uso exclusivo de los clientes. Como comprenderá usted, amigo lector, si me veo obligado a consumir un café nada más que para poder usar el baño del bar, es esperable y aun saludable que una vez que logre pelar en ese lugar sagrado donde acude tanta gente, desarticule mi puntería con certeros mandobles de pene con el fin de orinar abundantemente el piso y las paredes del baño.

Antes -para seguir en este tono de queja menor- había seres humanos detrás de las ventanillas de los bancos, dispuestos a hacer tareas sencillas tales como contar billetes o sellar papeles. ¡Ah! ¡Qué placer provocaba verlos desarrollar con habilidad de prestidigitador esas tareas! Ameritaba, no digo el aplauso, pero sí un muchas gracias que uno le regalaba, adosado a una sonrisa, al tipo o tipa antes de retirarse de la ventanilla, ya con los billetes, ya con un papel sellado. Ahora no: ahora en los bancos hay robots a los que, increíblemente, llaman cajeros.

El señor le va a enseñar cómo se hace, me dijo la primera vez una empleada de banco que me mandó derechito al cajero robot y me señaló a un empleado con uniforme del Ejército de Salvación. En efecto, un señor de la vigilancia me aleccionó en el funcionamiento de esa máquina. Se aprende rápido, es verdad, pero yo recurro al empleado humano cada vez que voy al banco. Porque de lo que se trata es de rebelarme -vana, pero placenteramente- contra la automatización. Señor: ¿me puede explicar cómo funciona esto? ¿No se lo expliqué la semana pasada...? Puede ser, pero se me olvidó. ¿Me hace el favor, quiere?

Una vez, una joven que estaba en la fila detrás de mí, que se percató de que no encaraba la máquina, y de que miraba para todos lados en busca del hombre de la seguridad, me preguntó: No, g¿Quiere que lo ayude, abuelo? No, gracias, abuelo las pelotas, dije y pensé. Quiero que venga el señor de seguridad porque él sabe mi clave, ya que yo no la recuerdo. ¡No, abuelo, usted no le tiene que dar la clave a cualquiera! No, no es a cualquiera: el señor de seguridad no es cualquiera, yo lo conozco, se llama Miguel. Allá está. ¡Ea!, Miguel, me da una mano, por favor... ¿Otra vez usted, abuelo?

Abuelo las pelotas. Hace rato que soy abuelo; lo que soy desde hace poco es viejo, que es otra cosa. Ser abuelo es aprender a aceptar los cambios: los nietos cambian mucho más rápido de lo que cambiaron los hijos en su momento. Un abuelo se alboroza ante el mínimo cambio que se manifiesta en el nieto, y eso ocurre todos los días. Ser viejo es otra cosa.

En la vejez nos aferramos a las rutinas y nos incomodan las alteraciones mínimas del cosmos. Nos rebelan los cambios que modifican nuestra vida cotidiana, nuestros hábitos cotidianos. Por ejemplo: celebré con verdadero fervor la media sanción, por parte de la cámara de diputados, del proyecto de ley que elimina ese artículo del código civil que menciona como actores necesarios a un hombre y una mujer para referirse al matrimonio, y pongo todas mis energías mentales para que el Senado convierta en ley el proyecto. Pero, vea usted la diferencia, quise conspirar contra el Gobierno cuando se le ocurrió modificar la hora oficial, en aras de un supuesto ahorro de energía. Cenar con la luz del sol es insoportable y, de haber hallado conspiradores en buen número, habría atentado contra la autoridad del Estado por ese desatino. Semejante norma ameritaba una revolución, aun si fuese efectiva la medida: es preferible cenar a la luz de las velas cuando hay corte de luz eléctrica a tener que servir la sopa sobre una mesa inundada por los rosados colores de la tarde y alborotada por el chirriar de los gorriones.

