sábado, 6 de febrero de 2010

Jueves. Un relato breve.

Relatos breves.

Jueves.
Un relato breve de Alfredo Arri.


El hombre y la recepcionista cruzan miradas cargadas de significados imprecisos.

La chica es una bella que asiste en la administración de citas, objetos y dineros a algún médico en ese consultorio; tal vez a más de uno. El hombre está ahí de paso. Ni siquiera es paciente. Un trámite menor, un mero recado de alguien, lo llevó a ese sitio y, ni bien entró en la recepción, la secretaria atrajo su mirada. Es joven, claro, y bella. Alta, morocha, de pelo ensortijado y labios diseñados para el beso. Tal como le gustan al hombre; o como solían gustarle, porque ahora ya es un hombre mayor y su vida esta hecha. Deshecha y rehecha en realidad.

Ella lo mira también. Él piensa: un traje y una corbata siempre son atuendos favorecedores para la seducción. Es eso, lo que parezco, no lo que soy, piensa él. Tal vez crea que soy un profesional, un político, un asesor financiero. O acaso simplemente cree que soy otro médico que viene de visita al colega. Tal vez esté caliente con un médico que no le da bola y ahora me mira a mí. La puta madre, loco, qué buena que está.

Hay el anuncio de una espera necesaria. El hombre se deja caer en uno de los sillones y toma de una mesita una revista de actualidades, de ésas que muestran fotos de los famosos y las famosas. Hojea, no lee. Mira las imágenes de las hermosas mujeres que llenan las páginas de esa revista rosa. De cuando en cuando echa la mirada sobre el mostrador de la recepción: ve que ella lo mira. La mirada está cargada de significados. Ya no hay ambigüedad. Él se pone de pie, dispuesto a dirigirse hacia el mostrador. Algo se me ocurrirá, se dice. En ese instante se abre una de las muchas puertas que rodean ese amplio salón y una voz lanza el nombre:

-Cattaneo…?

El hombre va hacia la puerta que se acaba de abrir. Enmarcado en ella, un médico joven lo espera. Cattaneo se le pone al lado. Se dan la mano.

-¿Doctor Bonifanti?

-Sí, mucho gusto, pase por favor.

Ni bien el hombre ingresa en el consultorio, el médico cierra la puerta. Conversan durante pocos minutos, de pie, sin alejarse, ni el médico ni su visitante, demasiado de la puerta. El hombre le entrega un sobre; luego se despiden, con otro apretón de manos y las circunstanciadas palabras. La puerta vuelve a abrirse y el hombre se encuentra otra vez en el amplio salón de la recepción.

Instintivamente, mira hacia el mostrador. Una rubita bajita, con cara de consumidora de culebrones y galletas dulces, ocupa el lugar donde, minutos antes, dominaba el espacio la imagen de la chica bella, alta, de pelo negro enrulado y labios de invitacivón al beso. El hombre va hacia la rubita. Está perplejo, pero a la vez está resuelto.

-Hola…

-Buenas tardes, señor.

-Digame, señorita… una preguntita…: la chica alta, de pelo negro…

-¿Ana María? No. Ella no está. Ella es la secretaria del doctor Palmieri y viene los lunes, miércoles y viernes. Hoy es jueves, y el único que atiende es el doctor Bonifanti. Además, Ana María está de vacaciones. Hace como diez días que está en Brasil.

Al salir, el hombre mira hacia la mesa baja que está al lado del sillón. La revista de actualidades aún está ahí.


Alfredo Arri (Theodoro)

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