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miércoles, 4 de agosto de 2010

Del pochoclo y el reloj.

Filosofetas. Reflexiones insubstanciales.

Del pochoclo y los relojes.


Me dicen que es moda que los espectadores de cine coman pochoclo durante una función. Me dicen, además, que ésa es una costumbre que ya lleva entre nosotros, los argentinos, quince años o más. Y me dicen, por último, que en esos sitios modernos, al pochoclo le dicen pop-corn.

Estas módicas noticias me provocan las siguientes acciones: Uno: me he visto obligado a tomar conciencia de que hace como veinte años que no voy a un cine. Dos: puedo decir que tengo un excusa para no lamentarme de esa falta y que la misma me sirve, también, como excusa para no querer enmendar esa falta. Tres: sospechar -fundadamente- que la penetración cultural del Norte hacia el Sur no se detiene, con lo cual mi humor empeora. Cuatro: me siento tentado en componer algunas reflexiones insubstanciales alrededor de estos temas.

Como ya habrá barruntado mi lector, no me resistiré a dar rienda suelta a esta última tentación.

Las enumeradas acciones de mi voluntad, surgidas desde la constatación de una moda tonta como es comer pochoclo en el cine, me permiten levantar sobre mí mismo la sospecha que me he convertido en un conservador recalcitrante. Sin embargo, ni bien me acuerdo (y reafirmo) que me siguen gustando tanto los tangos de la guardia vieja y las películas de Gardel como con los tangos de Bajo Fondo Tango Club o las peliculas de Tim Burton, contrarresto aquella sospecha. Ergo: no es que me hubiera convertido en conservador en el sentido lato del término; simplemente me he convertido en un viejo.

El hecho de que me sigan gustando las mujeres, a pesar de que ya no me mueven un pelo, (o nada más que un pelo) lo reafirma.

Los viejos abominamos de ciertas modificaciones de las rutinas, sobre todo si tales modificaciones son de las más pequeñas e inútiles. Que aquellos que concurren a un cine en estos días elijan llamar pop-corn al pochoclo me resulta fastidioso, aunque mi fastidio quedaría justificado por aquello de la añoranza a nuestra propia cultura, tan castigada en estos tiempos de globalización. Y la reprobación de mi parte para eso de los espectadores coman durante la función, podría sostenerlo con argumentos tales como que se trata de un asquete. ¿Por qué no cortarse las uñas de las patas en las escenas aburridas, por ejemplo?

Se me objetará afirmando que no es lo mismo de repugnante ver (u oír, u oler) comer pochoclo a un prójimo demasiado próximo que ver al mismo prójimo demasiado próximo cortándose las uñas. Refutaré esa hipotética objeción con esta réplica: usted nunca vio a mi tío Ernesto comiendo pochoclo: adoraría usted hasta la profesión de podólogo.

Como fuere, insisto: hay incómodas modificaciones menores del cosmos cuyas probables explicaciones para esas incomodidades carezcan de argumentos racionales, o no transciendan el carácter irascible del viejo, sino que se agotan en eso, es decir, en la condición de irascible del carácter del viejo. Comer o ver comer (u oír, u oler) a un prójimo próximo a uno en un cine durante la proyección de un película es una de esas incómodas modificaciones del cosmos. Hay otras.

Por ejemplo, que la dirección de un canal de televisión decida cambiar los horarios de los programas que suelo ver regularmente, me puede llevar directamente a la abominación, no sólo del programa hasta entonces favorito sino del canal todo. En casos así, llamo a uno de mis nietos que conocen los arcanos del control remoto, para que eliminen ese canal del alma de esa prolongación tan boba como útil de la mano.

Otro ejemplo: que los evangelistas domingueros de estos tiempos sean más agresivos, más pelmazos, que los evangelistas domingueros de hace tres décadas, puede provocarme ataques de ira. Antes, los despedía con alguna mínima muestra de cortesía; ahora no: ahora los despido con las más agrias demostraciones de falta de urbanidad: ¿Por qué no se van a predicar al desierto, así no joden a nadie? En los desiertos no hay domingos, ni lunes, ni nada. Sé que es inútil, porque los evangelistas carecen del sentido del humor y están incapacitados para decodificar ironías. Sólo responden a los exabruptos más guarangos, aunque tampoco saben responder a éstos con la furia humana, sino que se ponen a blandir maldiciones satánicas y otras manifestaciones de idiotez por el estilo. Sé que es inútil, decía, pero igual se me da mostrarme para con ellos más agresivo de lo que ellos se muestran para conmigo.

Hay más, por supuesto: Ahora es cosa corriente que en un café o restaurante haya carteles por todos lados que rezan: los baños son para uso exclusivo de los clientes. Como comprenderá usted, amigo lector, si me veo obligado a consumir un café nada más que para poder usar el baño del bar, es esperable y aun saludable que una vez que logre pelar en ese lugar sagrado donde acude tanta gente, desarticule mi puntería con certeros mandobles de pene con el fin de orinar abundantemente el piso y las paredes del baño.

Antes -para seguir en este tono de queja menor- había seres humanos detrás de las ventanillas de los bancos, dispuestos a hacer tareas sencillas tales como contar billetes o sellar papeles. ¡Ah! ¡Qué placer provocaba verlos desarrollar con habilidad de prestidigitador esas tareas! Ameritaba, no digo el aplauso, pero sí un muchas gracias que uno le regalaba, adosado a una sonrisa, al tipo o tipa antes de retirarse de la ventanilla, ya con los billetes, ya con un papel sellado. Ahora no: ahora en los bancos hay robots a los que, increíblemente, llaman cajeros.

El señor le va a enseñar cómo se hace, me dijo la primera vez una empleada de banco que me mandó derechito al cajero robot y me señaló a un empleado con uniforme del Ejército de Salvación. En efecto, un señor de la vigilancia me aleccionó en el funcionamiento de esa máquina. Se aprende rápido, es verdad, pero yo recurro al empleado humano cada vez que voy al banco. Porque de lo que se trata es de rebelarme -vana, pero placenteramente- contra la automatización. Señor: ¿me puede explicar cómo funciona esto? ¿No se lo expliqué la semana pasada...? Puede ser, pero se me olvidó. ¿Me hace el favor, quiere?

Una vez, una joven que estaba en la fila detrás de mí, que se percató de que no encaraba la máquina, y de que miraba para todos lados en busca del hombre de la seguridad, me preguntó: No, g¿Quiere que lo ayude, abuelo? No, gracias, abuelo las pelotas, dije y pensé. Quiero que venga el señor de seguridad porque él sabe mi clave, ya que yo no la recuerdo. ¡No, abuelo, usted no le tiene que dar la clave a cualquiera! No, no es a cualquiera: el señor de seguridad no es cualquiera, yo lo conozco, se llama Miguel. Allá está. ¡Ea!, Miguel, me da una mano, por favor... ¿Otra vez usted, abuelo?

Abuelo las pelotas. Hace rato que soy abuelo; lo que soy desde hace poco es viejo, que es otra cosa. Ser abuelo es aprender a aceptar los cambios: los nietos cambian mucho más rápido de lo que cambiaron los hijos en su momento. Un abuelo se alboroza ante el mínimo cambio que se manifiesta en el nieto, y eso ocurre todos los días. Ser viejo es otra cosa.

En la vejez nos aferramos a las rutinas y nos incomodan las alteraciones mínimas del cosmos. Nos rebelan los cambios que modifican nuestra vida cotidiana, nuestros hábitos cotidianos. Por ejemplo: celebré con verdadero fervor la media sanción, por parte de la cámara de diputados, del proyecto de ley que elimina ese artículo del código civil que menciona como actores necesarios a un hombre y una mujer para referirse al matrimonio, y pongo todas mis energías mentales para que el Senado convierta en ley el proyecto. Pero, vea usted la diferencia, quise conspirar contra el Gobierno cuando se le ocurrió modificar la hora oficial, en aras de un supuesto ahorro de energía. Cenar con la luz del sol es insoportable y, de haber hallado conspiradores en buen número, habría atentado contra la autoridad del Estado por ese desatino. Semejante norma ameritaba una revolución, aun si fuese efectiva la medida: es preferible cenar a la luz de las velas cuando hay corte de luz eléctrica a tener que servir la sopa sobre una mesa inundada por los rosados colores de la tarde y alborotada por el chirriar de los gorriones.