Seré franco: tengo para mí que eso de comer pochoclo en el cine es una suerte de retroceso para la humanidad. Por lo menos para esta parte de la humanidad que llamamos argentinos. Allá ellos, los yanquis, si comieron pop-corn en los cines desde siempre. Aquí es como una involución cultural. Es como una suerte de compensación cósmica a otras modificaciones evolutivas, como por ejemplo el descubrimiento de una vacuna o una droga que salve millones de vidas. Es como si Dios dictaminara: ¿En Suecia se acaba de inventar un medicamento milagroso? Pues entonces que otros, por ejemplo los argentinos, coman pochoclo en los cines, para compensar el desequilibrio que se ha producido en favor de la humanidad y en mi contra. Algo así.

Me dicen, también, que algunos chicos de clase media de vida holgada celebran Halloween. O que los jóvenes de clase media no tan acomodada celebran San Patricio empedándose en masa. Pero esto no me preocupa demasiado, lo confieso. Son grupúsculos. La inmensa mayoría del pueblo aborrece de esas celebraciones que se nos tratan de imponer a la fuerza. Esas modas pasarán, de puro vacuas que son.

Lo que no pasa, lo que no deja de pasar nunca es el tiempo que, precisamente, consiste en pasar. O aparenta pasar. Aunque es lícito dudar incluso de tal apariencia, la apariencia de ese paso está y es fuerte. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, rezan los versos del poeta cubano. Y pasa más rápido cuando, el que lo mide, suma en su propia humanidad una pila de años, es decir, una montaña de tiempo. Aquella constatación empírica de que los cambios se dan más apretaditos en los nietos que en los hijos confirma esa relatividad del tiempo según la edad del sujeto que lo mide, padece, sufre, tolera o goza.

Hay una sentencia de Borges que me ha parecido siempre débil. Escribió nuestro poeta mayor y hasta hoy único proto filósofo que dio la patria: "Negar el tiempo es dos negaciones: negar la sucesión de los términos de una serie, negar el sincronismo de los términos de dos series." (Borges, Otras inquisiciones. B)

No necesariamente debe haber sincronismo entre diversas series. Al menos, no hay pruebas de esa necesidad. Esa necesidad de sincronismo entre series temporales es lo que aparenta al observador que no forma parte de ninguna de las dos series, pero no lo es para cada una de las subjetividades involucradas en cada una de las series. Parafraseando a Schopenahuer, me anticipo a defenderme de una hipotética objección: Creer que el sincronismo de las series temporales es sólo aparente a la subjetividad que las contempla desde fuera puede ser considerado un pensamiento absurdo; creo que lo absurdo está, precisamente, en imaginar lo contrario.

Si los cambios en el cosmos, la naturaleza, la sociedad y los hombres se producen en forma cada vez más apretada a medida que el sujeto de la serie que observa ese cosmos avanza en edad, ¿por qué no sospechar -fundadamente- que ese estrechamiento en los intervalos entre los cambios alcanza valores infinitésimos, cercanos a la misma anulación del tiempo cuando el sujeto alcanza una edad matusalena?

Nadie ha alcanzado tal edad como para que pueda dar testimonio de su percepción del tiempo a los novecientos y tantos años de pura vejez, pero sí hay signos que nos permiten sostener -caprichosa pero fundadamente- alguna tesis audaz. Ya he relatado alguna vez el caso de un tío que murió a una edad muy avanzada. Había sido traído por sus padres de Italia cuando él tenía dos o tres años de edad. ¿Cuatro, prefiere? Póngale cuatro. Al ingresar en la última agonía, cuando ya había perdido toda su comunicación con este mundo, sus palabras se reducían a incoherencias dichas en dialecto fruilán. Dialecto que jamás había utilizado en toda su vida en Argentina, que fue como de ochenta años. Sus expresiones incoherentes en un dialecto olvidado, sus vagas pero inequívocas sonrisas -amplias, gozosas- durante la agonía, bien podrían ser un signo de una realidad que nos es desconocida y, al ingresar el mortal en las regiones cercanas a la Gran Puerta, el tiempo deja de suceder, como en los sueños.

Los refutadores de leyendas de Villa del Parque podrían burlarse de mí, recordándome que las drogas que calman el dolor del muriente alteran la conciencia. Es verdad, pero no conozco ninguna droga que provoque a un moribundo de casi noventa años hablar un dialecto olvidado durante ochenta y cinco. Además, aquél tío murió de viejo, y no fue el dolor de una grave enfermedad lo que lo llevó a un hospital. Tampoco lo dormían los enfermeros para que no molestara: aquel viejo tío no molestó nunca a nadie, ni siquiera a la hora de morir. Cuando joven, contaba malos chistes cuando se chispeaba en las celebraciones familiares; ése fue su mayor pecado en esta vida.

Más fuerte es la objeción que podría oponerme un Hombre Sensible de Flores: tal vez en la muerte -podría oponerme un trovador y poeta de pizzería-, de alguna manera la subjetividad se aniquila en la aniquilación del tiempo de la misma forma como sucede en los sueños. Sé que una réplica a esa objeción que advirtiese que en los sueños, a pesar de todo, el sujeto no pierde la conciencia de su subjetividad y que esta conciencia de un sujeto es incómoda para la atemporalidad, tampoco serviría. En efecto, nadie podría asegurar que la descripción en vigilia de un sueño no sea más que la primera versión temporal, taquigráfica y mal trascrita, de una experiencia que durante el sueño, no sólo no tuvo serie temporal alguna reconocible, sino sujeto que la pudiera reconocer.

Tal vez en la vigilia, en el inmediato despertar de cada día, el relato del sueño no sea otra cosa que una forzada puesta en funcionamiento de todas las series temporales del universo, comenzando por el alfabeto. Una sincronización de las series temporales ajenas al sujeto que despierta. Algo así como dar cuerda al mundo cada mañana, para que funcione de modo que lo podamos reconocer. O peor aún: tal vez cada mañana, tras el despertar, no hacemos otra cosa que echarnos encima el tiempo, con idéntica mansedumbre con que nos ponemos las ropas y el calzado. Y así como en la vejez preferimos las pantuflas a los zapatos de cuero, las ropas de entrecasa al elegante sport, así del mismo modo los viejos nos calamos cada mañana una versión más aligerada del tiempo. Una versión del tiempo en la que las grandes modificaciones suceden tan apretadas que nos mueven a la indiferencia; a la vez que las pequeñas modificaciones de las rutinas que nos pertenecen nos alteran el ánimo, nos conducen al mal humor y a la módica rebelión.

Mi última reflexión sobre este tema permanecerá oculta detrás de una pregunta: Si en medio de una función de cine algún espectador se atragantase con pop corn, ¿debería interrumpirse la proyección para asistirlo? ¿O el show must go on a como dé lugar?


Alfredo Arri.

o0o

sábado, 23 de enero de 2010


Reflexiones insubstanciales.

Cielo.

A veces me pregunto si el cielo es realmente tal como lo vemos, o lo que vemos no es más que una ilusión obrada por la imperfección de los sentidos. Sé, no se me escapa, que esa pregunta es nada más que una forma, si se quiere poética, si se prefiere cándida, de la gran indagación sobre el misterio del cosmos, o de la vida. Sé, no ignoro, que todas las respuestas posibles son válidas: El cielo es lo que nuestros sentidos nos dicen que es; el cielo no es como nuestros sentidos nos cuentan que es; el cielo no nos deja saber como es; el cielo no es. Y sin embargo, estas múltiples respuestas válidas; esta verdad única e inaccesible, despedazada en fragmentos sucesivos de saber o no saber, no sorprende para nada. Lo verdaderamente sorprendente es que el cielo nos apabulla con su belleza en las radiantes tardes límpidas, o con idéntica intensidad nos amenaza con su fiereza en las convulsas noches de tormenta. Nos insolenta con el sol y nos provoca con la luna. El cielo podrá ser, o no ser. Ése es el arcano. Pero, afortunadamente, bajo él transcurren nuestras vidas. Hoy, en la tarde del diecisiete de noviembre del año dos mil ocho del Señor, Buenos Aires tiene el cielo más luminoso, más límpido, más bello de todos los tiempos, de todos los mundos. Con saber eso me basta.