Seré franco: tengo para mí que eso de comer pochoclo en el cine es una suerte de retroceso para la humanidad. Por lo menos para esta parte de la humanidad que llamamos argentinos. Allá ellos, los yanquis, si comieron pop-corn en los cines desde siempre. Aquí es como una involución cultural. Es como una suerte de compensación cósmica a otras modificaciones evolutivas, como por ejemplo el descubrimiento de una vacuna o una droga que salve millones de vidas. Es como si Dios dictaminara: ¿En Suecia se acaba de inventar un medicamento milagroso? Pues entonces que otros, por ejemplo los argentinos, coman pochoclo en los cines, para compensar el desequilibrio que se ha producido en favor de la humanidad y en mi contra. Algo así.

Me dicen, también, que algunos chicos de clase media de vida holgada celebran Halloween. O que los jóvenes de clase media no tan acomodada celebran San Patricio empedándose en masa. Pero esto no me preocupa demasiado, lo confieso. Son grupúsculos. La inmensa mayoría del pueblo aborrece de esas celebraciones que se nos tratan de imponer a la fuerza. Esas modas pasarán, de puro vacuas que son.

Lo que no pasa, lo que no deja de pasar nunca es el tiempo que, precisamente, consiste en pasar. O aparenta pasar. Aunque es lícito dudar incluso de tal apariencia, la apariencia de ese paso está y es fuerte. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, rezan los versos del poeta cubano. Y pasa más rápido cuando, el que lo mide, suma en su propia humanidad una pila de años, es decir, una montaña de tiempo. Aquella constatación empírica de que los cambios se dan más apretaditos en los nietos que en los hijos confirma esa relatividad del tiempo según la edad del sujeto que lo mide, padece, sufre, tolera o goza.

Hay una sentencia de Borges que me ha parecido siempre débil. Escribió nuestro poeta mayor y hasta hoy único proto filósofo que dio la patria: "Negar el tiempo es dos negaciones: negar la sucesión de los términos de una serie, negar el sincronismo de los términos de dos series." (Borges, Otras inquisiciones. B)

No necesariamente debe haber sincronismo entre diversas series. Al menos, no hay pruebas de esa necesidad. Esa necesidad de sincronismo entre series temporales es lo que aparenta al observador que no forma parte de ninguna de las dos series, pero no lo es para cada una de las subjetividades involucradas en cada una de las series. Parafraseando a Schopenahuer, me anticipo a defenderme de una hipotética objección: Creer que el sincronismo de las series temporales es sólo aparente a la subjetividad que las contempla desde fuera puede ser considerado un pensamiento absurdo; creo que lo absurdo está, precisamente, en imaginar lo contrario.

Si los cambios en el cosmos, la naturaleza, la sociedad y los hombres se producen en forma cada vez más apretada a medida que el sujeto de la serie que observa ese cosmos avanza en edad, ¿por qué no sospechar -fundadamente- que ese estrechamiento en los intervalos entre los cambios alcanza valores infinitésimos, cercanos a la misma anulación del tiempo cuando el sujeto alcanza una edad matusalena?

Nadie ha alcanzado tal edad como para que pueda dar testimonio de su percepción del tiempo a los novecientos y tantos años de pura vejez, pero sí hay signos que nos permiten sostener -caprichosa pero fundadamente- alguna tesis audaz. Ya he relatado alguna vez el caso de un tío que murió a una edad muy avanzada. Había sido traído por sus padres de Italia cuando él tenía dos o tres años de edad. ¿Cuatro, prefiere? Póngale cuatro. Al ingresar en la última agonía, cuando ya había perdido toda su comunicación con este mundo, sus palabras se reducían a incoherencias dichas en dialecto fruilán. Dialecto que jamás había utilizado en toda su vida en Argentina, que fue como de ochenta años. Sus expresiones incoherentes en un dialecto olvidado, sus vagas pero inequívocas sonrisas -amplias, gozosas- durante la agonía, bien podrían ser un signo de una realidad que nos es desconocida y, al ingresar el mortal en las regiones cercanas a la Gran Puerta, el tiempo deja de suceder, como en los sueños.

Los refutadores de leyendas de Villa del Parque podrían burlarse de mí, recordándome que las drogas que calman el dolor del muriente alteran la conciencia. Es verdad, pero no conozco ninguna droga que provoque a un moribundo de casi noventa años hablar un dialecto olvidado durante ochenta y cinco. Además, aquél tío murió de viejo, y no fue el dolor de una grave enfermedad lo que lo llevó a un hospital. Tampoco lo dormían los enfermeros para que no molestara: aquel viejo tío no molestó nunca a nadie, ni siquiera a la hora de morir. Cuando joven, contaba malos chistes cuando se chispeaba en las celebraciones familiares; ése fue su mayor pecado en esta vida.

Más fuerte es la objeción que podría oponerme un Hombre Sensible de Flores: tal vez en la muerte -podría oponerme un trovador y poeta de pizzería-, de alguna manera la subjetividad se aniquila en la aniquilación del tiempo de la misma forma como sucede en los sueños. Sé que una réplica a esa objeción que advirtiese que en los sueños, a pesar de todo, el sujeto no pierde la conciencia de su subjetividad y que esta conciencia de un sujeto es incómoda para la atemporalidad, tampoco serviría. En efecto, nadie podría asegurar que la descripción en vigilia de un sueño no sea más que la primera versión temporal, taquigráfica y mal trascrita, de una experiencia que durante el sueño, no sólo no tuvo serie temporal alguna reconocible, sino sujeto que la pudiera reconocer.

Tal vez en la vigilia, en el inmediato despertar de cada día, el relato del sueño no sea otra cosa que una forzada puesta en funcionamiento de todas las series temporales del universo, comenzando por el alfabeto. Una sincronización de las series temporales ajenas al sujeto que despierta. Algo así como dar cuerda al mundo cada mañana, para que funcione de modo que lo podamos reconocer. O peor aún: tal vez cada mañana, tras el despertar, no hacemos otra cosa que echarnos encima el tiempo, con idéntica mansedumbre con que nos ponemos las ropas y el calzado. Y así como en la vejez preferimos las pantuflas a los zapatos de cuero, las ropas de entrecasa al elegante sport, así del mismo modo los viejos nos calamos cada mañana una versión más aligerada del tiempo. Una versión del tiempo en la que las grandes modificaciones suceden tan apretadas que nos mueven a la indiferencia; a la vez que las pequeñas modificaciones de las rutinas que nos pertenecen nos alteran el ánimo, nos conducen al mal humor y a la módica rebelión.

Mi última reflexión sobre este tema permanecerá oculta detrás de una pregunta: Si en medio de una función de cine algún espectador se atragantase con pop corn, ¿debería interrumpirse la proyección para asistirlo? ¿O el show must go on a como dé lugar?


Alfredo Arri.

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miércoles, 28 de abril de 2010

Elucubraciones de un boludo alegre.

Reflexiones insustanciales.

Elucubraciones de un boludo alegre:

Hitos más, hitos menos, igualito a la nada.

Cuando mi blog principal (que aun existe pero que con el tiempo terminará siendo replicado en éste, alcanzó el hito de las quinientas mil visitas, escribí una entrada que ahora vengo a reproducir aquí. Lo hago para asegurarme de conservar el texto pues, luego de releerla pasados meses de su escritura, terminé por aceptar que no estaba nada mal. Así que, como una forma de asegurarme su existencia más allá del destino que pueda tener el blog que contiene esta entrada desde hace meses, la vengo a reproducir aquí.



Hitos más, hitos menos, igualito a la nada.


Cuando este blog superó las doscientas cincuenta mil visitas -meses atrás- registré aquí mismo mi alegría personal por haber alcanzado ese hito. Para un blog personal, que se escribe desde la periferia del mundo y que lo firma un tipo común y silvestre, no estaba nada mal. En estos días pasé el hito del medio millón de visitas, y aunque se supone que la alegría de entonces debía ser una multiplicada por dos, no lo es.

Por supuesto, entre ambos momentos de la existencia de esta bitácora han sucedido cosas, y me han sucedido cosas… Cosas que de alguna manera u otra afectaron la marcha misma del blog, y afectaron negativamente el ánimo de quien firma estas líneas. Cosas. Cosas de la vida privada o familair, cosas graves de la vida, y cosas extraordinarias en la marcha del mundo que, de alguna manera también, me consumieron horas que bien pude haber aprovechado en otro tipo de ejercicios. Cosas.

Sin embargo, sé que debo celebrar la superación de este hito del medio millón de visitas. Si me ganara la indiferencia y no lo hiciera, sería una patente contradicción con la existencia misma del blog. Si no se me mueve un pelo ante ese éxito -menor, pero éxito al fin-, entonces, ¿para qué seguir posteando en él?
Pero más allá de esta observación de sentido común, la pregunta tiene un sentido más amplio. En efecto, para qué seguir posteando en un blog exige una respuesta clara, contundente, que vaya más allá del estado de ánimo de quien sostiene un blog. Y no hay una respuesta, o, lo que no es nada agradable, la respuesta podría ser incómoda.