Dame, cielo celeste,
dame un límpido adiós,
que si mañana regresas,
celeste cielo,
si mañana regresas,
aquí estaremos, los dos.


Alfredo Arri (Theodoro.)
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Reflexiones insubstanciales.

Razón.

Todo tiene su razón de ser aunque no conozcamos el ser de esa razón, y en general de ninguna razón. Razonar es nuestro oficio exclusivo y ese don nos permite mirar por encima del hombro (por así decirlo, de algún modo), al resto de los seres móviles. Algo así como el derecho a olvidar la zoología y despreciar a todos los Darwin habidos y por haber.

El hecho cierto de que pocos hombres ejerzan ese oficio no invalida la universal posibilidad del mismo. Los que no lo ejercitamos, no necesitamos preocuparnos por la falta: Hay otros que lo hacen por nosotros. Y, además, lo hacen con gusto. Es el trabajo de ellos. Obramos distinto los hombres con la razón. Pero eso sí: igualdad para todos. Razonar o no razonar no da derecho a la desigualdad. Por algo hemos ganado la democracia, que es hija de la razón. De la razón de unos pocos para todos pero razón al fin.

El día que todos nos decidamos a ejercer ese oficio: otra podría ser la historia. Pero la veo difícil. Es más cómodo que algún otro discurra por mí; y la comodidad es un bien preciado que no tengo por qué resignar en aras de la estúpida razón por mano propia.

Por mano propia… lo que se dice por mano propia: la justicia, si me provocan lo suficiente; y alguna módica alegría en los ratos libres, desgraciadamente escasos. Lo demás: que otros lo hagan por mí. ¿No pago mis impuestos acaso? ¡Claro que sí! ¡Viva la libertad de no pensar más por mí! ¡Vivan las oligarquías que discurren en nombre de todos! ¡Vivan las élites del pensamiento que sobrellevan la carga de pensar por mí! ¡Viva la democracia!



Alfredo Arri (Theodoro)

sábado, 16 de enero de 2010

Tan antiguo como la humedad.


Reflexiones insubstanciales.

Acerca de unos textos de Spinoza.


"Es sumamente raro que los hombres cuenten una cosa simplemente como ha sucedido, sin mezclar al relato nada de su propio juicio. Más aún, cuando ven u oyen algo nuevo, si no tienen sumo cuidado con sus opiniones previas, estarán, las más de las veces, tan condicionados por ellas, que percibirán algo absolutamente distinto de lo que ven u oyen que ha sucedido; particularmente, si lo sucedido supera la capacidad de quien las cuenta o las oye, y sobre todo si le interesa que el hecho suceda de una determinada forma. De ahí resulta que los hombres, en sus crónicas e historias, cuentan más bien sus opiniones que las cosas realmente sucedidas; que uno y el mismo caso es relatado de modo tan diferente por dos hombres de distinta opinión, que parece tratarse de dos casos; y que, finalmente, no es demasiado difícil muchas veces averiguar las opiniones del cronista y del historiador por sus simples relatos."

Baruch Spinoza. Tratado teológico-político. Cap VI Altaya, Barcelona, 1994, pg. 184.


Esta observación de una característica universal del discurso, que hoy nos resulta una observación de lo obvio, fue publicada en 1670, en una época en que era casi absoluta la devoción de los hombres hacia el relato escrito u oral. Hoy, la raza de los cándidos hace tiempo que está en extinción pero… no ha desaparecido del todo. A mi en lo personal no me deja de asombrar que el número residual de crédulos de toda credulidad siga siendo grande, a pesar de todo lo que está a la mano para que no se siga desarrollando.

Por supuesto que tal credulidad hacia el relato escrito u oral es una etapa que el individuo debe superar durante su infancia y adolescencia. Lo sorprendente es hallar hoy tantos cándidos de feria que ya han cumplido largamente la mayoría de edad.