José Pablo Feinmann, uno de nuestros intelectuales más populares y a la vez más interesantes desde muchos puntos de vista, ha dictaminado algo que es muy difícil de refutar, al menos con argumentos sólidos. Ha establecido Feinmann: Cualquier boludo tiene un blog. Más que un dictamen es un desafío, una provocación, tan típica en Feinmann, quien hace de la provocación un modo de excitar las neuronas de quien lo lee o escucha. No está mal. Es una provocación, sí, pero a la vez establece un dictamen que, al menos, merece ser considerado.

Veamos: Existe la sospecha de que el mundo está lleno de boludos, con blog o sin él. Esta sospecha es tan intensa que hasta podría afirmarse que se trata de una certeza. Así que sería razonable y verosímil la idea de que, desde que existen Internet y los blogs, existe la categoría de boludos con blogs como parte del universo de los boludos que desde siempre habitan el mundo.

Pero esto no implica, de ninguna manera, que cualquier blogger sea un boludo. A menos, claro, que consideremos boludos cabales, por ejemplo, a personalidades tales como José Saramago, Michael Moore, Orlando Barone o Barack Obama. Con estos ejemplos de bloggers ilustres quedaría en claro que la admonición de Feinmann tiene un sentido restringido: el boludo equivaldría, en su dictamen, a anónimo, don nadie, cuatro de copas, etc.

Así que todo blogger debe hacerse antes que nada un examen de conciencia para hacer frente a la máxima de Feinmann: ¿Soy yo un boludo que tiene blog, o soy un blogger que de boludo no tiene nada? Sustituyendo el vocablo chusco por alguno de sus equivalentes cultos, la pregunta aparece mucho más clara: ¿Soy yo un cuatro de copas que tiene un blog; o soy un blogger que de anónimo no tiene nada? La respuesta es obvia en mi caso: Soy un cuatro de copas que tiene un blog; ergo -sustituyendo otra vez los vocablos-: soy un boludo que tiene un blog.

Queda por establecer si soy un boludo cualquiera o boludo destacado. El problema que aquí se me presenta es que ser destacado dentro del universo de los boludos no aparece de suyo como un mérito, o como una muestra de excelsitud societaria, para decirlo de una manera absolutamente boluda. Todo lo contrario. Recibir, digamos, el diploma de Presidente de la AAB no parece ser un logro adquirido tras años de esfuerzos sino una suerte de sambenito estigmatizador. De verme alguna vez ante la alternativa de tener que aceptar o rechazar un cargo societario de esas características, lo rechazaría de plano. Tal vez con argumentos meramente retóricos, tales como: ¡Qué! ¿Acaso me vieron cara de boludo?

¡Ni qué decir si ese ofrecimiento surgiese de una elección interna entre los socios de tan homogénea asociación! Porque ser designado a dedo como miembro destacado de una sociedad de boludos por pares que son boludos menos lerdos que uno, vaya y pase: podría reputarse uno víctima de una boluda conspiración y conspirar boludamente en contra de esa movida. Pero ser elegido boludo destacado en elecciones universales, secretas y obligatorias por la toda masa societaria de tan egregio club sería un golpe muy duro de asimilar.

Creo, sinceramente, que el mejor argumento que podría exhibir para negar mi condición de cualquier boludo dentro del club de boludos que tienen un blog, sería el del éxito alcanzado con mi blog que es, por otra parte, la causa de esta entrada, esto es, festejar boludamente haber alcanzado la cifra de medio millón de visitas. Pero, por este rumbo me meto de nuevo en honduras. Vea usted: si la categorización de boludo exitoso parece una admisible, tal admisibilidad se diluye ni bien volvemos a sustituir el vocablo boludo por el equivalente que le da Feinmann, esto es anónimo, don nadie, cuatro de copas. En efecto, si la expresión boludo exitoso es tolerable en algún aspecto, la expresión anónimo exitoso, en cambio, es un oxímoron deplorable. A esta altura, sospecho que José Pablo Feinmann quiso dar al vocablo boludo un alcance más amplio que el de anónimo, cuatro de copas, don nadie, etc.

Y creo, también, que, de ser tal la intención del filósofo nac&pop al acuñar el dictamen, estaría en lo cierto. El punto al cual han llegado mis elucubraciones alrededor de este tema así lo demuestran. Sólo un boludo cabal pudo haber llegado hasta aquí con estas inútiles elucubraciones. Admito, pues, mi condición de boludo cualquiera. Y cambio lo de exitoso por afortunado. Quien firma las entradas de este blog es, pues, un boludo con suerte.

Ahora bien: habiendo establecido antes que el tener un blog no es muestra de boludez supina, ya que conspicuos hombres de letras, de ciencias y del pensamiento en general lo tienen, el gran interrogante que quedaría por resolver sería este: ¿Para que un boludo cualquiera querría tener un blog?

Declaro sin vueltas: las respuestas a esta pregunta son muchas y variadas. Como participo de la idea de que un inventario de más de dos respuestas a la misma pregunta inaugura una serie infinita de respuestas, reduzco la serie infinita a las dos más brutales.

En un extremo, está la idea de que los boludos que tenemos un blog creemos, de alguna manera, que estamos alternado la marcha del mundo. Por supuesto, siempre alteramos la marcha del mundo con nuestras acciones, por mínimas que éstas sean. Lo que quiero decir aquí es que: se dice que los boludos que sostenemos un blog lo hacemos con la idea de que nuestras opiniones, puntos de vista, observaciones, réplicas, investigaciones, argumentos, ideas, etc., son de tal peso que contribuimos a los saltos dialécticos en el desarrollo de las ideas en el mundo. Auténticos cuatro de copas con ínfulas de pensadores originales. Ensayistas a la violeta. Descubridores del agujero del mate. Algo así como lo que pinta la metáfora tanguera: un galán de voz gangosa con berretín de cantor. Esta idea suele manifestarse críticamente de muchas formas, desde la académica, por parte de estudiosos del comportamiento humano, hasta la ácida de los humoristas. Este muy buen chiste gráfico de Wolf Toul es representativo de esa idea.




En el otro extremo, está esta otra respuesta: los boludos que tenemos un blog lo hacemos por diversión. Una suerte de entretenimiento que trata de explotar las formas -amplias y laxas- de nuevas tecnologías; tan nuevas y revolucionarias que en ellas está todo por hacerse.

No me avergüenza confesar que mi motivación ha sido principalmente lúdica. Como juego, supera en mucho a otros de reglas rígidas, ya que éste tiene aspectos sorprendentes. Y si no, vea usted: un día me dispuse a disfrutar de unos sándwiches de miga. Un hecho corriente de la vida corriente. El aspecto del paquete abierto, con sus pilas de sándwiches mostrando los colores de los ingredientes, me tentó a tomar una fotografía y, finalmente la visión de la fotografía en la pantalla me motivó a escribir una entrada cien por ciento lúdica sobre los sándwiches de miga.

Con el tiempo, la entrada se convirtió en una de las más populares de este blog y a su pie hay una colección de comentarios muy sinceros y muy sentidos de argentinos desparramados por el mundo, nostálgicos de la patria y de los sándwiches de miga. ¿Qué otro juego da tales sorpresas, agradables sorpresas? ¿Qué otro juego virtual permite acceder a fenómenos, sentimientos, individualidades -por cierto reales- del modo que lo permite éste? Ninguno.

La circunstancia de que esa entrada lúdica y gastronómica sea la más popular del blog (junto con otra sobre las empanadas árabes), y que otras, más presuntuosas digamos, apenas reciban visitas, ¿es un motivo para desesperar? Mi respuesta es un rotundo no. De ninguna manera.

El resultado de la práctica consecuente de este juego que ya lleva algunos años y sobrepasó las quinientas mil visitas ha sido sorprendente: el enriquecimiento de mí mismo. Debo admitir, sin tapujo alguno, que tener este blog me convirtió en pocos años, del boludo aburrido que era al boludo alegrre que soy. Que no es poco. Mis seres queridos agradecidos: esto ha sido para ellos mucho más productivo -en términos de módica felicidad doméstica- que esos paseos por Plaza Francia cuando estábamos al pedo.

En cuanto al papel que sobre la marcha del universo cumple mi blog, ¿a qué clase de boludo le interesaría tal cosa?

Creo que lo mejor es cerrar esta entrada de íntima celebración echando mano a una de las herramientas que más uso en este juego: combinar palabras en décimas aceptables. Me compuse una apropiada para un auténtico -y soberbio- boludo alegre:


Medio millón de visitas
no es un logro menor
que si modesto es el blog
no lo es el que lo edita.
Con mi firma manuscrita
estampo satisfacción
por alcanzar el mojón
que promedia las seis cifras
¡Abran cancha y anchen pista
que áura voy por el millón!


Alfredo Arri (Theodoro)
Publicado originalmente en Theodoro y el perro filósofo.

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jueves, 25 de febrero de 2010

Borges, Cortázar y yo.

Reflexiones insubstanciales.

Borges, Cortázar y yo.

Haberme encontrado con la genialidad de Borges a los cuarenta años de mi edad, y a dos o tres años después de la muerte del poeta, nunca me avergonzó porque tenía la excusa perfecta: Borges había sido toda su vida un reaccionario pertinaz y yo había sido toda la vida un hombre de izquierdas. Uno vive tranquilo con sus explicaciones adquiridas. El prejuicio estaba explicado y de esa forma me daba el lujo de ignorarlo, o de negarlo. Ahora bien: resulta que a los sesenta y tantos de mi edad vengo a descubrir, no sé si la genialidad, pero sí la alta calidad literaria de Cortázar. Y resulta, además, que no me avergüenzo por mi tardío descubrimiento, a pesar de carecer, en este caso, de excusa alguna para no haber leído a Cortázar durante tantos años. Y la razón por la que no me avergüenza esa inexplicable demora, habida cuenta de mi pasión por la literatura, y habida cuenta de que Cortázar era un hombre del palo, para decirlo en forma coloquial, es sencilla: la edad por la que transito ahora es una en la que la humildad y la conciencia de la infinita ignorancia que le es propia a cada individuo y a la vez común a la especie, son bienes recientemente adquiridos. Y el goce de esos bienes me llena de orgullo. Si alcanzo los ochenta o cien años en lucidez, tal vez descubra la alta literatura o el genio de alguien a quien aun no he leído, o que acaso ni siquiera ha escrito aún. Este módico sentimiento placentero tal vez sea una de las formas de la esperanza, o de la fe.

Alfredo Arri.

lunes, 1 de febrero de 2010

Licencias de personalidad..


Reflexiones insubstanciales.

Licencias de personalidad
Reflexiones inmaduras de un madurito en red.

A “Gloria”

Hoy he recibido carta de una vieja amiga de estos pagos cibernéticos. No son estas líneas que siguen, ni mucho menos, respuesta a esa carta. Tal misiva es privada, y privada debería ser la respuesta. Debería digo, porque me está vedado responderla por ahora. Pero esa carta, afectuosa, escrita desde el corazón, me produjo sensaciones variadas que quiero ahora exponer aquí.

Sensaciones variadas dije. Por ejempo alegría, a causa un grato reencuentro virtual; o amistad, por la confianza en contarme alguna que otra cosa de su familiaridad; y también una pizca de presunción (vanidosa), por las cosas agradables que ella decía de mí en su carta; y, finalmente, la necesidad de echar al viento algunas reflexiones surgidas después de su lectura. Reflexiones acerca de algo que ya tenía por superado pero que, al parecer, no es así. O, al menos, algo sobre lo que siempre se puede dar una vuelta de tuerca más.

El tema es así: Ella me dice en su carta que se acuerda de mí por dos cosas: por mi intervención activa en la red, o sea por mis palabras; y, la segunda, por la imagen que en aquel momento presenté de mí.

Dejemos de lado mis palabras. Ellas no han variado nunca. Las que fueron por aquellos clubes foreros han sido y son en ésta, mi casa bloguera. Como buen madurito que soy, las modificaciones de ideas, conceptos, creencias, preferencias no son de aceptación nada fácil. Uno tiene su cosmovisión más o menos estructurada y ya. Y en ese sentido, siempre obré en estos pagos cibernéticos fiel a esa cosmovisión.

Pero otra cosa es la imagen, el aspecto. Uno, en su etapa vacilante de cibernauta principiante, pone un avatar cualquiera. La elección de la imagen parece inocente, pero tal vez no lo sea tanto.

Desde el principio vale la aclaración: mi caso no ha sido el del camionero físicamente baldado que se hace pasar por Brad Pitt o… por Lulú. No. Nada de eso. Siempre fui llano con los datos de mi género, edad, estado civil, preferencia sexual, domicilio o localidad. Al principio eludí el nombre verdadero, pero eso duró apenas unas semanas. Así que nada de mi filiación personal fue alterada para ser presentada en la red. Siempre de frente march, como decimos por aquí.

Salvo el avatar, cuyo uso prolongué por dos años o más. Al principio me resultaba más correcto - cibernéticamente correcto- mostrarme con una imagen que tenía por más apropiada para la red que que la propia imagen.

Esta amiga de la carta me conoció con aquél avatar y no con la fotografía de mi rostro que hoy luzco (perdón por el verbo), tanto en mis blogs como en cualquier otro sitio de la red en el que intervengo. Mi amiga tiene, pues, una imagen de mi aspecto que, al adosarla a mis palabras, le dio una idea de una personalidad que, si bien se podría parecer en algún punto a la mía, no es del todo la mía. O es la mía en algún punto. O sea: no es la mía.

Veamos. Aquél avatar era la imagen fotografiada de un famoso irónico. O irónico famoso. Creo que la elegí más por la ironía como sustantivo que como adjetivo. Oportuno, ingenioso, rápido para la réplica de humor. Así era este personaje famoso en vida. Y la verdad que… nada que ver conmigo.

Mi escasa aunque a veces afortunada ingeniosidad no ha sido nunca fruto de la rapidez de una personalidad chispente, sino de la elaboración meditada, rebuscada (en el sentido de buscar y buscar y buscar), y, por supuesto, propia de la de quien es prudente para la réplica, más bien un retraído. Tirando a hosco, digamos.

En otras palabras: mi primitiva personalidad social virtual, por llamarla de alguna manera, no se correspondía en absoluto con la personalidad social real que he sobrellevado por años en la vida cotidiana.

En ésta pertenezco al gremio de los hoscos. Hosco, vos sabés…: retraído, huraño, áspero, desabrido, seco. Para hablar con franqueza, un asco de tipo.

Socialmente hablando, se entiende. En la familiaridad, con aquellos con quienes el trato frecuente me permite mostrarme de otra forma, suelo mostrarme, pues, de esa otra forma. Más admisible. Pero con los extraños no. Y los extraños, para mí, son tales hasta que no demuestren lo contrario.

¿De dónde sacaste al aparato éste?, podía preguntar un extraño -refiriéndose a mí-, a un amigo que me había llevado a una reunión social. ¡Ja! No: dale tiempo… es un tipo macanudo, respondía mi amigo. Y con el tiempo, y no poco tiempo, el ex extraño terminaba diciéndome: Y pensar que cuando te conocí…

Con el tiempo aprendí que uno, en realidad, no tiene interés en mantener trato frecuente con la inmensa, abrumadora mayoría de sus congéneres. Así, mi privación para el trato social rápido, inmediato, me permitió zafar de varios centenares (por no decir miles) de insufribles zopencos. Claro… también me cerró las puertas para que pudiera ingresar la oportunidad de conocer a algún semejante interesante. Pero, la verdad, solía pensar con convicción, si el semejante es tal, o sea, semejante a mí, no podía ser interesante.

¡Ja! Resulta que al escribir esto último he caído en la cuenta de que aquel irónico famoso que fue mi rostro durante más de dos años en la red, había dejado para la posteridad una ironía impecable: No quiero partenecer a un club en el cual reciban a miembros como yo. O algo así. La idea es ésa y es igual a aquélla. O sea, se confirma aquello de que el personaje de la foto del avatar y yo, en un punto al menos, coincidimos.

Pues, sí: Aquí mismo quería llegar. A que las casualidades no se dan por casualidad. ¿Hasta qué punto aquella elección de avatar fue caprichosa? ¿Existen los caprichos cabales? ¿O, al mostrarse caprichoso, uno está actuando movido por poderosas fuerzas interiores, a las que uno no puede gobernar por la sencilla razón –entre otras razones menores- de que no las conocemos? “Aún cuando el hombre puede hacer lo que quiere, no puede, sin embargo, querer lo que quiera”, ha sentenciado Schopenhauer, según citaba Einstein.

Al “ilustrar” mi filiación real con la imagen de un irónico célebre, ¿no estaba diciéndome que en realidad hubiese querido poseer esas cualidades que el célebre irónico del avatar tenía y por las cuales ha sido, y aun es a pesar de haber muerto, celebrado por las multitudes? Creo que sí.

Lo mío, como lo de muchos otros en la red, había sido una mínima afectación, un acto de simulación venial. Por supuesto que dejamos de lado a los camioneros que se hacen llamar Lulú… o Brad Pitt. Hablo de las personas corrientes, que nos mostramos tales como somos pero… un poquitito mejorados. Algo así como retocados por un photo shop de la personalidad. Pero, ¿con qué finalidad?