Está bien que en otra parte de su ensayo, Espinoza reconoce que:

"…la plebe, que constituye la mayor parte del género humano, el vulgo, se complace más con las narraciones y con los sucesos concretos e inesperados, que con la doctrina misma de tales historias; de ahí que, aparte de la lectura de las historias, el vulgo necesite de pastores o ministros de la Iglesia que le instruyan de acuerdo con la debilidad de su talento."

Idem, pg. 164


Y, claro, aquí empiezo a comprender un poco esa paradoja de que, estando la raza de los crédulos en extinción siga siendo tan grande el número de los cándidos que tragan sin masticar todo discurso que les llega de la palabra escrita u oral.

Esto se explicaría así: no sería la condición de permanecer en la ingenuidad-natural en la niñez- la que hace que tanto adulto acepte sin crítica alguna lo que lee u oye, sino su condición de vulgar, es decir, por pertenecer, no a una raza, sino a una clase: el vulgo, la plebe.

Si esta tesis fuese verdadera -y creo que lo es- entonces debo admitir estos coralarios:

Uno: “la mayor parte del género humano” -para usar las mismas palabras de Spinoza-, a pesar de todos los avances de la cultura, de los medios para educarse, de las herramientas para discernir que tiene hoy para abandonar aquél estado de vulgaridad que le era propia en el siglo XVII, sigue siendo vulgar en el XXI por una auténtica vocación de ser, precisamente, vulgar. Vulgar en las cuatro primeras acepciones del diccionario de la lengua española; y

Dos: que debido a que “la mayor parte del género humano” ha abandonado los templos de las antiguas religiones por otras de aspecto más modernoso (más cómodas y menos exigentes), los pastores o ministros que hasta hace un par de siglos le daban al crédulo la doctrina en la forma de la historia-papilla para que la pudieran tragar con facilidad, han sido sustituidos por otra raza de pastores o ministros: los periodistas, los columnistas de opinión, los conductores de radio y tevé.

La conclusión de estas reflexiones, que pretenden ser nada más que una muestra de ironía y muy probablemente no lo logre, es esta: el poder seguirá dominando a la plebe con toda facilidad, por mucho tiempo aún. Sólo basta con que les cuenten historias digeribles, narraciones de “sucesos concretos e inesperados”.

Ironías aparte, fue escrito en 1670 y sigue teniendo vigencia lo siguiente:

"Si alguien quiere persuadir o disuadir a los hombres de algo que no es evidente por sí mismo, sólo conseguirá que lo acepten si lo deduce de algo que ellos conceden, y los convence por la experiencia o por la razón, es decir, o con cosas que ellos han comprobado por los sentidos que suceden realmente o con axiomas intelectuales evidentes por sí mismos. No obstante, a menos que la experiencia sea entendida clara y distintamente, aunque convenza al hombre, no logrará afectar su entendimiento ni disipar sus nieblas tanto como cuando el objeto en cuestión es deducido exclusivamente de axiomas intelectuales, es decir, de la sola virtud del entendimiento y siguiendo su orden de percepción; y, sobre todo, cuando se trata de un objeto espiritual y que no cae en absoluto por los sentidos. Pero, para deducir las cosas de las simples nociones intelectuales, se requiere, las más de las veces, una larga cadena de percepciones, aparte de una precaución suma, de un agudo talento y de un dominio perfecto, cosas que rara vez se hallan juntas en los hombres. De ahí que los hombres prefieren informarse por la experiencia, más bien que deducir todas sus percepciones de unos pocos axiomas y encadenar unos con otros. En consecuencia, si alguien desea enseñar una doctrina a toda una nación… y ser comprendido en todo por todos, está obligado a confirmar su doctrina con la sola experiencia y a adoptar sus argumentos y las definiciones de las cosas que pretende enseñar, a la capacidad de la plebe, que constituye la mayor parte del género humano, en vez de encadenar argumentos y de formular sus definiciones como serían más útiles para su argumentación."