Creo que la finalidad más obvia para que alguien haga esto de darse con el photo shop sobre su personalidad social, en la red, es para seducir.

Entonces va la pregunta: Mi personalidad en la vida real no seduce por sí misma y sólo me he mostrado seductor cuando la necesidad hormonal me obligó a serlo. Forzadamente. Simulaba cualidades que no tenía, simulaba ser lo que no era, nada más que para el levante, para el ligue. Entonces, ¿por qué querría seducir a nadie en la vida virtual?

Dejando de lado el sexo (que, tratándose de un mundo virtual, el sexo carece de toda operatividad como no sea la tradicional puñeta que uno obtiene con recursos menos trabajosos que el escribir horas y horas en una página social en la red), querer seducir en la red, así, al voleo, tal vez apunte nada más que a seducirse uno mismo, a mostrarse como lo que no se es pero que le hubiese gustado ser por el puro gusto de verse como tal.

Es una explicación posible. Pero hay otra, que sube un peldaño más en la conjetura: Tal vez se trate de querer mostrarse como uno realmente es en el fondo de su espíritu pero que en la vida real, por circunstancias diversas, no queremos ser. A ver: en mi caso, ¿no será que en el fondo de mí soy como el tipo del avatar y me le prohibí durante la mayor parte de mi vida, forzándome a ser hosco, seco, huraño, etc. etc., por razones que desconozco pero que debieron ser poderosas?

Lo dicho sería el equivalente al ejemplo del homosexual que al cabo de mil años de fingir una incómoda heterosexualidad, finalmente decide salir del ropero. Algo así.

Tal vez, sólo tal vez, al elegir el avatar famoso del famoso irónico, no oculté mi imagen física por el ocultamiento de la misma (no doy mal en las fotos, ni me he quejado nunca de mi humanidad), sino más bien que lo que quise fue mostrar mi verdadera (y negada) personalidad, a través de un rostro prestado.

Ése, el rostro del irónico famoso sería, así, el rostro que encajase en el tipo que en el fondo acaso soy y que nunca me permití ser. Dejando lo de famoso de lado, o mejor aún, interpretando famoso por popular. ¿Se entiende la idea? Creo que sí.

La explicación es interesante y con ella debía estar colmada mi curiosidad reflexiva. Pero sucedió lo siguiente: Después de mi experiencia de relacionarme socialmente en la red advertí que, poco a poco, comenzaba a comportarme en la vida real del modo en que esa personalidad virtual se comportaba en la red. De súbito, un día me di cuenta de que me estaba permitiendo licencias de comportamiento social que tenía absolutamente extrañas para mí y por lo tanto inadecuadas para mi personalidad.

Curiosamente, el resultado de esas licencias de personalidad fue sorprendente para mí: el prójimo, el semejante, reaccionaba frente a mis ocurrencias, chascarrillos, chanzas, comentarios irónicos, etc., de una manera positiva, como nunca antes me había sucedido. Nunca. Excepto, claro, en aquellas ocasiones en las que, como dije, con fines de levante o ligue simulaba una personalidad distinta a la de todos los días. Pero aquellas jornadas de simulación con miras al levante tenían ese carácter de tales en forma consciente. Simulaba. Es decir, me mostraba como no era para…

Con lo cual surge esta duda: Es probable que la elección del avatar fuese, como conjeturé, mostrarme como en el fondo soy y nunca me permití ser. Pero también es probable que me mostrara con modificaciones de mi personalidad social con el mismo propósito que en aquellas jornadas de levante, es decir, con un propósito utilitario. Digamos, para seducir.

Pero, si esto hubiese sido así, es decir, si hubiese estado simulando en la red con algún fin utilitario ¿por qué me sentí impulsado a mostrarme también en la vida real en correspondencia con aquella personalidad virtual? En otros términos: ¿Con qué finalidad se me dio por seguir la simulación (si hubiese sido realmente tal) de ser un tipo sociable, simpático? Porque en la vida real, lo digo de una, lo que menos ganas tengo es de seducir a nadie, en términos de seducción sexual. No estoy para eso. Tengo tantos problemas (algunos graves) que lo sexual, y sobre todo a mi edad, es el último de mis propósitos. No es que hubiere perdido mi sexualidad, lo cual es fisiológicamente imposible. Simplemente es que el último de mis deseos en estos días es el de reparar siquiera en lo sexual.

Entonces no tengo más alternativa que aceptar mi conjetura inicial: si hay alguien a quien he querido seducir, tanto en la red como en la vida real luego de ensayar esa otra personalidad en la red, ha sido a mí mismo. Es decir, regodearme de mí mismo por mi comportamiento como un tipo sociable, amigable, fácilmente tratable, casi casi extrovertido. Mostrarme menos hosco. O sea, obtener en la calle, en la vida real cotidiana, pequeñas, efímeras, fugaces pero gozosas grageas de felicidad. Con la ayuda, obvio, de ese ser tan despreciable, el prójimo menos próximo, el extraño, el semejante extraño no familiar.

Si así fue de verdad, debo admitir que el esfuerzo ha merecido la pena. No sólo porque me causa placer mi nuevo perfil agradable –módico, pero eficaz-, sino porque mostrarme de este modo es mucho más sencillo de lo que jamás creí.

He aprendido a ser levemente agudo, módicamente salado, aceptablemente ingenioso con mi prójimo extraño. Y me gustó el resultado. Ahora sé que debo aprender a retribuir a ese prójimo, a ese semejante, las efímeras, fugaces pero gozosas grageas de felicidad que mi nueva personalidad obtiene de ellos. A los semejantes de la vida real y a los de la vida virtual.

Sólo me falta, hoy, la paz interior para completar esa educación. Ando mal porque lo que debo afrontaren el futuro inmediato me obliga a sentirme irremediablemente mal. Pero algún día, tal vez no lejano, pueda recuperar la paz interior, concluir con esa educación sentimental, y permitirme muchas más licencias de personalidad. Ser atento, considerado, amigo. Incluso, hasta podría contestar las cartas de mis amigos virtuales, o visitar a mis amigos reales.

Cuando ese día llegue, saldré a la calle -la real y la virtual- con el rostro de aquel viejo avatar del irónico célebre… ¿Qué? ¿Dicen ustedes que ese rostro no es el mío propio? ¡Ja!


Alfredo Arri (Theodoro)

Publicado en feb 2009 en el viejo blog Theodoro y el perro filósofo.
Hay allí cuatro comentarios de mis amigos virtuales.

sábado, 23 de enero de 2010


Reflexiones insubstanciales.

Cielo.

A veces me pregunto si el cielo es realmente tal como lo vemos, o lo que vemos no es más que una ilusión obrada por la imperfección de los sentidos. Sé, no se me escapa, que esa pregunta es nada más que una forma, si se quiere poética, si se prefiere cándida, de la gran indagación sobre el misterio del cosmos, o de la vida. Sé, no ignoro, que todas las respuestas posibles son válidas: El cielo es lo que nuestros sentidos nos dicen que es; el cielo no es como nuestros sentidos nos cuentan que es; el cielo no nos deja saber como es; el cielo no es. Y sin embargo, estas múltiples respuestas válidas; esta verdad única e inaccesible, despedazada en fragmentos sucesivos de saber o no saber, no sorprende para nada. Lo verdaderamente sorprendente es que el cielo nos apabulla con su belleza en las radiantes tardes límpidas, o con idéntica intensidad nos amenaza con su fiereza en las convulsas noches de tormenta. Nos insolenta con el sol y nos provoca con la luna. El cielo podrá ser, o no ser. Ése es el arcano. Pero, afortunadamente, bajo él transcurren nuestras vidas. Hoy, en la tarde del diecisiete de noviembre del año dos mil ocho del Señor, Buenos Aires tiene el cielo más luminoso, más límpido, más bello de todos los tiempos, de todos los mundos. Con saber eso me basta.

Dame, cielo celeste,
dame un límpido adiós,
que si mañana regresas,
celeste cielo,
si mañana regresas,
aquí estaremos, los dos.


Alfredo Arri (Theodoro.)
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El gol de Caniggia a Brasil , o una escena de amor.

Reflexiones insubstanciales.
Módicos ensayos.


El gol de Caniggia a Brasil, o el amor.

La sola expresión el gol de Caniggia a Brasil es suficiente para que millones de argentinos sepan a qué momento de la historia futbolera me he de referir en esta entrada. Pero, vamos, seré generoso con los amigos de otras latitudes de las Américas y de España y explico antes qué significa, exactamente, “el gol de Caniggia a Brasil.”

Mundial Italia 1990. Argentina defendía el título México 86. Nuestra selección había ido a Italia con un doble compromiso: Por un lado, la obligación moral de defender el título, ganado con espectacularidad ontológica en el estadio Azteca cuatro años antes, con El Gol del Barrilete Cósmico frente a los Ingleses y El Gol de Burruchaga (el tercero y decisivo) en la Final. Y por otro lado: vencer a Italia, aspirante al título, que era local. Italia, nación en donde Diego Armando Maradona, el artífice del triunfo en México, era por aquellos años una estrella universal que lucía la camiseta del Napoli.

Los italianos ricos del norte, que desprecian a los italianos pobres del Sur –y Napoli es la Italia pobre- alentaban la ilusión burguesa de que Diego Armando Maradona no brillara en ese campeonato, pues éste estaba signado por los hados –y las estrellas que compra el dinero- a Italia. Alentaban la peregrina idea de que ese morocho sudamericano se comportara como un buen chico agradecido por los millones ganados. Nadie escupe la mano que da de comer, dicen los amantes de tener esclavos de su dinero.

Y por su parte los napolitanos, en el fondo de su corazón, deseaban que Diego Armando Maradona, el Maradona que le había devuelto la gloria futbolera al Sur, no jugara para el dinero de la rica Italia (ya había despreciado el dinero de Silvio Berlusconi del Milan), sino para sus compatriotas de Fiorito, para los infelices chicos de Fiorito a quien solo la pelota podía sacar del infierno. Internacionalismo futbolario… ¿`tendés?

Pero había que llegar hasta la instancia Argentina-Italia. No era sencillo. En el camino estaba Brasil. ¡Ah, Brasil… Brasil! Había que pasar por ésa antes. Brasil, eterno rival…. ¿regional? ¡No! ¡Nada de eso! ¡Mundial! La rivalidad argentino-brasileña es mundial: es, sencillamente, a ver quién “el mejor del mundo”, “o maior do mondo”. ¡Casi nada!

Así que en Italia 90, a Brasil había que ganarle sí o sí (como siempre, pero más que como siempre).

Pero resultó que los brasileños demostraron esa tarde que ellos, y no nosotros, eran los mejores del mundo. ¡Qué baile que nos dieron, por Dios! Nos tuvieron en un arco y sólo Dios (que movió los travesaños y los postes) sabrá por qué no quiso que nos fuéramos al vestuario con un varias pepas adentro.
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Los brasileños, todos adelantados. La pelota tenía que entrar de una buena vez y los amarillos estaban todos en ésa. En una jugada de mitad del campo, Maradona se desmarca y pica, dejando atrás a varios defensas. Caniggia pica también. Maradona es dueño de la pelota y la última línea de la defensa se avalanza sobre él. Caniggia, acompañando el pique, se desmarca. Diego, a punto de ser derribado, le pone al Pájaro el pase imposible. El pase que hace pasar la pelota por el único intersticio del tiempo y del espacio a través del cual la esférica bola de cuero podía encontrarse con Caniggia: por entre las piernas del útlimo defensor. La pelota pasa por un agujero imposible, y le llega a los pies a Caniggia. Dueño de la pelota y frente al arquero, el Cani demostró con elegancia y simpleza lo virtuoso que era. Todo por un pase imposible. Ni un milímetro atrás, ni un milímetro adelante. Ni un segundo antes, ni un segundo después. Sólo Diego Armando Maradona pudo poner un pase como ése. Y sólo Caniggia pudo hacer un gol como ése. ¡Gol! Uno a cero, ¡y a cantarle a Gardel! Brasil afuera.

¡Ay, Señor! ¡Qué felicidad!

Lo que siguió después fue anecdótico. A Italia lo dejamos fuera de la Copa luego de una retahila de penales históricos que fueron para el infarto de dos naciones y para la gloria personal de Goicochea. Y en la Final, Alemania se tomó la revancha del Estadio Azteca, con la colaboración, precisamente, de un mexicano. En términos cósmicos, se hizo justicia. Ganaron los alemanes y el fútbol es así. Nunca antes (y creo que nunca más volverá a suceder en el futuro), Argentina celebró un subcampeonato como si fuera un campeonato. Recibidos como campeones. Y eran campeones.

Ése, queridos amigos de las vecinas patrias sudamericanas y de España, ése fue el “Gol de Caniggia a Brasil.”

Ahora paso del fútbol a la filosofía, regiones apenas separadas por un par de pases cortos.

Hay muchas personas que, al memorar aquella hazaña (menor, pero hazaña al fin), no mencionan la jugada decisiva con el nombre de “el gol de Caniggia” sino con el nombre de “el pase de Maradona”.

Para quienes vimos aquel memorable partido, nos resultaría imposible dudar. Quienes vimos entonces el pase de Maradona, así le llamamos sin dudar un instante. Quienes vimos el gol de Caniggia, es ése el nombre que le damos.

Pero luego de dieciocho años, viendo una y otra vez el vídeo, tanto los unos como los otros debemos admitir que estábamos equivocados. El Gol, la Obra, no fue, ni el pase de Maradona, ni el gol de Caniggia.

Fue una jugada única, excepcional, ejecutada por dos jugadores. Una rara conjunción de dos voluntades tan compenetradas entre sí que compusieron un momento, una trayectoria de la materia en el espacio tiempo, una circunstancia única. Una jugada que jamás pudo haber existido si no hubiese sido, como fue, por la comunión de dos acciones separadas pero unidas sobre un mismo instante del cosmos. Como si Caniggia y Maradona hubiesen sido, en esos segundos de vértigo, una sola persona. Una sola persona desdoblada en dos fantasmas, para ilusión engañosa de la defensa brasileña.

Esta descripción no es rebuscada, ni absurda. Hay fuera de la cancha, en la vida misma, circunstancias únicas que surgen como producto obrado de la comunión de una sola voluntad, extrañamente expresada en dos personas. Generalmente un hombre y una mujer. Cada una de estas individualidades, con su voluntad obrante en comunión con la otra, componen una voluntad única, que es la que en definitiva será la obrante de la obra, del acto, de la circunstancia única. Circunstancia obrada que no podría haber existido jamás sin la comunión de esas dos voluntades, entrelazadas en una sola voluntad, por mecanismos que francamente desconocemos y que, a falta de un nombre mejor, llamamos amor. Amor, con mayúscula.

El famoso gol de Argentina a Brasil en Italia 90 seguirá siendo por siempre, o el gol de Cani, o el pase del Diego. No hay forma de darle un nombre a algo que es imposible de describir con palabras. Como mucho, si queremos darle aire a la vena poética, podríamos llamarlo el gol del Pájaro que voló junto al Barrilete Cósmico.

Quien experimentó alguna vez el Amor, lo entenderá.

“¡Grande, loco!”, podría decirme algún amigo de esos que siempre te halagan de puro buenos amigos que son. Pero –objetaría inmediatamente uno de esos amigos-, “la verdad, loco, vimos un montón de goles como ése. Una vez, en el ochenta y…..”

¡No! ¡Falso! –interrumpiría de buena gana a mi buen amigo-: Falso. Hubo y habrá muchos goles parecidos, pero ése, el gol del Pájaro que voló junto al Barrilete Cósmico, hay solo uno. Es único. Volvé a ver el vídeo. Fijate bien. Maradona toma la pelota en el medio campo nuestro. Los amarillos nos vienen apretando desde hacía un siglo. Palo, travesaño, mariposas angélicas que desvían pelotas. En un arco nos tenían, bah.

Y la vida –diría para mí mientras sigo con mis argumentos a mi amigo-; la vida muchas veces hace que la adversidad te tenga contra un arco.

Maradona ve que si descoloca a los que tiene encima quedan tres brasileros entre él y la red. Sabe, también, que si pica con la pelota al pie no va a llegar al arco porque lo barren. Estos no son ingleses. Son brasileños, ¿’tendés?, y Maradona no pasará así les cueste una tarjeta roja los amarillos. Faltan diez, loco, el Diego no pasará. Pero el Diego ve a Caniggia y “ve” que éste ya adivinó lo que Diego quiere hacer y el Cani “siente” que el Diego se lo canta desde el arranque del pique. Ambos saben qué está pensando el otro. Desde el arranque de la jugada. Sin palabras, sin señas. Nada. Pura comunión espiritual. Entonces Caniggia pica. Y se desmarca. Maradona apunta al intersticio único y pasa el balón. Y gol. ¡Gol!

¿Entendés? –le insistiría a mi querido amigo- los dos sabían, desde el mismo instante en que Diego inicia la jugada, cómo sería ésta, de principio a fin. La armaron entre los dos, en la mente, antes de que sucediera. La inventaron. La dibujaron en un papel. La pintaron. Dos en uno en plena creación, ¿’tendés?. Y de la comunión, la obra. Como en el amor.