Idem, pg. 162

La conclusión inmediata, evidente, transparente, y esta vez sin ironías es esta: lo importante para conquistar partidarios para la propia causa o doctrina es componer el relato para que la doctrina sea tomada por el destinatario sin crítica alguna. Por lo tanto, alcanza con la verosimilitud del relato que el vulgo pueda aceptar como tal conforme a su propia experiencia; la verdad del doctrina queda para discusión “de los doctos”, o sea, lejos del pueblo.

¿Un ejemplo cualquiera? Abra usted el diario de mañana y encontrará más de mil. Ahora: si de las más de mil historias no puede usted hallar al menos diez verosímiles pero que no sean más que historias que la muestran cambiada y no puede descubrir la trampa, entonces el problema es suyo, amigo lector: tiene usted vocación de plebeyo y así habrá de permanecer. Hace como cuatro siglos que le avisaron como funciona la cosa. La trampa es tan antigua como la humedad.

Au revoir.

Alfredo Arri.

Marca registrada.


Poesía en prosa.

Marca Registrada.


Ya no sé cuál hombre o cuál mujer me inició en la búsqueda de un misterio que supuestamente tiene la vida y al que se accede sólo a través de las palabras y el tiempo. He transitado las dos cosas: las palabras y el tiempo, ambas cosas con fervor, y sigo sin hallar aquél misterio. No afirmo que la vida -con su otra cara, la muerte- no tenga arcano alguno. No. El sentido común y un poco de humildá (a desgana) me obligan a reconocer que he sido yo quien no ha sabido ver lo que seguramente está a la vista de todos, o de muchos. Lo cierto es que sigo sin dar con el tan mentado arcano que ha desvelado a poetas y filósofos, aquí y allá. Si hay alguna certeza en mi saber es esta: No me hallo lejos del día en que habré de resignar la trabajosa búsqueda. Si no lo he hecho aún es porque no quiero resignar, no la búsqueda, sino las palabras que buscan. La palabra, esa inútil herramienta que sostiene a duras penas, en el reino de los dignos, ésta, nuestra marca registrada llamada humanidad.

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Alfredo Arri (Theodoro) mayo 2009.

A la espera de una teodicea justa.


Filosofetas.

Sugerencias para una teodicea.


Estoy a la espera de que un Profeta o Fundador revele o exponga una religión en la cual se tenga por dogma de fe la existencia de un Día del Juicio Final, en el cual Dios habrá de rendir cuenta a los hombres por Su obra. Por supuesto que a los réprobos les estará vedada la entrada al juicio; pero los justos tendrán derecho a reclamarle a Dios una clara y convincente justificación de todas y cada una de las fechorías cometidas por Él en la tierra. Si pasa con éxito la prueba, Dios podrá permanecer en el Reino de los Cielos, junto a los justos. Si en cambio no logra la absolución luego del juicio de los justos, el Reo será expulsado del Reino de los Cielos.

Sería un conveniente auto de fe de esa ausente religión la afirmación de que Dios sí superará felizmente la prueba. Y sería un buen tema de debate teológico, en esa religión, el determinar cuál podría ser el destino para la eternidad de Dios en el caso de que fuera condenado por los justos.
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Alfredo Arri.
o0o

viernes, 15 de enero de 2010

Tilingo


Reflexiones insubstanciales.

Tilingo.


Hay veces en la que me apena mi condición de simple. No es vergüenza, quiero aclarar y aclaro. No me avergüenza pertenecer a la clase de los simples. Más aún, normalmente siento orgullo de pertenecer a esa clase para la cual el trabajo honesto y las pequeñas alegrías compartidas son algo así como el sostén espiritual de una vida. No: no es vergüenza; es pena. Es imaginar, o creer, con una pizca de dolor, que acaso pude tener una vida más acorde con lo que son, con lo que siempre han sido, mis inclinaciones, mis aficiones, mis anhelos, mis gustos.

Éstos, mis aficiones, mis inclinaciones, mis gustos, pertenecen en realidad a un mundo que no es precisamente el de los hombres simples. Pertenecen al mundo de los notables, de los hombres y mujeres que disponen de tiempo y de medios para satisfacer esos gustos. Es un mundo estético que se expone o realiza en teatros, en museos, en salones de arte. Es un mundo que se mueve y para moverse en él y con él es vital viajar, conocer sitios y personas, parajes y circunstancias. Es un mundo en el que se hace necesario frecuentar.