Exactamente igual que en el Amor.

Mi amigo reiría complaciente, de puro buen amigo, pero al fin me diría:

-Lo tuyo es literatura, loco.

-Y también lo es el Amor, mi querido amigo. También lo es. El género más cultivado de la literatura universal.


Alfredo Arri (Theodoro) marzo 2009
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Reflexiones insubstanciales.

Razón.

Todo tiene su razón de ser aunque no conozcamos el ser de esa razón, y en general de ninguna razón. Razonar es nuestro oficio exclusivo y ese don nos permite mirar por encima del hombro (por así decirlo, de algún modo), al resto de los seres móviles. Algo así como el derecho a olvidar la zoología y despreciar a todos los Darwin habidos y por haber.

El hecho cierto de que pocos hombres ejerzan ese oficio no invalida la universal posibilidad del mismo. Los que no lo ejercitamos, no necesitamos preocuparnos por la falta: Hay otros que lo hacen por nosotros. Y, además, lo hacen con gusto. Es el trabajo de ellos. Obramos distinto los hombres con la razón. Pero eso sí: igualdad para todos. Razonar o no razonar no da derecho a la desigualdad. Por algo hemos ganado la democracia, que es hija de la razón. De la razón de unos pocos para todos pero razón al fin.

El día que todos nos decidamos a ejercer ese oficio: otra podría ser la historia. Pero la veo difícil. Es más cómodo que algún otro discurra por mí; y la comodidad es un bien preciado que no tengo por qué resignar en aras de la estúpida razón por mano propia.

Por mano propia… lo que se dice por mano propia: la justicia, si me provocan lo suficiente; y alguna módica alegría en los ratos libres, desgraciadamente escasos. Lo demás: que otros lo hagan por mí. ¿No pago mis impuestos acaso? ¡Claro que sí! ¡Viva la libertad de no pensar más por mí! ¡Vivan las oligarquías que discurren en nombre de todos! ¡Vivan las élites del pensamiento que sobrellevan la carga de pensar por mí! ¡Viva la democracia!



Alfredo Arri (Theodoro)

sábado, 16 de enero de 2010

Tan antiguo como la humedad.


Reflexiones insubstanciales.

Acerca de unos textos de Spinoza.


"Es sumamente raro que los hombres cuenten una cosa simplemente como ha sucedido, sin mezclar al relato nada de su propio juicio. Más aún, cuando ven u oyen algo nuevo, si no tienen sumo cuidado con sus opiniones previas, estarán, las más de las veces, tan condicionados por ellas, que percibirán algo absolutamente distinto de lo que ven u oyen que ha sucedido; particularmente, si lo sucedido supera la capacidad de quien las cuenta o las oye, y sobre todo si le interesa que el hecho suceda de una determinada forma. De ahí resulta que los hombres, en sus crónicas e historias, cuentan más bien sus opiniones que las cosas realmente sucedidas; que uno y el mismo caso es relatado de modo tan diferente por dos hombres de distinta opinión, que parece tratarse de dos casos; y que, finalmente, no es demasiado difícil muchas veces averiguar las opiniones del cronista y del historiador por sus simples relatos."

Baruch Spinoza. Tratado teológico-político. Cap VI Altaya, Barcelona, 1994, pg. 184.


Esta observación de una característica universal del discurso, que hoy nos resulta una observación de lo obvio, fue publicada en 1670, en una época en que era casi absoluta la devoción de los hombres hacia el relato escrito u oral. Hoy, la raza de los cándidos hace tiempo que está en extinción pero… no ha desaparecido del todo. A mi en lo personal no me deja de asombrar que el número residual de crédulos de toda credulidad siga siendo grande, a pesar de todo lo que está a la mano para que no se siga desarrollando.

Por supuesto que tal credulidad hacia el relato escrito u oral es una etapa que el individuo debe superar durante su infancia y adolescencia. Lo sorprendente es hallar hoy tantos cándidos de feria que ya han cumplido largamente la mayoría de edad.

Está bien que en otra parte de su ensayo, Espinoza reconoce que:

"…la plebe, que constituye la mayor parte del género humano, el vulgo, se complace más con las narraciones y con los sucesos concretos e inesperados, que con la doctrina misma de tales historias; de ahí que, aparte de la lectura de las historias, el vulgo necesite de pastores o ministros de la Iglesia que le instruyan de acuerdo con la debilidad de su talento."

Idem, pg. 164


Y, claro, aquí empiezo a comprender un poco esa paradoja de que, estando la raza de los crédulos en extinción siga siendo tan grande el número de los cándidos que tragan sin masticar todo discurso que les llega de la palabra escrita u oral.

Esto se explicaría así: no sería la condición de permanecer en la ingenuidad-natural en la niñez- la que hace que tanto adulto acepte sin crítica alguna lo que lee u oye, sino su condición de vulgar, es decir, por pertenecer, no a una raza, sino a una clase: el vulgo, la plebe.

Si esta tesis fuese verdadera -y creo que lo es- entonces debo admitir estos coralarios:

Uno: “la mayor parte del género humano” -para usar las mismas palabras de Spinoza-, a pesar de todos los avances de la cultura, de los medios para educarse, de las herramientas para discernir que tiene hoy para abandonar aquél estado de vulgaridad que le era propia en el siglo XVII, sigue siendo vulgar en el XXI por una auténtica vocación de ser, precisamente, vulgar. Vulgar en las cuatro primeras acepciones del diccionario de la lengua española; y

Dos: que debido a que “la mayor parte del género humano” ha abandonado los templos de las antiguas religiones por otras de aspecto más modernoso (más cómodas y menos exigentes), los pastores o ministros que hasta hace un par de siglos le daban al crédulo la doctrina en la forma de la historia-papilla para que la pudieran tragar con facilidad, han sido sustituidos por otra raza de pastores o ministros: los periodistas, los columnistas de opinión, los conductores de radio y tevé.

La conclusión de estas reflexiones, que pretenden ser nada más que una muestra de ironía y muy probablemente no lo logre, es esta: el poder seguirá dominando a la plebe con toda facilidad, por mucho tiempo aún. Sólo basta con que les cuenten historias digeribles, narraciones de “sucesos concretos e inesperados”.

Ironías aparte, fue escrito en 1670 y sigue teniendo vigencia lo siguiente:

"Si alguien quiere persuadir o disuadir a los hombres de algo que no es evidente por sí mismo, sólo conseguirá que lo acepten si lo deduce de algo que ellos conceden, y los convence por la experiencia o por la razón, es decir, o con cosas que ellos han comprobado por los sentidos que suceden realmente o con axiomas intelectuales evidentes por sí mismos. No obstante, a menos que la experiencia sea entendida clara y distintamente, aunque convenza al hombre, no logrará afectar su entendimiento ni disipar sus nieblas tanto como cuando el objeto en cuestión es deducido exclusivamente de axiomas intelectuales, es decir, de la sola virtud del entendimiento y siguiendo su orden de percepción; y, sobre todo, cuando se trata de un objeto espiritual y que no cae en absoluto por los sentidos. Pero, para deducir las cosas de las simples nociones intelectuales, se requiere, las más de las veces, una larga cadena de percepciones, aparte de una precaución suma, de un agudo talento y de un dominio perfecto, cosas que rara vez se hallan juntas en los hombres. De ahí que los hombres prefieren informarse por la experiencia, más bien que deducir todas sus percepciones de unos pocos axiomas y encadenar unos con otros. En consecuencia, si alguien desea enseñar una doctrina a toda una nación… y ser comprendido en todo por todos, está obligado a confirmar su doctrina con la sola experiencia y a adoptar sus argumentos y las definiciones de las cosas que pretende enseñar, a la capacidad de la plebe, que constituye la mayor parte del género humano, en vez de encadenar argumentos y de formular sus definiciones como serían más útiles para su argumentación."

Idem, pg. 162

La conclusión inmediata, evidente, transparente, y esta vez sin ironías es esta: lo importante para conquistar partidarios para la propia causa o doctrina es componer el relato para que la doctrina sea tomada por el destinatario sin crítica alguna. Por lo tanto, alcanza con la verosimilitud del relato que el vulgo pueda aceptar como tal conforme a su propia experiencia; la verdad del doctrina queda para discusión “de los doctos”, o sea, lejos del pueblo.

¿Un ejemplo cualquiera? Abra usted el diario de mañana y encontrará más de mil. Ahora: si de las más de mil historias no puede usted hallar al menos diez verosímiles pero que no sean más que historias que la muestran cambiada y no puede descubrir la trampa, entonces el problema es suyo, amigo lector: tiene usted vocación de plebeyo y así habrá de permanecer. Hace como cuatro siglos que le avisaron como funciona la cosa. La trampa es tan antigua como la humedad.