Hubo un tiempo en que mansamente acepté sustituir todos esos requisitos por los sucedáneos que la industria de los hombres notables ha preparado para el consumo de los hombres simples. Así, adquirí reproducciones de Van Gogh y de Leonardo, discos de la Filamórnica de Londres, y en lugar de viajar por el mundo coleccioné una buena cantidad de videos documentales. Un tiempo después de haber consumidos estos objetos comprendí que me había transformado en un auténtico tilingo.

Tilingo es una palabra que tiene un uso exclusivamente peyorativo, pero debo admitir que su uso en este caso es justo, y la tengo por bella además. Finalmente, es nuestra, es decir, de nuestro idioma rioplatense. En la parte que me toca, me cabe el término por aquello de persona insubstancial, que dice tonterías y que suele comportarse con afectación. Y aunque son más las veces que me comporto con afectación que las que digo tonterías, acepto el calificativo, por justo y por apropiado. Tilingo fui durante mucho tiempo. Y tal vez algo me quede aún, a pesar de haber arrojado en el fondo de un volquete mis reproducciones de Van Gohg y de Leonardo, mis discos de vinilo de la Filarmónica de Londres, y mi colección de documentales en vhs y en cd. Y digo que tal vez algo de tilingo me quede aún porque, a pesar de haber abandonado el hábito de comportarme con afectación, aún suelo decir tonterías. O escribirlas, que es peor aún. He ahí mi pena.
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Alfredo Arri.

jueves, 14 de enero de 2010

Epitafio industrial. Filosofetas.

Filosofetas.

Epitafio industrial.


He aprendido que el más dramático objetivo de todo hombre es tratar de anular para sí el implacable destino de la vida, cual es morir para ingresar, a partir de la muerte, y para siempre, en la más absoluta nada. Los más desgarradores desvelos de cada hombre, mientras vive, se agotan en esa tarea: eludir el fatal destino de que su nombre -lo único que le es propio- se pierda en el polvo y el olvido. A poco de andar por la vida sabe que ese objetivo es casi imposible de lograr, pero no se amedrenta. Se apresura para tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. En esas tres acciones deposita todas sus esperanzas de inmortalidad. Ése es el más doloroso drama de todo hombre: qué hacer en vida para no morir cuando al fin se ha resignado a aceptar que sí habrá de morir. Todo lo que inventa, todo lo que hace, está hecho con ese fin. A veces acierta con alguna de esas obras de tan soberbio propósito y se gana el derecho de que su nombre sea pronunciado -con devoción o con odio- por las generaciones futuras. Lo he logrado, se dirá tras el éxito, y esperará la muerte descansado en su obra. No le interesará demasiado si ésta ha sido una pócima que salvó millones de vidas de una muerte prematura, o si ha sido una bomba atómica que destruyó decenas de miles de vidas en un solo instante. Le dará igual. Lo importante para él será que, de alguna manera, habrá de permanecer entretejido en las palabras de muchos otros hombres, por muchas generaciones. El sueño más íntimo de todo hombre es ganarse el derecho a pensar en su epitafio.

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La inmensa, la abrumadora mayoría de los mortales fracasaremos en ese intento; entonces una abrumadora mayoría de esa abrumadora mayoría de mortales no tendrán más remedio que apelar a la obra humana que más ha trascendido a sus (paradojalmente) anónimos creadores: un dios, un poderoso dios que los seduzca con alguna morada para después de sus inevitables muertes, aunque sea en los infiernos. Otros, en cambio, apenas unos pocos elegiremos abandonar el mundo vírgenes de quimeras de consolación. Así, la inmensa, la abrumadora mayoría de los hombres, llevaremos al pie de nuestros tumbas, en lugar del artesanal y raro epitafio, una simple placa de chapa que, al lado de las dos fechas, reza así: Qüepedé.



Alfredo Arri. Diciembre 2009