Au revoir.

Alfredo Arri.

Venerables.

Reflexiones insubstanciales.


Veneración.
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Goethe ha escrito: Hay en el hombre una fibra de veneración. Para satisfacer ese “instinto de veneración”, incluso en aquellos que carecen del sentido de lo que es verdaderamente respetable, tiene, como sucedáneo de éste, los príncipes y las familias reales, la nobleza, los blasones y las talegas de dinero.
Arthur Schopenhauer. En torno a la filosofía, Aforismos psicológicos.



Este aforismo ha sido válido aun en nuestras tierras sudamericanas, en las cuales el republicanismo es algo así como un agregado al genoma humano de todos nosotros, los bárbaros sudamericanos.

En efecto: a falta de nobleza autóctona, nuestra tilinguería nacional ha venerado desde siempre a los estancieros ricos de la vieja oligarquía terrateniente porque éstos, a su vez, como buenos admiradores de la nobleza europea, o bien viajaban a Europa a codearse con ellos, o bien los traían a estas tierras para mostrarse junto a ellos.

Práctica esta última que representaba algo así como los indígenas patagónicos que Charles Darwin se alzó de la Patagonia para exhibirlos como curiosidad entre los europeos, pero al revés.

Todavía hay entre nosotros nostálgicos de la visita de la Infanta Carlota para el Centenario como el colmo de los honores que la nobleza europea nos pudo haber dispensado como antiguos súbditos de la Corona. Claro que nuestros oligarcas terratenientes de entonces que le armaron el paquete turístico a la regente, se cuidaron muy bien de mantener a la ilustre Infanta alejada de la plebe pues se corría el riesgo de que ésta descubriese que la heredera de la corona española hablaba como una vulgar gallega. La humorada es de Borges, claro, pero no tengo por qué desaprovecharla.

Es fama que nuestra oligarquía rastaquouere viajaba a las europas llevándose algunas holando-argentino en las cubiertas de los transatlánticos para tener a la mano la leche fresca todas las mañanas. Los plebeyos argentinos, embelesados con esa clase venerable, los veneraban a su vez concurriendo ritualmente todos los años a la Exposición Rural, a aplaudir desde las tribunas a la distinguida clase oligarca, luego de tomar un café con leche …auténticamente argentina.

Hoy, en los tiempos del Bicentenario aquella práctica se ha perdido. Pero no es, como dicen algunos, porque en los aviones no se permite llevar vacas a bordo. No, nada de eso.

La pérdida de la costrumbre de codearse con la nobleza europea por parte de nuestros patricios se debe a algo más pedrestre: la negrada de estas tierras, por culpa de los medios de comunicación de masas, ya se ha dado cuenta de que, en la nobleza española, no sólo las infantas, sino todos sus miembros hablan como gallegos corrientes.

Como se han dado cuenta, también, de que los miembros de la corona inglesa tienen tantas historias de cuernos y disputas vulgares por eso que llaman dinero como cualquier familia plebeya del mundo.

En otras palabras, los nobles han perdido su encanto. Y para colmo del desangelamiento de la realeza, los sombreros que usa su majestad la reina de Inglaterra se pueden comprar a diez pesos la docena en las tiendas que venden disfraces para el carnaval. El último desencanto fue el por qué no te callas de don Carlos Borbón, que lo mostró como hecho de la misma madera que el increpado por su majestad real, el ya célebre plebeyo caribeño Hugo Chávez.

Nuestros argentinos de bien se han sentido tan damnificados por esa pérdida del encanto de la nobleza europea que han decidido enviarle a sus mejores hijas para darles un poco de clase. Ahí está Máxima en Holanda. Por ahora, pero en cualquier momento aparecen otras argentinas carismáticas, pulposas y de buenos modales para renovar la alicaída realeza de la vieja Europa.

Mientras esa renovación no se termina de producir, nuestros oligarcas se codean ahora con secretarios regionales del partido comunista chino con los cuales cierran negocios, o logran ser nombrados en cátedras de las universidades bostonianas desde donde gestarán nuevos negocios de alto beneficio para la patria. Para la patria financiera.

Y nuestra sufrida plebe, ¿a quién venera entonces en estos tiempos de depreciación del encanto de la nobleza y de la oligarquía local? Bueno, nuestros plebeyos satisfacen ese instinto de veneración en tres grupos sociales distintos.

Unos, en la veneración de las estrellas de Hollywood o sus representantes locales; otros, en la veneración turística de antiguos monarcas incas o aztecas; y, los terceros, los miembros de una minoriá de nostálgicos supérstites de la Belle Époque, en la veneración de la derecha política local.

Los más pobres y desinformados de la escala social, veneran a los galanes de telenovelas, a las estrellas de la música popular y a los curas, pedófilos o no.

Y todo el mundo, más allá de la clase social a la que pertencece venera, por supuesto, a cualquier personaje que salga en la tapa de la revista Hola, a los cracks del fútbol federado internacional, al Fondo Monetario Internacional, a Barack Obama y a Greenpeace.


Au revoir.

A la espera de una teodicea justa.


Filosofetas.

Sugerencias para una teodicea.


Estoy a la espera de que un Profeta o Fundador revele o exponga una religión en la cual se tenga por dogma de fe la existencia de un Día del Juicio Final, en el cual Dios habrá de rendir cuenta a los hombres por Su obra. Por supuesto que a los réprobos les estará vedada la entrada al juicio; pero los justos tendrán derecho a reclamarle a Dios una clara y convincente justificación de todas y cada una de las fechorías cometidas por Él en la tierra. Si pasa con éxito la prueba, Dios podrá permanecer en el Reino de los Cielos, junto a los justos. Si en cambio no logra la absolución luego del juicio de los justos, el Reo será expulsado del Reino de los Cielos.

Sería un conveniente auto de fe de esa ausente religión la afirmación de que Dios sí superará felizmente la prueba. Y sería un buen tema de debate teológico, en esa religión, el determinar cuál podría ser el destino para la eternidad de Dios en el caso de que fuera condenado por los justos.
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Alfredo Arri.
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viernes, 15 de enero de 2010

Tilingo


Reflexiones insubstanciales.

Tilingo.


Hay veces en la que me apena mi condición de simple. No es vergüenza, quiero aclarar y aclaro. No me avergüenza pertenecer a la clase de los simples. Más aún, normalmente siento orgullo de pertenecer a esa clase para la cual el trabajo honesto y las pequeñas alegrías compartidas son algo así como el sostén espiritual de una vida. No: no es vergüenza; es pena. Es imaginar, o creer, con una pizca de dolor, que acaso pude tener una vida más acorde con lo que son, con lo que siempre han sido, mis inclinaciones, mis aficiones, mis anhelos, mis gustos.

Éstos, mis aficiones, mis inclinaciones, mis gustos, pertenecen en realidad a un mundo que no es precisamente el de los hombres simples. Pertenecen al mundo de los notables, de los hombres y mujeres que disponen de tiempo y de medios para satisfacer esos gustos. Es un mundo estético que se expone o realiza en teatros, en museos, en salones de arte. Es un mundo que se mueve y para moverse en él y con él es vital viajar, conocer sitios y personas, parajes y circunstancias. Es un mundo en el que se hace necesario frecuentar.

Hubo un tiempo en que mansamente acepté sustituir todos esos requisitos por los sucedáneos que la industria de los hombres notables ha preparado para el consumo de los hombres simples. Así, adquirí reproducciones de Van Gogh y de Leonardo, discos de la Filamórnica de Londres, y en lugar de viajar por el mundo coleccioné una buena cantidad de videos documentales. Un tiempo después de haber consumidos estos objetos comprendí que me había transformado en un auténtico tilingo.

Tilingo es una palabra que tiene un uso exclusivamente peyorativo, pero debo admitir que su uso en este caso es justo, y la tengo por bella además. Finalmente, es nuestra, es decir, de nuestro idioma rioplatense. En la parte que me toca, me cabe el término por aquello de persona insubstancial, que dice tonterías y que suele comportarse con afectación. Y aunque son más las veces que me comporto con afectación que las que digo tonterías, acepto el calificativo, por justo y por apropiado. Tilingo fui durante mucho tiempo. Y tal vez algo me quede aún, a pesar de haber arrojado en el fondo de un volquete mis reproducciones de Van Gohg y de Leonardo, mis discos de vinilo de la Filarmónica de Londres, y mi colección de documentales en vhs y en cd. Y digo que tal vez algo de tilingo me quede aún porque, a pesar de haber abandonado el hábito de comportarme con afectación, aún suelo decir tonterías. O escribirlas, que es peor aún. He ahí mi pena.
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Alfredo Arri.